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(CR) "Montserrat, y su compromiso con los derechos humanos y patrios antes y después de la guerra, incluso con el sacrificio por parte de algunos de sus monjes, también en el año 2000 pidió perdón, pero hoy, ante el testimonio de sus mártires beatificados, lo vuelve a hacer a través de mí, por las veces que, a causa de las limitaciones humanas, no hemos ofrecido un testimonio suficientemente transparente del Evangelio ni hemos sido bastante generosos para servir a todos".

Esta es la respuesta del abad Josep Maria Soler al debate de estos días sobre la necesidad de que la Iglesia pida perdón por su compromiso institucional con el franquismo. Lo ha dicho este domingo en Montserrat durante la homilía de la celebración de acción de gracias por la beatificación de veinte monjes entre los mártires proclamados el pasado domingo en Tarragona. Una homilia que también ha recordado todos los "muertos por coherencia con sus ideas sociales y políticas, o por su fidelidad a Cataluña".

El abad Soler se ha mostrado partidario de "seguir reflexionando sobre este periodo de nuestra historia" del que "quizá sí que es necesario un propronunciamiento más explícito" de perdón. En este contexto ha recordado que ya Juan Pablo II pidió perdón en 2000 "por las culpas de los hijos de la Iglesia" y que también lo hicieron los obispos catalanes en 2011 en el documento Al servicio de nuestro pueblo, "conscientes de que por parte de algunos de sus miembros, hubo carencias y errores", como también lo ha hecho el arzobispo de Tarragona. Sin embargo, el abad lo ha querido explicitar de nuevo en recuerdo de los mártires de Montserrat.

En la homilía también ha hecho referencia al contexto de 1936 en que "ser cristiano y católico no era aceptado por parte de quienes dominaban la situación". Una memoria que no quiere "acusar a nadie, porque si fueron asesinados fue por ignorancia de lo que de verdad eran los cristianos y quizás por el mal testimonio de algunos miembros de la Iglesia. No acusamos a quienes los mataron, más aún, los perdonamos aunque nadie nos pida perdón". Tambíen ha recordado a "todos los que, en aquel contexto histórico y en el inmediatamente posterior, fueron muertos por coherencia con sus ideas sociales y políticas, o por su fidelidad a Cataluña, a menudo como resultado de juicios injustos".

El abad también ha denunciado cómo todavía hoy en muchos países siguen muriendo cristianos debido a su fe: "Es que la enseñanza de Jesús, tal como decía el evangelio que hemos proclamado, con el trabajo a favor de la justicia que implica y con el humanismo que conlleva y la dignidad de todo hombre y toda mujer que defiende, a veces estorba ".

Este es el texto íntegro de la homilía.

Misa de acción de gracias por la beatificación de los Mártires de Montserrat
Is 25, 6a.7-9; Ps 120; He 12, 18-19.22-24; Jn 15, 18-21

Josep Maria Soler, abad de Montserrat

Estimados Sr. Vicario General, hermanos monjes, escolanes, familiares de los nuevos beatos, peregrinos que habéis venido a venerarlos, hermanos y hermanas:

"De la montaña del Señor viene mi ayuda". Esta afirmación del salmista expresa bien la experiencia espiritual de nuestros hermanos mártires de Montserrat, por la beatificación de los que hoy damos gracias a Dios. Ellos, en su búsqueda vocacional, se acercaron a esta montaña del Señor que es Montserrat. Bajo la mirada de la Madre de Dios por medio del progreso "en la vida monástica y en la fe" (cf. RB Prólogo, 49) se acercaron a Jesús y a su sangre purificadora recibida en la eucaristía. Instruidos en la escuela de san Benito y vigorizados en las filas fraternas de los hermanos de comunidad (cf. RB 1, 5), fueron aprendiendo, a pesar de sus debilidades y sus defectos personales, a amar a Cristo por encima de todo (cf. RB 5, 2) hasta no querer anteponerle nada, ni la propia vida (cf. RB 72, 11). Esto les fue preparando para el gesto supremo. Lo ilustra, entre otros testimonios que se podrían citar, las palabras que, antes de ser detenidos, el beato P. Fulgencio dirigió a los tres monjes que estaban refugiados con él: "Ánimo; dijimos a Jesús que le queríamos cuando profesamos; ahora ha llegado la hora de demostrar que la queremos de verdad, yendo, si es necesario, a morir por él ".

Y acudieron. Ellos cuatro y, en otros días y lugares, un buen grupo más, hasta veintiuno. Eran humanos y tuvieron sus momentos de temor. Pero "de la montaña del Señor" les llegó la ayuda, la fuerza para mantenerse fieles hasta el final. No habían hecho daño a nadie;, Al contrario, habían ido aprendiendo a respetar a todos viendo en el otro la imagen de Jesucristo (cf. RB 53, 07:15). Pero ser cristiano y católico no era aceptado por parte de quienes dominaban la situación en Cataluña ese 1936. A nuestros hermanos no se les reconoció ningún dignidad humana; eran monjes, y, por tanto, eran dignos de muerte. Lo vivieron como discípulos fieles del Señor; el evangelio nos dijo que tal como lo persiguieron a él, perseguirían los suyos. Llevaban el nombre de Jesús, y eso ya era causa de muerte, según los presupuestos ideológicos que imperaban. Celebrando nuestros mártires, no queremos acusar a nadie, porque si fueron asesinados fue por ignorancia de lo que de verdad eran los cristianos y quizás por el mal testimonio de algunos miembros de la Iglesia. No acusamos a quienes los mataron, más aún, los perdonamos aunque nadie nos pida perdón. En nuestros mártires, admiramos tanto su amor a Cristo más fuerte que el amor a la propia vida terrena como su esperanza de vivir con él eternamente.

Al momento de dar la vida, sus edades oscilaban entre los 82 años y los 18; cuatro habían sido escolanes y tres, prefectos de la Escolanía. Ya antes de dejar la montaña del Señor que es Montserrat, viendo lo que pasaba, habían reflexionado sobre la posibilidad de tener que morir. Ser mártires de Cristo era para ellos, a pesar del escalofrío humana que podía comportar, una gracia de Dios. Y les fue concedida; en la debilidad de la muerte experimentaron la fuerza del Espíritu para ser fieles.

Recordemos los nombres, que quedan escritos con letras de oro en la historia casi milenaria de nuestro monasterio porque son los monjes más preclaros que ha dado la comunidad. Recordemos a alabanza de la Santa Trinidad: Robert Grau, Josep M. Fontserè, Pere Vallmitjana, Domènec González, Lleó Alesanco, Bernat Vendrell, Joan Roca, Francesc de Paula Sánchez, Josep M. Jordà, Fulgenci Albareda, Lluís Palacios, Ildefons M. Civil, Ambròs M. Busquets, Eugeni M. Erausquin, Plàcid M. Feliu, Odiló M. Costa, Àngel M. Rodamilans, Emilià M. Guilà, Narcís M. Vilar, Hildebrand M. Casanovas. Y, además, Raimon Lladós que sufrió el martirio con toda la comunidad del Monasterio del Pueyo de Barbastro, muchos de los cuales habían recibido la formación monástica en Montserrat y que también fueron beatificados el pasado domingo en Tarragona. Además, hacemos memoria de Sebastià M. Feliu y de Veremond M. Boqué, que por el hecho de ser monjes sufrieron muerte sangrienta, pero de los que en su momento no se pudieron obtener testimonios ciertos de martirio.

Mientras honramos nuestros mártires y recogemos su legado de fidelidad, de amor y de perdón, recordamos los monjes Anscari M. Ubach y Hugó M. Bergadà que, pese a no ser víctimas de la persecución religiosa, murieron en la guerra. Y hacemos memoria, también de los dos trabajadores de Montserrat que fueron asesinados a causa de su vinculación al monasterio. Queremos manifestar también nuestro recuerdo y nuestro respeto hacia todos los que, en aquel contexto histórico y en el inmediatamente posterior, fueron muertos por coherencia con sus ideas sociales y políticas, o por su fidelidad a Cataluña, a menudo como resultado de juicios injustos.

También en nuestros días vemos como muchos cristianos, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, continúan dando testimonio de Jesucristo hasta la muerte en Pakistán, en Siria, en Egipto, en Nigeria, etc. Es que la Enseñanza de Jesús, tal como decía el evangelio que hemos proclamado, con el trabajo a favor de la justicia que implica y con el humanismo que conlleva y la dignidad de todo hombre y toda mujer que defiende, a veces estorba.

He dicho que perdonábamos a los que nos arrebataron de forma cruenta estos hermanos de comunidad. Estos días se ha hablado mucho de si la Iglesia debe pedir perdón por su compromiso con los vencedores de la guerra civil. Hay que seguir reflexionando sobre este periodo de nuestra historia para analizar todos los hechos, pero quizá sí es necesario un pronunciamiento más explícito. Con todo, el Papa Juan Pablo II, en 2000, ya pidió perdón por las culpas de los hijos de la Iglesia Católica, especialmente en el segundo milenio (3.12.2000). También la Iglesia en Cataluña es consciente de que por parte de algunos de sus miembros, hubo carencias y errores y, por boca de sus obispos, pidió humildemente perdón en 2011 por las carencias y errores cometidos en el pasado (cf. Al servicio de nuestro pueblo , n. 22), sin descuidar, por otra parte, la gran aportación positiva que la Iglesia ha hecho y hace a favor de la sociedad particularmente a nivel cultural, educativo y asistencial. También estos días lo ha hecho, pedir perdón, el arzobispo de Tarragona y Primado. Montserrat, y su compromiso con los derechos humanos y patrios antes y después de la guerra, incluso con sacrificio para algunos de sus monjes, también en 2000 pidió perdón, pero hoy, ante el testimonio de sus mártires beatificados, lo vuelve a hacer a través de mí, por las veces que, a causa de las limitaciones humanas, no hemos ofrecido un testimonio bastante transparente del Evangelio ni hemos sido suficientemente generosos para servir a todos.

La entrega de los mártires es un patrimonio que la Iglesia valora y quiere mantener vivo. Con la beatíficación, además de reconocer que murieron a causa de Jesucristo, nos los propone como modelos y como intercesores. Como modelos para que nos estimulen a vivir hasta el final con fidelidad a Jesucristo, esto incluye, también, el trabajo por la justicia y por el respeto a la dignidad de cada ser humano, y nos mueve a tener compasión de todos los heridos de la vida y a esforzarnos en hacer posible la reconciliación dondequiera que haya división. La Iglesia nos los propone, también, como intercesores, para que podamos invocar su ayuda en todas las vicisitudes de nuestra vida. Al final de esta celebración, los monjes con todos los concelebrantes bajaremos a la cripta para venerar el "martyrium" de estos monjes nuestros, el lugar donde reposan los once cuerps que han podido ser recuperados y donde está, también, el recuerdo de los demás.

Los mártires, después de ver cómo Dios les secaba las lágrimas de los ojos, ya participan del convite que anunciaba el profeta Isaías, ya están en el acopio festivo de los ciudadanos del cielo del que hablaba la carta a los Hebreos. Y esto nos es causa de alegría y de acción de gracias, conscientes que también para nosotros, "de la montaña del Señor"-de este altar dedicado a Santa María-viene nuestra ayuda.

Montserrat, 20 de octubre 2013