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Este es el texto de la intervención comentando el primer capítulo del Génesis i del Evangelio de Juan que pronunció el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del Pontificio Consejo per la Cultura, en la clausura del Atrio de los Gentiles en Barcelona.

El diálogo supremo

Gianfranco Ravasi

«Nadie es una isla, completo en sí mismo. Cada hombre es un pedazo del continente, es una parte de la tierra». Esta fulgurante definición de la persona humana, formulada por el gran poeta espiritual que fue John Donne, podría entrelazarse con una célebre frase «teológica» de su contemporáneo Quevedo: «Dios es único, pero no solo». La “personalidad” del hombre y de Dios se revela en las palabras que se cruzan en un diálogo.

Por ello, el Antiguo Testamento se abre con una palabra divina que rasga el silencio de la nada: «En el principio… Dios dijo: “¡Haya luz! Y la luz fue». Paralelamente, el Nuevo Testamento tiene como incipit ideal: «En el principio existía la Palabra…», fuente de vida, de luz, de salvación. Dios y la humanidad se encuentran en palabras y obras, con los labios y las manos, y de ello da testimonio toda la Escritura, que podría definirse el “libro de los diálogos”. No es casualidad que junto a la proclamación profética «Dice el Señor… Oráculo del Señor… ¡Escucha Israel!», tengamos la humanísima invocación del Salterio «¡Señor, escucha mi voz!».

Dabar, el término hebreo que indica la “palabra” viva y eficaz, resuena 1440 veces en el Antiguo Testamento, así como el Logos, la “palabra” en griego, cubre con 330 apariciones el Nuevo Testamento. Más aún, en el mismo Nuevo Testamento treinta veces brota explícitamente el dialoghismós/dialoghizomai, vocablos griegos que designan, a la vez, el dialogar y el pensar, el discutir y el preguntar. El diálogo, como enseña Platón con sus obras maestras literarias y filosóficas, es un encuentro (diá) de lógoi, es decir, de palabras cargadas de pensamiento, pero es también penetrar en profundidad (diá) el lógos, o sea, el discurso fruto de reflexión.

Es sugestivo que el retrato de Jesús que nos ofrecen los Evangelios sea precisamente el de un hombre de diálogos. Sube los senderos de la altura del diálogo orante con el Padre divino cuando se recoge en la soledad del desierto. Pero en el mismo desierto, baja del cenit celestial al nadir infernal para dialogar con Satanás en la tentación, asumiendo en tal ocasión los cánones de la disputa rabínica. Es esta misma diatriba la que sostiene el diálogo de Cristo con sus interlocutores hostiles, escribas, fariseos, saduceos, sacerdotes: en estas controversias que atraviesan no pocas páginas evangélicas, emerge también el vigor intelectual de los argumentos, sazonados a menudo con la especia eficaz de la indignación.

El diálogo llega casi al choque no sólo con Satanás, que con frecuencia habla con Cristo, sino también con el sufrimiento humano. Jesús, como notan los Evangelistas recurriendo a dos verbos griegos antitéticos, experimenta una compasión tierna, casi materna por los enfermos, y también indignación e incluso cólera ante el mal físico. Los escuetos diálogos que mantiene con los enfermos culminan en la liberación y en la curación. No teme tampoco dialogar con sus manos, tocando a aquellos “excomulgados” por excelencia que eran los leprosos. No duda en dejarse abrazar los pies por la pecadora a quien dirige palabras sosegadas de esperanza, así como interpela a la adúltera abandonada por sus acusadores en la explanada del Templo.

En la oscuridad de la noche sale al encuentro de Nicodemo, hombre en busca, y no presta atención ni al sol ni a las críticas deteniéndose a hablar con una mujer herética y de mala fama ante un pozo de Samaría, o sentándose a la mesa con publicanos y pecadores. El telón de su vida se cierra coronando aquellas últimas horas precisamente con una serie de diálogos. Por una parte, los discursos intensos e íntimos con sus discípulos en la sala del Cenáculo. Por otra, sus respuestas escuetas a los interrogatorios en las frías aulas del proceso, en las que se respira el aire tenso del drama, hasta el último extremo diálogo orante con el Padre, dulce y terrible al mismo tiempo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?... Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Es este mismo diálogo el que sostiene el “Atrio de los Gentiles”, un espacio abierto donde los diversos lógoi, los discursos, pueden escucharse y confrontarse, precisamente como ha sucedido en estos dos días en Barcelona. El diálogo alcanza ahora su cima a través de esa lengua universal del corazón y de la mente que es la música. Esta, a creyentes y no creyentes, quiere ofrecer un diálogo supremo con lo infinito y con lo eterno, el “Ultra” y el “Altre” respecto a las palabras y a los sonidos cotidianos, de los que ella misma forma parte. El judío Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, evocaba la visión que tuvo Jacob en Betel: los ángeles le habían puesto una escala que unía el cielo y la tierra, y subían y bajaban por ella uniendo a Dios y a los hombres. Cuando los ángeles retornaron al cielo, concluía Wiesel, olvidaron retirar aquella escala.

Esta se ha quedado en la tierra y está constituida por la escala musical que ahora nos hará dialogar con la trascendencia y con el misterio. Por aquella escala de armonía, como cantaba un poeta agnóstico francés Paul Eluard, «llegaremos a la meta no uno a uno, sino de dos en dos. Y si subimos de dos en dos, nos conoceremos y nos amaremos. Y nuestros hijos un día se reirán de aquella leyenda negra, finalmente superada, que hablaba de un hombre que lloraba en solitario». 

Cardenal Gianfranco Ravasi. 18 de mayo de 2012.