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(CR) Las polémicas con el nuncio de la Santa Sede en España no son nuevas. Y por eso el obispo Joan Carrera ya tuvo que escribir el nuncio por su visión parcial sobre la realidad cultural y política de Cataluña. Así lo muestra este documento inédito. Una carta que en 1997 el obispo auxiliar de Barcelona escribió al entonces nuncio Lajos Kada tras las sus declaraciones sobre la falta de misas en castellano en Cataluña.

La mayoría de obispos catalanes ya respondieron públicamente en su momento los comentarios del nuncio, como lo hizo también Joan Carrera. Pero insiste en el tema unos meses después por carta. El texto está fechado el 14 de abril de 1997, al día siguiente de la entrada en Tarragona del nuevo arzobispo Lluís Martínez Sistach.

Del texto obviamos unas referencias personales en la que Carrera se refiere a Lajos Kada y que motivan la carta. El obispo quiere defenderse de su supuesta implicación en una campaña de cartas contra el nuncio “He de manifestarle que su imputación sobre mi persona es absolutamente falsa. El hecho que en dichas tarjetas se citaran unas palabras mías nada tiene que ver con la iniciativa de mandarlas a S. E., cuya procedencia ignoro”, explica Carrera al principio del texto.

A raíz de esta defensa, aprovecha la ocasión para relatar el compromiso pastoral de la Iglesia de Cataluña con todos, sea cual sea su lengua materna. También alerta sobre el peligro de simplificar en un tema "enormemente vidrioso "en el que dice que se mezclan criterios y sentimientos. Hace 17 años.

 

Barcelona, 14 de abril de 1997

Exmo. Sr. Lajos Kada
Nuncio Apostólico de Su Santidad el Papa
Madrid

Apreciado señor Nuncio:

[...]

Aprovecho la ocasión de este desmentido [sobre la participación de Carrera en una campaña de cartas contra el nuncio] para añadir algo a propósito de mis declaraciones a Catalunya-Ràdio, sobre las cuales creí, en su día, que era mejor no hacer más comentarios.

En mis más de cuarenta años de sacerdocio, mayoritariamente dedicados a la pastoral obrera, he vivido rodeado de inmigrantes, trabajando con ellos: en parroquias de suburbio, en grupos apostólicos, en obras sociales como la construcción de viviendas y dispensarios, apoyando los derechos sindicales cuando no eran reconocidos, últimamente acogiendo hermandades andaluzas y facilitando el ejercicio de sus devociones y sus procesiones. Todos los años viajo a Andalucía y he participado en algunas de sus romerías. Como fácilmente podrá deducir de todo ello S.E., el uso de la lengua castellana ha sido constante en mi ministerio. Lo cual, por otra parte, no me ha impedido defender la lengua catalana cuando ha sido reprimida. Una cosa es el uso del castellano por razones pastorales o de afecto a las personas, y otra distinta su imposición por razones políticas, como ha ocurrido en otras épocas. Estoy hablando a S. E. de mi trayectoria, pero lo mismo que yo podrían decirle muchísimos sacerdotes barceloneses que vivieron estos problemas colaborando no sólo ahora con D. Ricard Mª Carles, sino ya mucho antes con D. Gregorio Modrego (1942-1966), con D. Marcelo González (1966-1972), y con D. Narcís Jubany (1972-1990). Eran años mucho más difíciles que los actuales y, sin embargo, nunca se suscitó una polémica como la reciente.

En este contexto, comprenderá S. E. que toda sospecha de un comportamiento contrario, además de contradecir la verdad afecta al honor y al prestigio de nuestro presbiterio. En mi respuesta a las preguntas de un periodista, me limité a ofrecer los datos de Barcelona, los cuales pueden parecer más o menos justos, por uno y por otro lado, pero que están ahí y acreditan un comportamiento nada sectario. El tema es enormemente vidrioso. Los criterios no son unánimes y los sentimientos menos. Por esto es necesario proceder con mucho tiento, corrigiendo y retocando discretamente lo que sea necesario. Los planteamientos maximalistas en un sentido, provocan inmediatamente planteamientos también maximalistas de signo contrario.

No habrá escapado a la perspicacia de S.E. que, entre quienes discrepan de sus declaraciones, se dan dos matices: unos dan a entender que no hay que preocuparse por el acercamiento a los inmigrantes. Otros defendemos que lo estamos llevando a cabo. Unos buscan el descrédito de la Iglesia, excitando la sensibilidad de alguno de los dos sectores. Otros tratamos de mantener el difícil equilibrio de una comunidad eclesial que es fiel a su identidad y, al mismo tiempo, acoge a los que llegan. Equilibrio difícil pero que -substancialmente y anécdotas inevitables a parte- estamos consiguiendo. Me gustaría que S.E. pudiera ver cómo discurre la vida real de nuestros consejos pastorales y de nuestras asociaciones católicas: cómo la gente se expresa cada cual según le apetece y cómo avanza la comprensión mutua. Necesitamos, más que nada, confianza en los que estamos dentro del tema día a día.

No quiero alargarme más. Estoy a la disposición de S.E. para cualquier aclaración que quiera sugerirme. Me gustaría, eso sí, que S.E. tuviera conocimiento de algunos datos que podrían facilitar nuestra comprensión. Por ejemplo, la cantidad de escritos que he dedicado a la persona y al pensamiento de Juan Pablo II. No creo que nadie me supere en Cataluña en este punto. Para no hablar de mi gozosa fidelidad al compromiso de ser realmente obispo auxiliar de mi Arzobispo y Cardenal. Me parece que nunca había hablado tanto de mi mismo como en esta misiva. Y me causa cierto apuro. Pero pienso que puede ser más perjudicial el desconocimiento que me ha parecido advertir en la conversación de S.E. a que me he referido al comienzo de la carta.

Reciba, Excelencia, mi cordial saludo.

Joan Carrera, obispo auxiliar de Barcelona (1930-2008)