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 En el magnífico artículo “Nadal estult” el profesor Jordi Llobet se pregunta  ¿en qué lugar queda hoy, la misa del gallo, la celebración del nacimiento de Jesús, su circuncisión o la visita de los magos de Oriente, si todo esto se pone junto al frenesí comprador de gentiles y creyentes?. Benedicto XVI, en su homilía de la misa del Gallo dijo una habló de algo parecidor: “la Navidad se ha convertido hoy en una fiesta de los comercios, cuyas luces destellantes esconden el misterio de la humildad de Dios, que nos invita a la humildad y a la sencillez”·

En unos momentos de crisis económica profunda fuera bueno recuperar algunas de las tradiciones que han vertebrado desde hace muchos años la identidad del pueblo catalán. En Cataluña, los regalos navideños iban asociados a la llegada de los Reyes Magos de Oriente. El tió, personaje popular y básico en estas fiestas (tronco con rostro humano que se tapa con una manta y que se le da de comer cada día), se limitaba a suministrar los turrones y golosinas propios de la comida del día de Navidad. Esta era la tradición, hasta que los intereses comerciales, deslumbrados por el consumo, justificados con muchos argumentos, introdujeron la locura de los regalos de Navidad. Nada más lejos del que era la tradición catalana.
 
Pero ahora, cuando las fiestas de Navidad recuerdan a mucha gente que son más pobres, mucho más pobres, sería conveniente mirar hacia atrás y darnos cuenta que, quizás nos iría mejor, por convicción y por la austeridad que la realidad impone, descubrir  el sentido común de nuestras tradiciones. De tal modo que, a pesar de la estupidez de los últimos años, volviéramos a recuperar que la costumbre de que los niños (y los grandes) esperáramos los regalos que traen los Reyes de Oriente y atizáramos fuerte el tió para que nos aporte los dulces del día de Nadal.