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(Armand Puig - El Bon Pastor) La llegada del papa Francisco en la sede de Pedro representa una invitación a replantearse muchas cosas. El nuevo obispo de Roma tiene la mirada puesta en el presente y, quizás aún más, en el futuro de la Iglesia y de la humanidad. Sus palabras y sus gestos son de largo recorrido; no se limitan a ser un episodio que los medios de comunicación recogen con fruición y al que dan proyección mundial. El nuevo Papa recurre a la fuente del Evangelio y lo hace con un utensilio que combina la autenticidad y el lenguaje franco y abierto, directo y eficaz. Es fácil, pues, comprender el corazón de su mensaje esencial, que muchos identifican como propio. El Papa señala las actitudes cristianas en un contexto de globalización y se preocupa por dar un nuevo fundamento a un catolicismo que ha entrado en el segundo postconcilio, una vez ha sido culminado el primero, que ha durado unos cincuenta años (1.965-2.013).

Nos encontramos en una verdadero encrucijada, una encrucijada de la historia de la Iglesia católica, tan decisiva como la que dio pie a la Contrarreforma, durante la que se aplicó, en un puñado de años, el Concilio de Trento. Ahora también, la Iglesia católica vive de un Concilio, el Vaticano II -y, en el caso de la Iglesia catalana, del Concilio Tarraconense de 1995 -, y la aplicación del Vaticano II se prolongará previsiblemente durante mucho tiempo. Cabe decir que, durante el primer postconcilio, el acento se puso todo en las cuestiones litúrgicas (los decretos relativos a la reforma litúrgica), las cuestiones doctrinales (el Catecismo de la Iglesia católica como exponente principal, 1992) y las cuestiones disciplinares (el nuevo Código de Derecho Canónico, 1983), sin olvidar la «rehabilitación» de la palabra de Dios realizada en muchos campos de la vida eclesial.

En el segundo postconcilio, que inicia con el pontificado del papa Francisco, la atención parece desplazarse del De fide (la 'fe') al De moribus (las 'costumbres'), en plena continuidad con la eclesiología presente en la Lumen Gentium y la praxis eclesial diluida en la Gaudium et Spes.

El acento principal se coloca ahora sobre la reforma concreta de la vida de la Iglesia -y no sólo de la curia romana-, la praxis y el funcionamiento internos de la comunión eclesial, el posicionamiento activo de la Iglesia con relación a los graves problemas del mundo, el diálogo con los otros cristianos -con la significativa visita a Roma del papa copto Twadros-, con los no cristianos y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Hay que hacer notar que las palabras de presencia recurrente en los discursos del Papa Francisco pertenecen al corazón mismo del Evangelio: misericordia, periferias de la existencia, pobres, simpatía, autenticidad de los pastores, esperanza ... El programa del nuevo Papa no es diverso del que indicaba el beato Juan Pablo II en su exhortación Novo Millennio Ineunte (2001): «No se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra en último término en el mismo Cristo, a quien hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste »(29).

Pues bien, habrá que ver en qué medida la comunicación del Evangelio se concretará en el marco de cuatro grandes cuestiones abiertas en la Iglesia de hoy, que sólo se decantarán claramente dentro de unos treinta y cuarenta años.

La primera cuestión es cómo se fijará la relación entre quienes afirman que confiesan la fe de la Iglesia católica y los que manifiestan pertenecer a una cultura de matriz católica -la catalana- pero no comparten la fe de la Iglesia. Desde hace varios años en Cataluña se ha superado la dicotomía cortante creyente-no creyente y se afianza la categoría del «catolicismo difuso». Esta categoría es aplicable a muchas personas que profesan un «catolicismo cultural" pero que se declaran agnósticas en cuanto a la creencia. La cuestión es saber si la Iglesia será capaz de atraer a los católicos culturales a una fe activa y explícita en Nuestro Señor Jesucristo, o bien si el número de creyentes con conciencia plena de serlo irá menguando cada vez más -¡aunque se mantuviese incluso el número de los dichos católicos culturales!

La segunda cuestión abierta es qué saldrá de la coexistencia del catolicismo con otras tradiciones religiosas en un mundo religiosamente plural. En un mundo de religiones a la carta, donde el sentimiento religioso pasa a menudo por el tamiz del individualismo que consume creencias, las mezcla y las combina haciendo un producto poco definido, el catolicismo debe mantener su especificidad y naturaleza propias, si bien con mucha inteligencia y sensibilidad. En este sentido, debe buscar favorecer todos aquellos espacios comunitarios que sean una "preparación" a la comunión, sin la cual no hay Iglesia. Por otra parte, ante las tradiciones religiosas que se presentan con tonos atrayentes como las únicas espiritualidades en Occidente, el cristianismo ha de volver a proponer con fuerza su rica y variada espiritualidad. El catolicismo no es una ONG. El Evangelio lleva mucho más allá.

La tercera cuestión se refiere al fenómeno típicamente europeo de la indiferencia religiosa. El catolicismo debe luchar, desde hace varios años, con la fuerza poderosa que representa una sociedad fría en cuanto a las preguntas últimas. Es obvio que la dictadura del materialismo ha hecho crecer exponencialmente quienes sólo ven en la persona un concentrado de biología y de pulsiones, razonamientos y deseos. En el mundo de los jóvenes, por ejemplo, la fe cristiana aparece como una reliquia de tiempos pasados, sin mensaje ni propuesta. Ante esto, se impone una indiferencia religiosa, una astenia del espíritu, que inmoviliza muchas personas y las deja adormiladas. La pregunta es si esta tendencia podrá ser cambiada o bien si Europa caerá en un escepticismo sin retorno con relación a sí misma y a las grandes columnas -entre las cuales, el cristianismo- que la han configurado.

La última gran cuestión que deberá dilucidar en los próximos años será, seguramente, la más importante: la relación de cohesión entre fe y vida, entre la identificación de uno mismo como cristiano y las actitudes y comportamientos realmente adoptados y practicados. La confesión de fe, al menos en el ámbito litúrgico y teológico, no presenta los grandes desgarros de las épocas pasadas. El único cisma del primer postconcilio, que no se ha podido resolver, ha sido el de los seguidores de Mons. Lefèvre. Sin embargo, hay grandes temáticas, propuestas por la Iglesia y relativas a la praxis eclesial, a la moral social y de la persona, que no corresponden a la manera de hacer habitual de los bautizados en Cristo.

La gran pregunta será: "¿qué quiere decir vivir en cristiano?». Esta pregunta se convertirá en determinante en un mundo global donde habrá que tener particularmente en cuenta el texto de Mateo 25.

Habrá que ver cuál es el rumbo de la Iglesia estos próximos años. Pero queda claro que la llegada del papa Francisco ha traído una bocanada de aire fresco, claramente providencial, para que entre todos sepamos dar una respuesta adecuada. Es la hora de la reforma de la Iglesia. Las viejas costumbres ya no aguantan. El Evangelio pide a sus trabajadores que cultiven la vid con las armas de la misericordia y la esperanza.

 

 

 Armand Puig i Tàrrech. Biblista. Decano de la Facultat de Teologia de Catalunya.