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El pastor Enrique Capó ha sido llamado a la presencia del Señor. La suya ha sido una vida de servicio y de dedicación. Seguramente hay muchas maneras de explicar cómo era porque una larga trayectoria como la suya es muy difícil de resumir en unas pocas palabras. Con todo, una de las buenas maneras de explicar cómo era es afirmando que ha sido un hombre fiel a sí mismo.

Recuerdo el día en que dejó de ser miembro de la Comisión Permanente de su Iglesia, después de más de 35 años de servicio. El Sínodo, puesto de pie, le agradeció su labor con un largo y caluroso aplauso. Él, sentado en su silla, con la economía emocional que le caracterizaba y con la austeridad en el gesto que siempre le acompañaba, fue testigo del hecho abstraído en sí mismo.

Así también era Enric Capó.

A mediados del mes de enero compartimos una cena y nos sentamos juntos. En el transcurso de la conversación hablamos de la historia de las iglesias evangélicas de la ciudad de Barcelona, a raíz del libro que se publicó el año 2011 sobre esta misma cuestión. La conversación, poco a poco, fue derivando sobre temas bíblicos y, finalmente, fuimos a parar a la última versión publicada de la Biblia Interconfesional. Enric, que siempre se ha sentido cercano a la historia, desde cuando era profesor de esta asignatura en el Seminario, y a la traducción de la Biblia al catalán, por su vinculación a esta tarea durante muchos años, me explicó una de sus propuestas de trabajo que mantenía sobre la mesa. "Lo que necesitamos", me decía, "es una edición en catalán del Nuevo Testamento y de los Salmos -siguiendo la tradición que tenemos los protestantes-".

Él no verá hecho realidad este sueño pero esta iniciativa inacabada nos compromete a todos a trabajar para conseguirlo.

A la hora de despedirnos le di dos besos, como siempre que lo veía últimamente. Ni él ni yo, ni nadie de los que nos acompañaba, sabían que sería nuestro última despedida.