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El pasado sábado, en el portal de la escalera de un amigo que había convocado una fiesta para celebrar su aniversario, coincidí al marcharme con dos buenos amigos e improvisamos una interesante conversación sobre la relación que hay entre valores y virtudes. Un de ellos, con bastante perspicacia, observó que hay una excesiva atención mediática a los valores y poca al tema de las virtudes. Esta advertencia es muy pertinente. Durante mucho tiempo la atención se ha centrado en hablar de valores de forma genérica, sin darse cuenta que los valores no son neutros puesto que tanto pueden servir para alimentar comportamientos loable como desdeñables. Mientras que las virtudes orientan el comportamiento de las personas para obrar el bien.
 
El pequeño coloquio improvisado en la penumbra de un portal me ayudó a comprender la urgencia de reivindicar las virtudes más que los valores. Las virtudes se han confundido con la virtuosidad y se ha abandonado el discurso moral sobre el ser virtuoso. Al hablar en exceso sobre la crisis de valores se ha desvirtuado el sentido moral de la virtud porque se ha puesto el acento con un concepto ambiguo porque en algunas ocasiones es polisémico y puede conducir a prácticas antagónicas. No pasa así con el concepto de virtud. Esta siempre evoca la capacidad de producir un efecto dado en una dirección encaminada a hacer el bien. De todo esto, como se ha visto, se puede hablar en un portal, un sábado por la noche en el barrio del Guinardó de Barcelona.