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(Victoria Molins / CR) He leído un artículo de la filósofa y teóloga Ivone Gebara, y quiero reforzar su tesis, aunque no llego ni a suela de sus zapatos.

Dentro de este hermetismo eclesiástico y estas formas medievales de la "fumata bianca", cuando los medios de comunicación cercanos al Vaticano van haciendo comentarios con las autoridades o "poderes" eclesiásticos, todos hablan del Espíritu Santo como presente en el cónclave y por tanto como el encargado de hacer todos los disparates que se han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia. Mi noción del Espíritu Santo, después del Concilio Vaticano II, cambió mucho. Es verdad que antes también pensaba en una actuación algo mágica y misteriosa, sobre todo en referencia a estas elecciones. Pero mi madurez en la fe me ha hecho ver la verdadera "función" del Espíritu de Jesús resucitado que vive entre nosotros, como consolador, como el huésped de nuestro interior, como fuego que calienta nuestros corazones con la experiencia de Dios... Aquel Espíritu del que Jesús dijo a los discípulos: "os conviene que yo me vaya ... " porque os enviaré el Espíritu que os guíe hacia la verdad. Una verdad que nos hace libres. Esta fue la promesa de Jesús. No prometió que actuaría directamente y menos en elecciones de unas estructuras de autoridad y poder que, desde Constantino, hicieron de las comunidades cristianas una Iglesia jerárquica y piramidal.

Yo sí que rogaré no al Espíritu Santo, sino desde el Espíritu Santo que ora en mí y en todos "con gemidos innarrables" pensando en un mundo de conflictos y de necesidades que Dios ha dejado en nuestras manos para hacerlo más habitable y, en el caso de la Iglesia, más evangélico. Porque no todos los religiosos y religiosas, como parece pensar Ivone, creemos en la acción mágica del Espíritu.