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(Josep Miquel Bausset-CR) El 3 de junio de 1963, este lunes hace 50 años, moría el papa Juan XXIII. Elegido obispo de Roma a la muerte de Pío XII, Angelo Giseppe Roncalli nacido en Sotto il Monte el 25 de noviembre de 1881 y ordenado sacerdote en 1904, fue secretario del obispo Radini-Tedeschi y profesor de Apologética y de Historia eclesiástica en el seminario de Bérgamo, en plena crisis antimodernista. En 1925 fue nombrado Visitador Apostólico de Bulgaria, y en 1934 fue trasladado a la Delegación Apostólica de Turquía y Grecia. Durante la II Guerra Mundial, salvó una multitud de judíos del horror nazi, gracias a una idea suya: los "bautismos de conveniencia": los judíos recibían unos certificados que no les comprometían a nada, pero gracias a los cuales podían salir del país y huir de la muerte.

En 1944 es nombrado Nuncio en París, un auténtico avispero, debido al enfrentamiento del gobierno de De Gaulle con la mayoría del episcopado francés, que había simpatizado con el gobierno de Petain. Roncalli fue recibido con hostilidad, pero supo aguantar una situación incómoda haciendo prueba de buen humor. Al dejar la nunciatura de París, fue creado cardenal y nombrado patriarca-arzobispo de Venecia. En julio de 1954, volviendo de Santiago de Compostela, el cardenal Roncalli pasó por Montserrat, que él calificó como "opus mirabile oculis"

El 28 de octubre de 1958, los cardenales elegían a Roncalli como nuevo papa. Mientras que Pío XII, había vivido un cristianismo de tensión, con una fe llena de una carga intelectual y dramática que encarnaba una religiosidad de Getsemaní o del calvario, Juan XXIII era un hombre de fe sencilla, con una actitud optimista, que vivía la espiritualidad de Belén y de la Resurrección. Juan XXIII llevaba consigo el viento del Espíritu de Dios, pero también aquella brisa mundana, porque él no consideraba el mundo con la visión agustiniana de ciudad maldita. No le gustaba comer solo, como decía el protocolo vaticano y más de una vez "se escapaba" de noche a los jardines del Vaticano, "porque no tenía sueño, y me apetecía dar un paseo". Para frenar la inclinación de la Curia a hacer leyes y cánones, el papa con buen humor, decía de una de les estatuas de la plaza de San Pedro, que tenía una mano señalando el exterior de la plaza, porque lo que la Iglesia mandaba se tenía que poder practicar allá fuera.

El 25 de enero de 1959, el papa Roncalli convocó el Concilio Vaticano II, ante el estupor de la Curia. Y es que el papa Roncalli, hombre dócil a la acción del Espíritu, quería abrirla la Iglesia al diálogo y al mundo moderno. Juan XXIII empezó a dejar de lado muchas teologías "seguras" y apostó por renovar la Iglesia, para acercarse a los cristianos de otras confesiones, para promover un camino de paz, aunque tuvo que luchar contra mentalidades arraigadas en el pasado y contra sensibilidades cerradas a las reformas que promovía. Juan XXIIY creía que la Iglesia no debía ser "un museo arqueológico que debemos conservar, sino un jardín abierto". Por eso Juan XXIII llamó como expertos del Concilio a los teólogos más avanzados: Rahner, De Lubac, Congar, Danielou, Courtney y Murray. Y es que el papa quería que el Concilio fuese una oportunidad para el debate y para la apertura a los nuevos tiempos: "¿Creéis que os he hecho venir (dijo a los obispos de Canadá) para cantar el mismo Salmo, como los monjes?" .

Con las encíclicas Mater et magistra (1961) y Pacem in terris (1963) Juan XXIII apostaba por una Iglesia alejada de guetos, abierta a la sociedad, a la renovación, al aggiornamento. Desmontó las "razones cristianas" del antisemitismo y sacó de la liturgia (de les oraciones del viernes santo) las alusiones a los "pérfidos judíos". La encíclica Mater et magistra, donde el papa hablaba claramente de "socialización", fue criticada en los países comunistas, aunque Kruschev había advertido a sus colaboradores: "¡Cuidado! No podemos reírnos de eso!".

En 1963 el papa daba a conocer otra encíclica trascendental: la Pacem in terris, dirigida a todos los "hombres de buena voluntad". Era una revolución copernicana en la cosmovisión cristiana de los problemas temporales. En esta encíclica, el Papa consagraba todas las libertades humanas, así como también la necesidad de colaboración entre todos los hombres, sean cuales fueran sus ideologías, para construir un mundo mejor. Fruto de su preocupación por la paz, Juan XXIII no tuvo ninguna objeción en recibir en audiencia a la hija de Nikita Kruschev y su marido, director del diario soviético Izvestia, a los que dijo: "nosotros nos encontramos en la época de la luz. La luz de mis ojos se ha encontrado con la de vuestros ojos. Que el Señor os ayude en el camino de la bondad ". Por este camino de bondad, entraba Juan XXIII en miles y miles de corazones humanos.

El papa sencillo y bueno, que introdujo a la Iglesia a una nueva época histórica, murió el 3 de junio de 1963. El cardenal Montini, que sucedió a Juan XXIII, declaró: "la herencia del papa Juan no puede quedar enterrada en su ataúd". Como ha dicho el padre Josep M. Soler, abad de Montserrat, "Juan XXIII ha dejado un gran recuerdo en la Iglesia, porque con su manera de hacer, transparentaba la bondad de Dios". Y es que la nueva primavera que Juan XXIII hizo nacer en la Iglesia, fue un nuevo Pentecostés, lleno de la gracia del Espíritu. Una primavera que el papa Francisco quiere que vuelva.

 

 

Josep Miquel Bausset es monje de Montserrat

(Foto: Angelo Roncali con el abad Escarré i el prior Brasó al fondo, en Montserrat en 1954)