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(Pascual Piles/Sant Joan de Déu) Hemos iniciado este nuevo 2013, estamos saliendo del invierno y adentrándonos día a día a la primavera. Como cada año, este periodo nos lleva a recordar a San Juan de Dios, como el fundador de nuestra Orden, el alma de nuestra Institución y a quien seguimos en nuestra vida, desde distintas motivaciones, por el bien de las personas con las que vivimos y a las que nos dedicamos.

Su fiesta universal en la Iglesia y en la sociedad, que celebra la Orden en cada lugar del mundo donde está presente, nos lleva a promover ciertas acciones: que nos ayuden a crecer en nuestro ser de personas; que nos hagan vivir su figura desde la experiencia de nuestra vocación al servicio de su hospitalidad; que nos iluminen por lo que él vivió en el siglo XVI, creando este gran movimiento de acción solidaria y misericordiosa, que intenta encarnar su espíritu por el bien de nuestros prójimos.

Celebrar a San Juan de Dios significa poder llegar a conocer el misterio de su vida.

Su primera biografía escrita por Francisco de Castro, unos años después de la muerte de Juan de Dios acaecida en 1550, nos describe una serie de hechos, recopilados de testigos vivos, hilvanados de forma coherente en tres lugares en los que fundamentalmente vivió: Montemor-o-Novo en Portugal y Oropesa, (Toledo) y Granada en España.

Conocer su itinerario es importante para nosotros. Muy emblemático es el misterio de su nacimiento e infancia, en Portugal, de donde marchó, con un peregrino que pasó por su casa, cuando tenía 7 años, sin conocimiento de sus padres, a quienes provocó una gran desolación, de la que murió a los pocos días su madre sin haber tenido él conocimiento de lo ocurrido hasta muy tarde.

Consistente fue la segunda parte de su vida: infancia, adolescencia, juventud y adultez, vivida en Oropesa, en casa de su familia adoptiva, la de Francisco Mayoral, que hizo su propia familia y en donde se dedicó al oficio de pastor, con un menester muy cuotidiano, repetitivo, ordinario.

Se nos describe por Castro que ambicionó una vida distinta, Oropesa se le quedaba pequeña. Quiso salir en búsqueda de algo distinto que su corazón anhelaba. Marchó, alistándose en el Ejército, a Fuenterrabía, a una guerra contra los franceses, con muy mala fortuna, llegando a ser condenado a muerte, de lo que se salvó por pelos, y que le llevó a abandonar la milicia, volviendo a Oropesa, con una experiencia de frustración y fracaso sobre sus espaldas, donde de nuevo encontró el cobijo de quienes le consideraban suyo.

Tras un periodo de varios años, marchó por segunda vez a la guerra, en este caso a Centro Europa: Austria e Hungría, a una contienda contra los turcos, donde llegó cuando prácticamente estaba terminada y eso hizo que volviese muy pronto a España. Lo hizo por el océano Atlántico y desembarcando en La Coruña. Se sintió cerca de Portugal y pensó en la posibilidad de volver a Montemor y ver su encontraba rasgos de los suyos a quienes en la temprana edad había abandonado.

Le costó encontrar rasgos de ellos, solamente un tío, que le contó que su madre falleció al poco tiempo de su partida y que su padre después de hacerse franciscano murió tras algunos años en Lisboa. Invitado por el tío a quedarse con él, rechazó la invitación. Cuanto le había relatado le tocó fuertemente, le cayó encima la responsabilidad de cuanto había acontecido, de lo que solamente en ese momento tuvo conocimiento y con gran emoción le manifestó la necesidad de salir de allí y buscar donde realizar su vida con una misión que sentía en su interior y que le llevaría a darse a los demás.

Marchó de Montemor y dejando Portugal entró en España. En Sevilla trabajó como pastor de nuevo, pero continuó con sus pensamientos de hacer tarea distinta y en sus vivencias religiosas pedía a Dios le diese luz. No se sentía bien y dejando dicho lugar, pasó a Ceuta, en donde se pone al servicio de una familia en necesidad y para poder ayudarles, en su calidad de pobres vergonzantes, se puso a trabajar de albañil. Con diversos percances intuye que no es allí donde debe continuar y de Ceuta, pasó a Gibraltar y continuó caminando en dirección al centro de España, viviendo como vendedor ambulante de libros y folletos de caballerías, ofreciendo, al mismo tiempo, algo de literatura religiosa.

Finalmente llegó a Granada, en donde se afincó, con un gran deseo de cómo hacer mejor el bien a los demás. La escucha de una homilía o sermón de San Juan de Avila, hizo que su ser diera un vuelco, removiendo todas las vivencias internas, desarticulando su ser interior con distintas fuerzas que le desestructuran, saliendo de la ermita con gran desasosiego, lleno de angustia, con un comportamiento extraño, hasta el punto de que personas de bien, después de aconsejarse, le llevaron al Hospital Real de la Ciudad, dejándolo ingresado en la sección de enfermos mentales.

Sus vivencias de angustia, de desequilibrio, de agresividad, se fueron serenando, recobra la armonía y el equilibrio y poco a poco va experimentando la serenidad en su ser interior, va tomando conciencia de lo que quiere que sea su vida. Tras un tiempo solicita el poder salir del hospital convencido de que tiene que hacer mucho por los demás, se pone en manos del Maestro Avila que le orienta. Va a Guadalupe a rezar a los pies de María y a aprender ciertas prácticas de enfermería y medicina y vuelve a Granada con el deseo dedicarse a los necesitados.

En Granada se le conocía poco, solamente por el corto período que había actuado como librero y por lo que había sido su crisis y su internamiento en el hospital. Volver a verlo de nuevo provocó sus recelos. El Maestro Avila le motivó a quedarse allí, intuyendo que era ahí donde tenía que realizar su misión.

El cambio realizado en su forma de actuar hizo que la sospecha suscitada por el regreso de Juan de Dios a Granada poco a poco cambiase en admiración y apoyo. Este cambio fue debido a varios aspectos que lo definen:

· Una gran sensibilidad por los que sufren.
· Un iniciar un proyecto de vida con las personas sin hogar, enfermas, faltas de recursos, haciéndose uno con ellos, asumiendo su propia realidad, con un actuar que pasa por pedir para comer y ayudar a todo el que le busca y forma parte de su grupo. Comienzan a dormir en los portigos de la plaza Bivarrambla de Granada, tener cobijo en la casa Venegas, tener ya una casa propia que fue transformándose en un hospitalillo con el servicio a su alcance, que le hizo crecer en su causa a favor del doliente.
· Un implicar al pueblo de Granada en su causa, que cada vez era más reconocida y apoyada.
· Un romper las fronteras de su actuar, llegando a hacer participes de su obra a muchas personas necesitadas, con el apoyo de bienhechores y con la implicación en su proyecto de los responsables políticos y muchas personas de Iglesia.
· Un crear un grupo de seguidores en su causa: hermanos, voluntarios, profesionales, bienhechores.
· Un trabajo fuerte en favor de la rehabilitación de las personas, de su sanación, habiéndolo hecho de una forma eficaz a favor de las prostitutas.
Celebrar San Juan de Dios, cada uno a nuestra medida es sentir la satisfacción de su presencia en la historia. Es una invitación a identificarnos con él, es una llamada a seguir desarrollando su obra, su espíritu a favor de nuestra sociedad que vive en un contexto distinto pero también difícil, que necesita hoy de la presencia de personas regeneradas, reconstruidas, con una gran opción por hacer el bien, como lo hizo Juan de Dios.

Nos sentimos llamados a darle las gracias a Juan de Dios por el signo de su vida, porque para cada uno de nosotros sigue siendo faro en la nuestra.