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(Armand Puig - El Bon Pastor ) El día 13 de septiembre de 1943 el Dr. Francesc d'Assís Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona y primado de las Españas, cardenal de la Santa Iglesia Romana desde 1921, moría exiliado en Suiza. El Cardenal Vidal había nacido en Cambrils el 3 de octubre de 1868. Tenía casi setenta y cinco años. Ordenado obispo y nombrado administrador apostólico de Solsona en 1914, al cabo de cinco años (1919) se convirtió en pastor de la sede metropolitana de Tarragona, en la que permaneció hasta el 25 de julio de 1936. Ese día, en medio de una situación de peligro de muerte evidente e inminente por parte de guerrillas anarquistas que habían detenido el Cardenal y su familiar en Poblet el día 23, y bajo la protección directa del Gobierno catalán, fue trasladado desde Montblanc, donde estaba encarcelado, hasta Barcelona, ​​donde se le facilitó un salvoconducto para embarcarse hacia Italia. A los pocos días el Cardenal y su familiar, el Dr. Joan Viladrich, iniciaban su exilio instalándose en la Cartuja de Farneta, cerca de Lucca. Más tarde, cuando Italia fortaleció el eje político y bélico con Alemania, el Cardenal tuvo que cambiar el lugar de su exilio y se trasladó a Suiza «francófona», en la cartuja de Valsainte, cerca de Friburgo. El Cardenal, que nunca quiso renunciar a su sede, no obtuvo el permiso del nuevo régimen para volver a Tarragona en 1939, al acabarse la guerra. El exilio del prelado se prolongará cuatro años más, hasta su muerte.

El calvario del Cardenal había comenzado el día 21 de julio por la noche, cuando la policía le pidió que dejara el Palacio Arzobispal porque había peligro de un asalto y -así se lo comunicaron- de tener que disparar contra la gente. El Cardenal puso como condición de ser trasladado a un lugar dentro de la misma archidiócesis, y Poblet, entonces un monasterio sin monjes, fue el lugar escogido. Le acompañaban el Obispo auxiliar, el Dr. Manuel Borrás, hijo de la Canonja, que había colaborado con el Cardenal desde su estancia en Solsona, el familiar, Dr. Joan Viladrich, y dos sacerdotes más. El día 24 el Cardenal y su Auxiliar, en momentos diferentes, ya habían sido conducidos a la prisión de Montblanc, capital de la comarca, junto con otros sacerdotes de la Conca de Barberá, que también habían sido detenidos. El día 25 por la mañana, antes de ser sacado de la cárcel de Montblanc, el Cardenal insistió infructuosamente que se permitiera a su Obispo auxiliar viajar con él a Barcelona, ​​pero la orden del Gobierno afectaba taxativamente al Cardenal y a la persona que le acompañaba el día 23 en el momento de su detención, y esa persona era su familiar, Dr. Viladrich. De todos modos, el Cardenal recibió garantías de que se gestionaría la liberación del Obispo auxiliar. Las cosas fueron bastante distintas. El día 12 de agosto, el Dr. Manuel Borrás Ferré, obispo auxiliar de Tarragona desde 1934, de cincuenta y seis años, era asesinado junto a la carretera del Coll de Lilla, entre Montblanc y Valls. La persecución religiosasa asolaba el país y sembraba de mártires la tierra catalana y toda la geografía hispánica.

En 1944, en el Boletín Oficial Eclesiástico del Arzobispado de Tarragona (30 de junio, núm. 13, p. 195), el Dr. Salvador Rial, administrador apostólico del Arzobispado de Tarragona, -tal como nos ha recordado el arzobispo Jaume Pujol en su última carta pastoral- escribía estas palabras clarividentes: «Indudablemente, entre el clero de la Archidiócesis la primera víctima fue el Pastor, el eminentísimo señor Cardenal Arzobispo. Sin efusión de sangre, pero auténtica víctima y mártir. Recordemos que la Iglesia venera como mártires muchos que sufrieron persecución pero sin efusión de sangre». En efecto, el Cardenal Vidal tuvo que dejar su sede de manera forzada por mor del peligro que corría su vida, en el marco de una persecución religiosa de la que, al principio, no se podía prever que diezmaría, literalmente, las diócesis y las órdenes religiosas catalanes, y que comportaría la muerte de cientos de laicos, entre los cuales no pocos seminaristas, todos ellos unidos por un solo estigma: creer en Jesucristo y ser personas de Iglesia, muchos de ellos consagrados por los votos y/o por la ordenación presbiteral. Ciertamente, el Cardenal Vidal pudo morir el día 23 de julio de 1936 a manos de la guerrilla anarquista que se lo llevaba, con su familiar, desde Poblet a Hospitalet de Llobregat, en el barrio de la Torrassa, cuando el vehículo se averió y tuvieron que pararse en Montblanc. O bien pudo morir a principios de agosto, como su Obispo auxiliar, el Dr. Borràs, asesinato y quemado el día 12, o el Dr. Salvi Huix, obispo de Lleida, muerto el 5 de agosto cuando el furgón del Gobierno catalán que le llevaba a Barcelona con veinte personas más fue interceptado por un pelotón, que les hizo bajar del vehículo y los fusiló todos en las tapias del cementerio de Lleida. Ambos obispos serán beatificados en Tarragona el día 13 de octubre de este año.

El Cardenal Vidal sufrió el exilio, es decir, el martirio del Pastor que lleva en el corazón sus ovejas, pero que no puede verlas ni guiarlas, exhortarlas ni consolarlas, sobre todo en los momentos terribles de una persecución que pretendía borrar la religión del alma del pueblo catalán. Fue un exilio largo y contumaz, que recuerda, entre otros, el de San Juan Crisóstomo (403-407), arzobispo de Constantinopla, expulsado por el emperador Arcadio, que murió en Comana Pontica, despojado de su sede y exiliado. La Iglesia ortodoxa griega lo llama «megalomártir». El Cardenal Vidal escribía, el 9 de noviembre de 1937, una carta a sus sacerdotes, donde les decía: «Ellos (los que pasan o han pasado peligros y aflicción)... son objeto de mi viva solicitud. Que les sea un poco de consuelo saber que yo también, quizás primero que ellos, he experimentado y vivido, en todas las etapas, sus emociones, penas, humillaciones y sufrimientos, que sólo un querer del buen Dios permitió que no acabaran con el desenlace gloriosísimo que parecía inevitable». Estas palabras dejan traslucir los sentimientos de aquel «martirio lento» que es el testimonio de la fe que pasa por el exilio y al mismo tiempo el reconocimiento del «martirio cruento» de muchos sacerdotes.

El lema episcopal del Cardenal Vidal era «diligite alterutrum» ('amaos los unos a los otros'). Su tiempo fue convulso: el odio y la violencia parecían haberse apoderado del mundo, la guerra se había apoderado de los espíritus, y la posición anticristiana del nazismo y del estalinismo era devastadora. El amor parecía haberse fundido, yen  todo emergían sombras de destrucción, que pretendían borrar Dios de la historia humana. Otros, sin apelar a la religión, no paraban una larga guerra fratricida y hacían más grande la herida del odio y la división. El Cardenal escribe desde Italia el 11 de octubre de 1937: «Nada de venganzas, caridad y caridad, por encima de todo y contra otros vientos que puedan soplar en otros lugares». Contra la persecución, que inmola o ataca los hijos de la Iglesia, se erigen precisamente estos hijos como testigos de la caridad más ferviente. La única respuesta a la barbarie es el amor, no más barbarie.

El Cardenal siempre defensó lo que la Iglesia predica. Sus restos reposan, desde 1978, en la cripta de la capilla de San Fructuoso en la catedral de Tarragona, y pronto le acompañarán la memoria martirial de su amado colaborador, el Beato Obispo Manuel Borrás -que él quería enterrado a su lado- y los restos de los otros sacerdotes tarraconenses mártires. El Cardenal Vidal y Barraquer, hombre de paz y de reconciliación, hombre de fe y de cordura, pastor de la Iglesia en tiempos extremadamente complejos, merece ser recordado y reconocido. Los setenta años de su muerte (1943-2013) serán objeto de memoria emocionada en Tarragona el próximo día 12 de septiembre con una eucaristía en la Catedral metropolitana y un acto en el Paraninfo del Seminario. Será el inicio del año dedicado al Cardenal, que promueve el Arzobispado de Tarragona.

 

Armand Puig y Tàrrech. Decano de la Facultad de Teología de Cataluña

(Pórtico de la revista El Bon Pastor, septiembre 2013)