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(Josep Maria Carbonell, Josep Maria Cullell, Eugeni Gay Montalvo, David Jou, Jordi Lòpez Camps, Josep Miró i Ardèvol, Francesc Torralba / La Vanguardia) Cuándo te vimos forastero, y te acogimos?" es una de las preguntas que hicieron los justos cuando Dios les invitó a entrar a su Reino en la parábola del juicio final. La respuesta de Dios es lo bastante clara: "cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis". El texto evangélico propone la práctica de la acogida a los forasteros como expresión real de la misericordia compasiva de Dios con el prójimo, la cual se origina de otra pregunta de Dios, la que hizo a Caín: "¿donde está tu hermano?". Estas preguntas siguen interpelándonos rabiosamente hoy, en nuestro tiempo y en nuestro entorno cotidiano.

Los procesos de globalización comportan un importante incremento de la inmigración en los últimos años; muchísimas personas han tenido que desplazarse para hallar las oportunidades que les son negadas en sus países de origen. Estos forasteros son los inmigrantes que llenan las ciudades y pueblos de Catalunya. Nada indica que eso vaya a detenerse en las próximas décadas.

El inmigrante se encuentra sometido a una doble situación que lesiona sus derechos básicos. Por una parte, sufre una situación injusta, a nivel económico, social o político, que lo obliga a marcharse de su casa, del lugar donde el paisaje le evoca su identidad y la cultura expresa su tradición.

Pero el inmigrante también es un extraño allí donde el destino le lleva a buscar trabajo, acogimiento o asilo. En muchas ocasiones, sus derechos son olvidados, cuando no flagrantemente conculcados, cosa que les hace vivir en el temor y la vergüenza. Son tenidos para extraños y, al tiempo que la globalización propicia la llegada de unas personas que contribuyen al crecimiento económico de nuestra sociedad, también se despierta el triste fenómeno de la globalización de la indiferencia ante los inmigrantes.

El mundo civilizado no puede rehuir sus responsabilidades ante el drama humano presente detrás de las migraciones modernas. Las necesarias políticas de control de fronteras tienen que tratar a los inmigrantes con dignidad. El camino del inmigrante hacia la nueva sociedad está lleno de dificultades que se suceden como una interminable carrera de obstáculos que empiezan ya en el propio viaje migratorio. Muchos no pueden llegar a los países de destino porque la muerte se los presenta sólo iniciar su éxodo. Otros, más afortunados, una vez llegados a las sociedades de acogida se encuentran con inmensos muros de incomprensión y dificultades para vivir dignamente.

Ante la situación de precariedad y explotación en que se encuentran la mayoría de inmigrantes, todos tenemos que reaccionar. Es un problema de gran complejidad que exige múltiples compromisos y varios niveles de actuación que implican a las instituciones y a las personas de las sociedades de acogida. Todo el mundo tiene que sentirse convocado y participante en la construcción de un modelo de convivencia. La aceptación de un proyecto compartido es lo que permite gestionar la pluralidad cultural y lingüística respetando las diferentes identidades de los individuos de nuestra sociedad. No siempre ha sido posible hacerlo.

En este proceso hace falta un esfuerzo sostenido por todas las partes, pero de una manera especial de los poderes públicos, a quien expresamente es confiada la defensa de los derechos de las personas. En este sentido, todavía hay resistencias en algunos colectivos de recién llegados que desconfían o, simplemente, quieren mantenerse al margen de toda política de integración ofrecida desde la sociedad de acogida.

También esta tiene que saber compartir con generosidad sus recursos de solidaridad con aquellas personas que tienen necesidad porque la inmigración les ha introducido en la pobreza y la marginación. Estos nuevos pobres exigen ampliar la atención que la sociedad da a las personas que se encuentran en situaciones de dificultad y exclusión social.

Como cristianos no podemos quedar indiferentes a los problemas de la inmigración. Ante ellos tenemos que reaccionar. Estamos llamados a testimoniar la ética de la compasión; tenemos que compartir el padecimiento de los demás y actuar para liberarlos de su sufrimiento. El papa Francisco ha sido desde el inicio de su pontificado sensible y radical en la denuncia de esta situación. En Lampedusa, pidió tener una nueva mirada sobre el problema de la inmigración y adoptar políticas de acogimiento más humanizadas. Las palabras del papa al saber la trágica noticia del naufragio de una patera en el Mediterráneo ("es una vergüenza") tienen que conmover nuestra conciencia. ¿Qué hacemos para que esta situación deje de avergonzarnos?

La Iglesia y la comunidad cristiana no pueden ser insensibles al grito de los oprimidos y pobres, especialmente a las nuevas formas de pobreza asociadas a la inmigración. La respuesta cristiana aporta una actitud de estimación real a los inmigrantes como expresión de la misericordia de Dios con el prójimo. Hacen falta gestos afectivos y efectivos de compasión hacia los inmigrantes.Sin olvidar que, dado que la causa de la inmigración es la falta de oportunidades en los países de origen, hay que asegurar que los países con más recursos tengan políticas activas de cooperación por el desarrollo de aquellos.

La misericordia compasiva comporta una actitud vigilante, en tono de denuncia profética, del comportamiento de las instituciones públicas con los inmigrantes. Resulta inadmisible para la conciencia cristiana aceptar como normal el uso de alambradas con cuchillos para contener las entradas irregulares de personas, o el trato inhumano que reciben aquellos inmigrantes en situación administrativa irregular que son recluidos en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CEI) como paso previo a su expulsión. La complejidad y opacidad administrativa resultan inadmisibles. Ante esta situación reclamamos la disolución de estos centros y el establecimiento de un nuevo sistema de atención a inmigrantes irregulares en consonancia con el espíritu y letra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

A pesar de los esfuerzos de muchas personas por acoger sinceramente a los recién llegados, todavía persisten muchos recelos y prevenciones que dificultan este proceso (entre los cuales, el recelo de los pobres ya instalados aquí antes de los inmigrantes recién llegados, y al cual también hay que tener presentes con especial cuidado y delicadeza para que no se sientan olvidados). El miedo al otro por su diversidad cultural o religiosa, en algunos casos comprensible por la propia actitudes de los inmigrantes, contribuye a establecer importantes barreras que dificultan la cohesión social y amplían las diferencias con los recién llegados. Eso es aprovechado por algunas fuerzas políticas para alimentar los miedos atávicos a todo aquello que es diferente y extraño. Los nuevos populismos forjados a partir del rechazo a los inmigrantes son un peligro para la democracia y para la misma humanización de la sociedad. Los prejuicios y los estereotipos condicionan la percepción que una parte de la población tiene de los inmigrantes. Conviene combatir estas imágenes distorsionadas, porque no ayudan a cohesionar la sociedad y a construir la convivencia cívica basada en el respeto.

El conjunto de la Iglesia catalana está muy presente en diversas iniciativas de acogida de los inmigrantes. La misión de los cristianos es humanizar la sociedad teniendo especial cuidado del más vulnerables. Hay que hacerlo de forma generosa y desinteresada. Los cristianos tenemos que saber, tal como decía la recientemente fallecida Teresa Losada, "dialogar, convivir, dar sin la certeza de esperar reciprocidad manifiesta la gratuidad mayor a que nos invita nuestra fe".