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Hace una semana, se presentó en el convento Milagros. Tiene 23 años, cuatro hijos y una pareja que le da muy mala vida. Venía llorando porque no tenía nada para dar de comer a sus hijos, le habían cortado la luz, por falta de pago, y ya hacía una semana que había pasado lo mismo con el agua. El panorama era desolador, y las puertas se le cerraban una tras otra. Dijo que los hijos eran su única fuerza para luchar y seguir viviendo.

Al marchar, me encontré con Pilar que venía de la Plataforma de alimentos, estaba derrumbada. Jane, una mujer ecuatoriana, con siete hijos estaba a punto de ser desalojada de su casa. Hace meses que no paga, y el propietario de la casa pidió se la expulsara. Fue a ver a Pilar y de forma desesperada a pedir una ayuda.

El 24 por la tarde vino a verme Gaspar, un hombre de unos 40 años, pero que parece de 70. Cobra 900€ al mes, pero está enganchado a la droga: quiere y no puede dejarla. Está en la calle, nadie de su familia le quiere, y pedía desesperado un sitio para pasar la noche. Pude colocarlo en el albergue de la Policía local, después de darle algo de comer.

Y suma y sigue… Y sigue sumando. Parece que estamos en una escalada de miseria que no se detiene, y la situación se evidencia  cada día con una desesperación que ralla la locura.

La solidaridad ha aumentado. Parece que somos más sensible al sufrimiento de los más pobres, y que todos vemos que ese drama, en un abrir y cerrar de ojos, puede ser nuestro propio drama, porque la pobreza cambia de dueño fácilmente y no avisa ni pide permiso.

Y pienso en la Navidad que estamos celebrando, y que año tras año nos recuerda que tampoco había sitio para ellos en la posada, y que María tuvo que dar a luz a su hijo en un pesebre, en la pobreza plena, en la humildad profunda, en el frío intenso… Y sin entender nada, intento adorar el misterio. El misterio de la humanización de nuestro Dios.

Él se abajo para besar nuestro barro, se humanizó hasta el extremo, ¡hasta la miseria y la pobreza más absoluta! Y los de lejos y los de cerca vinieron a adorarle, y adorándole comprendieron que Él sólo quería una cosa: poner su tienda entre nosotros.

Y para poner su tienda, no nos pide más que sencillez, acogida, humildad, escucha, un corazón disponible, y unas manos vacías y  abiertas para acogerle.

Este es el misterio de la navidad, esta es nuestra fe, ésta es la  nueva evangelización: acoger el clamor de la humanidad en el llanto de los mas pobres, darles la oportunidad de poner su tienda entre nosotros, y adorar el misterio de la humanidad que día tras día es besada por nuestro Dios que nos visita, cuando uno de estos más pequeños llaman a nuestro corazón.

Feliz Navidad y un 2012 en el que la acogida del pobre sea el pan nuestro de cada día y en el que compartiendo, a nadie le falte el pan.