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La toma de posesión del nuevo obispo de Tortosa hace de puente entre todos los territorios de habla catalana y reivindica la unidad pastoral de una diócesis a caballo de Cataluña y Valencia.

(Jordi Llisterri-CR) El canto a la Virgen de la Cinta, a la Virgen de los Desamparados y El Virolai son los tres cantos que han cerrado la ceremonia que ha dado la bienvenida a Enrique Benavent como nuevo obispo de Tortosa.

Este sábado por la mañana han llenado la catedral todos los obispos de Cataluña, de Baleares y de Valencia (sólo faltaba el de Orihuela-Alicante), otros obispos amigos de Benavent, y clero, religiosos y fieles de Tortosa y Valencia, la diócesis de origen de Benavent. Entre ellos, el acto también ha reunido a todos sus antecesores en la sede de Tortosa: dos cardenales, Ricard Maria Carles y Lluís Martínez Sistach, y el actual obispo de Mallorca, Xavier Salinas.

Enrique Benavent se ha presentado a sus nuevos diocesanos con una densa homilía de contenido teològico sobre el ministerio episcopal. Se ha presentado como "sirviente", "enviado por la Iglesia", "confiado en el Espíritu", y como "una oveja del Señor". Después de varias citas de San Agustín y de papas como Juan XXIII y Juan Pablo II, se ha reflejado en las palabras del Papa Francisco en la homilía crismal, en las que afirmaba "el ministerio del obispo no termina dentro en la Iglesia" y está al servicio de todos para "intentar sembrar esperanza ".

"No podemos solucionar todos los problemas de nuestro mundo, pero tampoco podemos quedar indiferentes ante aquellos que necesitan un signo o una palabra que haga renacer la alegría y la esperanza en su corazón", pidió a los cristianos de Tortosa. Por eso, terminó la homilía pidiendo unidad y comunión para ser creíbles: "La comunidad cristiana que vive en la unidad, es una comunidad alegre. Ante las dificultades que hoy experimentamos en la Evangelización fácilmente podemos caer, dentro de la misma iglesia, en la tentación de acusarnos unos a otros de ser los culpables de la situación que estamos viviendo. Actuar así no es vivir la caridad. Esto no soluciona nada".

El acto de entrada en la diócesis -que se ha oficiado prácticamente todo en catalán- lo ha abierto Jaume Pujol. Como arzobispo metropolitano de Tarragona ha entregado el báculo al nuevo obispo. Pujol ha destacado la importancia de una sede con 1.700 años de historia: "¿qué iglesia local puede mostrar haber ofrecido al mundo tantos santos, mártires, papas, reyes, artistas, científicos, arquitectos ...? ". Y entre los santos -San Salvador de Horta, San Francisco Gil de Frederich, mártir en Vietnam, Santa Maria-Rosa Molas, San Enrique de Ossó y San Pedro Mártir Sant- y los veinte beatos que tiene la diócesis, ha recordado que en la beatificación de Tarragona del 13 de octubre se sumaran quince mártires más.

Desde la diócesis, la bienvenida se la ofreció el que hasta hoy era administrador diocesano, Luis Arín. En la intervención más afectiva y cercana ha glosado también los orígenes históricos de la sede de Tortosa para proclamar la "singularidad de una Iglesia local que abarca dos provincias y dos autonomías pero que tenemos una unidad pastoral, lingüística y cultural, y sobre todo de fe. Una unidad antigua y viva". Arín también ha protagonizado el momento más emotivo de la ceremonia cuando ha acercado al obispo el relicario de la Cinta para su veneración.

Además de la treintena de obispos que han acompañado Benavent, y los abades de Montserrat y Poblet, también se han hecho presentes en la catedral de Tortosa numerosas autoridades locales de Cataluña y Valencia encabezadas por la vicepresidenta del Gobierno de Cataluña, Joana Ortega, y el presidente de las Cortes Valencianas, Juan Cotino.