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Ha sido necesario mucho tiempo para que, tanto en la Iglesia católica como en la sociedad, se rompiera el muro de silencio respecto a los casos de abusos sexuales a menores. En relación al catolicismo la opinión pública aún no es lo suficientemente consciente de todo lo que hay que agradecer a Benedicto XVI que, desde finales de los años 90, luchaba contra una curia romana hostil a aclarar el estado de las cosas. El libro del vaticanista francés Bernard Lecomte, Las derniers secretos du Vatican, publicado recientemente, analiza y corrobora nuevamente este dato, que ya habíamos mencionado en este portal a finales de 2010.
 
En esta dirección de cambio y renovación, esta semana se ha celebrado en Roma, en la Universidad Gregoriana, el congreso Hacia la curación y la renovación orientado a los obispos y superiores mayores sobre el problema del abuso sexual de menores e impulsado por la Santa Sede. Han participado 110 conferencias episcopales de todo el mundo y superiores de más de 30 órdenes religiosas. Este congreso será de ayuda a las conferencias episcopales a la hora de elaborar las líneas de guía que deben enviar antes de finales de mayo al Vaticano para que en Roma se elabore un documento que unifique y especifique normativamente las medidas que deben tomarse en estos casos.
 
Con todo, en este congreso de la Gregoriana ya se han dejado bien claros algunos puntos, avalados por figuras como los cardenales Ouellet, Levada o Marx. Aparte de los actos penitenciales y los mea culpa en relación no sólo al delito en sí sino también a la cobertura de los delincuentes, la Iglesia ha manifestado oficialmente su compromiso para proteger a los menores, seleccionar bien a los candidatos al clero, y colaborar con los jueces. Este último punto es fundamental. Porque el perdón no significa automáticamente siempre absolución. El perdón no excluye la justicia, al contrario, hay situaciones -y los abusos a menores son un ejemplo bien claro- en que sin justicia el perdón llega a ser humanamente una ofensa.