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(Emili Turú. Superior General de los Hermanos Maristas) San Ignacio de Loyola fundó a la Compañía de Jesús para servir a la misión de la Iglesia desde la disponibilidad y libertad propias de la vida religiosa. Por eso mismo quería que los jesuitas no aspiraran a cargos episcopales o los aceptaran, a menos que el Papa ordenara lo contrario. Parecería, pues, una contradicción que justamente un hijo espiritual de Ignacio de Loyola haya sido llamado a ejercer el liderazgo global de la Iglesia católica.

Como pudiera parecer también una contradicción que el nuevo Papa haya escogido como nombre el de Francisco, aquel hombre que aspiraba a transformar la Iglesia de su tiempo desde la base y no, ciertamente, desde una posición jerárquica.

¿Qué lectura podemos hacer entonces del hecho de que se haya elegido como Papa a un jesuita y que éste se haya dado el nombre de Francisco?

En primer lugar me parece un reconocimiento implícito de la actualidad y de la posible fuerza renovadora de la vida religiosa. En un momento en que algunos anuncian, incluso públicamente, las exequias de las formas tradicionales de vida religiosa, Benedicto XVI invita a hacer caso omiso de esos profetas de calamidades unos pocos días antes de renunciar, y los cardenales electores escogen como a su sucesor a un jesuita, que toma el nombre de un fundador de otra orden religiosa.

En segundo lugar, ante la posible interpretación de que la jerarquía eclesiástica pretende domesticar a la vida religiosa por asimilación, el sólo nombre de Francisco ya es un claro mensaje del modelo de iglesia y de vida religiosa que el nuevo Papa tiene en mente, y del tipo de libertad que desea para sí mismo. Francisco, religioso no sacerdote, llamado a reconstruir la iglesia desde la vivencia del evangelio “sin glosa”. Pobreza, sencillez, profecía de la fraternidad universal. Misión sin fronteras y diálogo interreligioso. Pasión por el Señor Jesucristo y apasionado por la humanidad.

Bienvenido, pues, hermano Francisco. Gracias por abrazar el sueño de una iglesia más evangélica, llenando de ilusión a muchas personas que también llevamos ese mismo sueño en nuestro corazón. Cuenta con tus hermanos de la vida religiosa para tratar de afrontar los inmensos desafíos de este siglo XXI, desde nuestra específica vocación en el seno del pueblo de Dios. Tu propio compromiso nos estimula a ser cada día más coherentes con la llamada a convertirnos en místicos y profetas.