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(Norbert Miracle - El Buen Pastor ) El proyecto de Ley de Educación, conocido como LOMCE, que el gobierno del Estado ha presentado a trámite parlamentario ha puesto nuevamente en el centro del debate la cuestión de la clase de la religión en la escuela.

Es este un tema recurrente que de vez en cuando, como una serpiente de verano, aparece en los medios de comunicación y en los discursos de algunos políticos más hábiles en hacer uso de la demagogia que de la pedagogía.

Sobre la LOMCE, especialmente sobre el modelo de escuela de aquí, la Fundació Escola Cristiana de Catalunya ya se ha pronunciado de manera contundente y razonada haciendo hincapié en la necesidad de defender tanto el derecho al autogobierno educativo de Cataluña como el modelo lingüístico de convivencia y cohesión social para nuestra escuela que se da en la actualidad.

En el conjunto del Estado y, lamentablemente también ahora aquí, los grupos de la oposición han incidido a hablar de la asignatura de religión como si ésta fuera el gran tema de la ley. Un destacado dirigente político que, habitualmente muestra un talante bien respetuoso con la Iglesia, ha hecho unas desafortunadas declaraciones: «no quiero que la Iglesia se meta en las escuelas», afirmó en una reunión de su partido en Barcelona.

Conocer la historia de la enseñanza en Cataluña y como ésta no se pudes entender sin la aportación de la Iglesia, es la mejor respuesta a esta afirmación. Los datos son implacables tanto en cuanto al número de escuelas, el número de alumnos y el número de profesionales de la enseñanza que la Iglesia atiende hoy. Si la Iglesia no se hubiera «metido» en las escuelas y en las universidades, si no hubiera dedicado recursos y personas a la enseñanza desde la Edad Media hasta nuestros días, no seríamos un país en la vanguardia europea.

Especial incidencia ha tenido y tiene todavía la enseñanza promovida por las congregaciones religiosas y los obispados en la atención educativa de los que tienen más necesidades: las zonas rurales, las niñas en su momento, los barrios periféricos de las ciudades... En todos estos ámbitos, la Iglesia desarrolló una labor educativa que el Estado muchas veces ni siquiera se había planteado atender.

En cada uno de nuestros obispados podemos hacer una larga lista de centros educativos promovidos por la Iglesia Católica que han hecho un servicio inestimable. A modo de ejemplo, y sólo refiriéndome al arzobispado de Tarragona, puedo decir que los centros promovidos por el arzobispado en los años 50 y 60 del siglo pasado en Montblanc, Reus, Tarragona o Falset han sido un referente y un revulsivo para aquellas poblaciones o barrios en los que se crearon. ¡Cómo se habrían hechado de menos estas escuelas si la Iglesia no se hubiera «metido»!

En el discurso de este dirigente político aparece otra afirmación curiosa. Dice: «la religiion debe estar en las iglesias y en las escuelas debemos tener buenos profesores».

Que la religión debe estar en las iglesias no lo pondremos en cuestión, pero no sólo en las iglesias. Las familias, que son los principales responsables de la educación de los hijos- para la cual el Estado tiene una misión subsidiaria- tienen todo el derechoe a pedir formación religiosa también en la escuela pública.

En las escuelas debemos tener buenos profesores, y ciertamente en las escuelas públicas tenemos buenos profesores de religión, al menos tan buenos como el resto de sus compañeros de claustro. Los maestros y profesores de religión tienen todos ellos las titulaciones básicas de diplomatura en magisterio o licenciatura en diversas especialidades y, además, han obtenido la titulación específica otorgada en instituciones universitarias reconocidas que les capacita para enseñar la religión católica. Y aún más, muchos de estos maestros y profesores asisten regularmente a cursos de formación permanente que les ayudan a ponerse al día en los ámbitos pedagógicos y de contenidos de su materia.

La sana laicidad favorece una verdadera educación integral de los niños y jóvenes en la que, desde la libertad de elegir, las familias pueden optar o no por una enseñanza de calidad en la que no falte, si así lo desean, la enseñanza de la religión.

También en cuanto a la enseñanza de la religión en la escuela vale la pena releer el documento de los obispos de Cataluña "Creer en el Evangelio y anunciarlo con nuevo ardor", y especialmente su capítulo séptimo, donde podemos leer: «En el terreno de la enseñanza, aspiramos a ver más plenamente respetado el derecho de los padres y madres a decidir el tipo de educación -también en lo que respecta a la religión y a la moral- de sus hijos, y a ver más plenamente acogida y apoyada la contribución histórica al bien común de la escuela cristiana en Cataluña».

 

 

 

Norbert Miracle, presbítero del arzobispado de Tarragona