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(Jordi Llisterri - CR) Ricard Maria Carles era un buen sacerdote. Nació en Valencia el 24 de septiembre de 1926 -el día de la Virgen de la Merced- donde creció y vivió su vocación sacerdotal, y ha muerto este martes en Tortosa donde ejerció el episcopado durante veinte años antes de ser destinado a Barcelona.

Alumno en una escuela de las teresianas, y de bachillerato en los jesuitas, abandonó los estudios universitarios de Química para entrar en el seminario de Valencia. Tras ser ordenado sacerdote en 1951 se licenció en Derecho canónico en Salamanca.

Bajo el pontificado del obispo Marcelino Olaechea primero estuvo destinado a dos parroquias de Valencia y luego asumió diversas responsabilidades diocesanas, como la dirección del Convictorio para los Diáconos y las delegaciones episcopal para el Clero y de pastoral familiar. En su experiencia parroquial en Valencia también trabajó con la Acción Católica y fue consiliario de la JOC.

Y muy joven, con 42 años, en junio de 1969 le llega el nombramiento como obispo de Tortosa. Una diócesis con sede en Cataluña pero con un tercio del territorio en el País Valenciano. Es la época de la aplicación del Vaticano II y culmina este trabajo con la convocatoria de un Sínodo diocesano en 1984, que sigue la línea de las asambleas diocesanas convocados en otros obispados catalanes. 22 años de obispo, su cercanía y su profunda espiritualidad convierten a "Don Ricardo" en un obispo respetado y estimado entre la familia diocesana de Tortosa.

Una cena con Juan Pablo II

Pero la biografía del cardenal Carles toma un giro en 1990 cuando desde Roma se busca un relevo para el cardenal Narcís Jubany en Barcelona. Y se fijan en el único obispo valenciano que hay en aquellos momentos en Cataluña. Como explicaba el propio Carles,  Juan Pablo II busca un relevo para cambiar la diócesis de la capital catalana. Una diócesis de cuatro millones de habitantes, sede cardenalicia, y que marca mucho la dinámica de la Iglesia en Cataluña. Justo antes de su entrada en la diócesis, el Papa lo invitó a cenar: "me enviaba a un lugar que sabía que no era fácil". Poco después, el mismo Juan Pablo II le envía una carta "bastante larga" en la que "decía que estaba de acuerdo con lo que yo estaba haciendo en Barcelona y que aceptaba la línea que había cogido la diócesis".

Así, el hombre de Juan Pablo II en Cataluña llega a Barcelona en 1990. Y pone en marcha el primer plan pastoral bajo los ejes de identidad, comunión y evangelización. Una tarea evangelizadora y espiritual -creó el Instituto de Teología Espiritual- que camina junto al impulso de la acción caritativa de la Iglesia. Todo en la línea de reforzar la cohesión eclesial y la identidad católica ante el reto de la secularización.

En una primera etapa crea las demarcaciones diocesanas para descentralizar el obispado. Sitúa como responsables de cada territorio a los nuevos obispos auxiliares que se nombraron en Barcelona entre 1991 y 1993. Carles Soler, Joan Carrera, Joan-Enric Vives, Jaume Traserra y Pere Tena. Y, en una segunda etapa, reestructura y moderniza los organismos de la curia diocesana con un nuevo equipo liderado por el obispo Joan Carrera y el jesuita Enric Puig.

Finalmente, una vez que el cardenal Jubany cumplió los 80 años, fue nombrado cardenal en 1994. Una década después, podrá participar como cardenal en el cónclave que eligió a Benedicto XVI. Hasta su jubilación participa en la labor de varios organismos vaticanos como Congregación para la Educación Católica, la Pontificia Comisión de Justicia y Paz, el Consejo de cardenales para el estudio de los problemas organizativos y de economía de la Santa Sede, y la Jefatura de Asuntos Económicos. También es vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española entre 1999 y 2002.

Mientras, en Cataluña, se desarrolla el Concilio Provincial Tarraconense del año 1995, que quiere aplicar y culminar la aplicación del Vaticano II en las diócesis catalanas. Liderado por el arzobispo de Tarragona, Ramon Torrella, los participantes elegidos por la diócesis de Barcelona tienen un papel relevante.

Por otra parte, en Barcelona también destacó por nombrar a algunas mujeres en puestos de responsabilidad dentro de la diócesis y en cargos que nunca habían sido ocupados por laicos.

En aquellos años, también es reconocido por ser uno de los primeros obispos que se desmarca públicamente de la línea de la Cadena Cope de Jiménez Losantos. Asimismo, en su trayectoria episcopal en Cataluña, defendió el perfil propio cultural y lingüístico de la Iglesia catalana.

Como todos los arzobispos de Barcelona, ​​tuvo seguidores y detractores en la diócesis. Pero a partir del año 2000 se produce una brecha con el equipo de gobierno liderado por el obispo Carrera. La mayoría de obispos auxiliares son enviados a otras diócesis y, cuando hace pública la carta de Juan Pablo II que le prorroga dos años su mandato, se nombra a José Ángel Sàiz nuevo obispo auxiliar de Barcelona que se hace cargo de la gestión diocesana. Al revés que diez años antes, la elección del auxiliar es recibida con la protesta de numerosos sacerdotes.

Después de dos años de especulaciones, el 15 de junio de 2004 llega el relevo en Barcelona. El elegido es el entonces arzobispo de Tarragona, Lluís Martínez Sistach. Pero la decisión llega conjuntamente con la división de la diócesis y con el nombramiento de Josep Àngel Sáiz Meneses como obispo de Terrassa y del valenciano Agustí Cortés en Sant Feliu de Llobregat. Carles es de los primeros que muestra su oposición a la división de la diócesis cuando se hace pública.

Desde su retiro, Carles vive entre Barcelona y Tortosa acompañado de la familia que siempre ha estado a su lado, el matrimonio Allepuz. En estos diez años ha seguido escribiendo en diversos medios de comunicación, dirigiendo retiros y pronunciando conferencias.

Promotor de obispos

Un hecho relevante de la trayectoria eclesial del cardenal Carles ha sido su influencia en la elección de obispos. Curiosamente, la biografía que ha publicado el arzobispado de Barcelona, ​​destaca que ya en una parroquia de Valencia "tuvo como monaguillo a Vicente Juan, que luego sería sacerdote, jefe de la Sección española de la Secretaría de Estado del Vaticano y que actualmente es obispo de Ibiza". Además de los cinco auxiliares que pidió para Barcelona -después de que el auxiliar Martínez Sistach fuera su sucesor de Tortosa- también fue elegido obispo de Lleida Francesc Xavier Ciuraneta, su secretario de Tortosa. En 2001 pidió que Sàiz Meneses fuera elegido obispo al final de su pontificado. Y, además de los valencianos que han aterrizado en los últimos años en Cataluña, también en el año 2003 fue elegido obispo de Vic Romà Casanova, que Carles también había escogido como director espiritual del Seminario de Tortosa.

Las cimas del cardenal Carles 

Pero todo el mundo que ha conocido al cardenal Carles sabe que su verdadera pasión no era la episcopal, sino su vocación sacerdotal y la montaña. Un hecho que también le unía con Juan Pablo II ("Él fué mi papa") y que transmitía a todos sus colaboradores. Así lo explicaba él mismo en La Razón: "El montañismo endurece, fortalece los músculos y también el sentido espiritual. He subido seis veces el Aneto, y es evidente que en las cimas uno se acerca a Dios".