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 La Epifanía es una de las grandes fiestas de los cristianos. La contemplación de esta fiesta nos permite descubrir algunas de las grandes paradojas del cristianismo sobre las cuales se articula la experiencia creyente. Unos sabios, reyes o magos según las tradiciones populares, símbolo del saber y del conocimiento vienen a adorar a un simple niño. La grandeza se pone al servicio de la pequeñez. Para algunas tradiciones estos reyes eran magos avezados en las religiones orientales. La magia es un saber oculto, sólo apto por iniciados, aquellos que tienen la capacidad de leer unos signos escondidos al saber popular. Pero estos magos, hombres llenos de sabiduría adoran a aquel niño que años más tarde será considerado un escándalo y un absurdo por aquellos que dominan los saberes de la época. Sólo ha tenido que interpretar un signo, una estrella, que los indica dónde ha nacido el Dios viviente.

Dios encarnado es adorado por unas personas consideradas tradicionalmente como reyes que le presentan los grandes símbolos de la riqueza del momento. Objetos codiciados por el valor y símbolo de poder. Los reyes presentan sus signos de poder a un niño nacido pobre y en la pobreza de un establo. El poder del mundo se vuelve evanescente ante la gran noticia acontencida en Belén. “En cuanto a ti, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre las principales ciudades de Judá;  porque de ti saldrá un gobernante  que guiará a mi pueblo Israel” (Mt 2,6). Dios ha nacido. Rodeado de la desnudez del nada acompañado por el calor de los animales. Este Dios, encarnado en la historia de la humanidad, se convertirá en su Salvador. Este gesto de los sabios va más allá de su valor gestual y sirve para hacernos adorar la pobreza de Dios encarnado. La pobreza, la sencillez y el poco valor del sentido del mundo se convierten en el camino que anuncia la felicidad de la salvación.