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(CR) "El milagro es posible, lo hace Él, pero pide nuestra voluntad de compartir, de desprendernos, de ser generosos más que nunca". Es la llamada esperanzada con la que Sebastià Taltavull abrió esta semana el Simposio "Las voces de la Iglesia en tiempos de crisis" organizado por la Fundació Joan Maragall y Cáritas Diocesana de Barcelona.

En el Auditorio de la Facultad de Comunicación Blanquerna, el obispo auxiliar de Barcelona afirmó que "la voz de la Iglesia y las voces de los cristianos dentro de ella deben ser en este momento un incentivo que nos desinstale y nos lleve a compromisos concretos. Sentarse a la mesa de la Eucaristía, en la que escuchamos la Palabra de Dios y compartimos lo más grande que tenemos que es Jesús, no puede ser de ninguna manera la mesa de unos privilegiados, sino que todos deben poder sentarse ".

Como ejemplo de la actitud ante la crisis se refirió al milagro de los panes y los peces: "En la Eucaristía siempre sentiremos esa pregunta de Jesús cuando pide a sus discípulos: '¿Cómo y dónde podremos comprar pan para alimentar a tanta gente ?' A la pregunta y forzando la exigencia de generosidad añadió: '¿Cuantos panes tenéis?'. Y hubo para todos y aún sobró".

Sebastià Taltavull, tras alertar de la importancia "de los que no tienen voz", recordó algunas voces de Iglesia que han hablado desde el inicio de la crisis. El mismo cardenal arzobispo de Barcelona, ​​Lluís Martínez Sistach, o la reflexión de Benedicto XVI en su última encíclica Caritas in veritate: "El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza".

También citó el último documento de la Pastoral obrera en Cataluña, que reivindica "el reparto del trabajo que permita ganarse el pan dignamente a todos, con un salario suficiente" y que apoya " la propuesta de la llamada Economía del Bien Común: que la diferencia entre el sueldo superior y el inferior sea como máximo de 10 veces". También destaca la petición de "dejar de culpar a los demás para intentar buscar lo que cada uno y cada grupo puede aportar al bien común".

De fondo de este discurso, Taltavull explicó "la dificultad de la impotencia que se siente para llegar a soluciones que desbordan la posibilidad de hacerlas efectivas. No sólo chocan con la falta de honestidad y la codicia, o la corrupción generalizada, sino también con el drama social de lo que Juan Pablo II llamaba "las estructuras de pecado".

Por ello Taltavull afirmó que "la solución de la crisis también tendrá que pasar por un proceso de conversión hasta extirpar esos males que son síntoma de una crisis de fe. Muchas son las voces dentro de la Iglesia que coincidimos en la incidencia de una fuerte crisis religiosa en la raíz de la crisis más generalizada que padecemos ". Con una solución que pasa por "un verdadero planteamiento ético" y pide "un mensaje ético, positivo, esperanzador y creíble".

Como instrumento para lograrlo, puso sobre la mesa la Doctrina Social de la Iglesia, de la que ha partido recientemente Taltavull para publicar el ciclo completo de las homilías de todo el año litúrgico: "La Doctrina social de la Iglesia nos hace poner los ojos fijos en el Señor, a los pies del crucificado para bajar de la cruz a todos los crucificados de hoy, y haciéndolo unidos para que el mundo crea". Una propuesta que es como la mirada del Buen Samaritano, "una mirada compasiva, que sabe discernir, cargada de indignación ante la injusticia, una mirada contemplativa y seguida de resolución, que ayuda a tomar decisiones concretas y prácticas".

Una actitud a la que Taltavull recordó que también se ha referido el Papa Francisco hablando de las "periferias" donde "hay sufrimiento, sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tan malos patrones".