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Mucho hemos hablado de la fe y ¡hasta la hemos convertido en dogma!  Y el dogma pretendió proteger tanto el misterio, que terminó “controlándolo”, y finalmente consiguió ahogar al Espíritu que todo lo hace nuevo. Y cerrando cada vez más el cerco con cánones intocables de ortodoxia, consiguió que allí, no entrara ni Dios. Y se consiguió confinar a la mística al espacio de unos pocos “escogidos” y se quiso controlar lo que es incontrolable: la experiencia de Dios y la loca libertad de su Espíritu que nos hace libres y liberadores.
Hemos cantado al amor, y mucha tinta ha corrido en poemas, versos, historias y leyendas. Y los humanos y los creyentes cosificamos tanto el amor, que “hicimos el amor y la guerra”.
 
El amor lo era todo, y a fuerza de hablar y hablar de él, lo hemos manoseado tanto que se confundió con sucedáneos, y sus dimensiones profundas y universales, se nos escaparon, como se escapa el agua de las manos. Y a pesar de todo, el Amor, sigue siendo el motor, y seguramente lo único importante.
 
Cuando el discurso de la fe dejó de tocar los corazones, por haber secuestrado al Espíritu en rígidos principios, las palabras comenzaron a sonar a vacío y dejaron de convencer. Y por los caminos de la libertad, echó a andar el Espíritu que habla todas las lenguas y se viste de todos los colores; que entona cualquier sinfonía, y que no se deja encasillar en ninguna; que rompe fronteras y se instala solo en los sencillos, en los limpios de corazón.
 
Cuando con el sublime nombre de “la caridad” se pretendió que el amor tuviera la marca registrada de un grupo de creyentes de una única confesión, fuera de la cual –se decía- “no hay salvación”, entonces el Amor y la Caridad verdadera, buscaron posada más allá de todas las fronteras, y derribaron todos los andamios y corsé que los pretendían contener, lanzaron las muletas y echaron a correr y se encontraron muy a gusto entre los que “sin llevar camisetas” que le separaran de los otros, se afanaban por humanizar la vida y hacer el bien; sencillamente eso: hacer el bien.
 
En “nombre de Dios” hubo quien quiso controlar el amor y lo confundió con la moral… Y lo quiso someter, medir y juzgar…. Pero: ¿Cómo controlar lo incontrolable y abarcar lo inabarcable?
 
Se ha inaugurado el tiempo de la Esperanza. Y sus protagonistas son aquellos que fueron capaces de arder en el amor e irradiar con la luz de una fe sin añadiduras y con su fuerza y su calor.
 
La esperanza es el tiempo y la oportunidad. A las palabras se las llevó el viento y hoy solo queda el testimonio y el compromiso de los que hacen camino al andar. ¡Basta de fórmulas vacías, que caigan las estructuras opresoras, y que entre todos demos a la esperanza una oportunidad.
 
El amor sin paliativos es nuevo y creativo. La fe sin condiciones dilata el corazón y lo hace universal. Esta es la hora de la esperanza en la que solo vale aquello que se pone por obra.
 
Lo podemos decir más alto, pero no más claro: La única religión válida, el único camino auténtico, es el que se ha inaugurado y es el de la Esperanza: El del tiempo presente que nos abre al infinito.
 
Si cada uno apostamos por la persona, y hacemos nuestra la causa de la humanidad; si todos aceptamos el reto de sumar y nos olvidamos de las marcas y denominaciones de origen que nos separan, entonces el tiempo de la plenitud, ha comenzado.
 
Queda inaugurado así, el año de la esperanza.