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(Miguel Ángel Pérez Sánchez/MCJ) Los jóvenes bailaban a buen ritmo, en medio de la calurosa noche estival, bajo la tenue luz de un foco y algún fluorescente, en el pequeño espacio que el bosque dejaba libre delante de la casa de colonias. La música sonaba fuerte, sin ser estridente, y la ausencia de alcohol permitía disfrutar de la fiesta con alegría y sin sobresaltos.

El ambiente era muy bueno, formado de una cierta camaradería agradable. Muchos se habían conocido sólo cuatro días antes, otros desde hacía tiempo. Se percibía algo que los unía, algo mágico, como la danza nocturna en medio del bosque. ¿El qué? Seguramente se debería haber estado los cuatro días con ellos para entenderlo.

Todo esto ocurría en los campamentos que el Movimiento Cristiano de Jóvenes organiza cada año el último fin de semana de junio, y que reúne a jóvenes de diferentes parroquias del obispado de Barcelona. A la cincuentena larga de jóvenes, además de los animadores y curas, los unía la fe, la fe en Jesús, que en el tiempo que corre no es poca cosa.

Mirada desde lejos la fe puede parecer sólo probable, o simplemente una opinión en un debate intrascendente. Tal vez hay un Dios o no, si hay vida después de la muerte ya lo sabré, ¡o no!, algo hay, pero no sé qué es (y seguramente no me interesa mucho...). Frases como estas las sentimos continuamente, y denotan la poca sensibilidad espiritual que impregna nuestros días. La impresionante herencia espiritual de nuestro país parece la lapidada herencia del Hijo pródigo, en la primera parte de la parábola.

En los campamentos del MCJ se fue de cara a la fe, no como una posibilidad más o menos plausible, sino como una manera de hacer frente a la vida. No en vano el lema de la convivencia era "Jesús Style", haciendo eco de la canción "pachanguera" más universal después de la Macarena, el "Gangam Style".

¿Cómo desarrollar el estilo de Jesús en cuatro días? Pues tomando como base el Sermón de la Montaña donde, empezando por las Bienaventuranzas, se explica su "estilo de vida". Gimcanas, oraciones, juegos, contemplaciones, bailes, deportes, excursiones, servicios, cine, velas, misa campestre, convivencia... Cada una de las actividades, fuera la que fuera, quería recoger el espíritu de Jesús, que Mateo situó a un monte, y nosotros lo hicimos en nuestra montaña del Montseny.

La fe es un estilo de vida, una forma de situarse en el mundo, y es también un nexo de unión entre aquellos que la profesan. Este magnetismo se hizo presente. Estos jóvenes, reflejo de nuestra sociedad plural, y nacidos en Barcelona, ​​en Cali, en Dakar, en Mataró, en Buenos Aires, en Premià, en Quito, en Santa Coloma y en muchos otros lugares, formaban una comunión. Son cristianos y lo saben. Uno lo expresaba claramente "soy cristiano, lo digo en el instituto, no me avergüenzo"

La fe unía a jóvenes aparentemente muy diversos, por origen, por barrio, por expectativas ante la vida. Pequeño milagro estival que se va repitiendo cada año y que, durante el curso, el Movimiento Cristiano de Jóvenes, con la Delegación diocesana de Jóvenes, intenta dar continuidad con retiros, reuniones, liga de fútbol, ​​oraciones, encuentros y, sobre todo, poniendo mucha fe.

Un vídeo-clip de un rap que recuerda a un chico canario muerto de cáncer causó sensación entre los jóvenes. En la canción se dice "nos bañaste de luz". Todos tenemos personas que han dado luz a nuestra fe y en los campamentos los hicimos presentes. Y él mismo, el campamento, ha sido también luz para nosotros, la luz de la fe, la luz de Jesús.