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(CR) Este domingo La Vanguardia publicaba un nuevo documento conjunto de laicos implicados en la vida social y política de diversas tendencias, tras un primer texto publicado el pasado octubre. "Calidad humana y plenitud como pueblo" argumenta que los cristianos no podemos ser indiferentes al debate soberanista que vive actualmente Cataluña y que no debe convertirse el Evangelio en un programa de partido. El texto remarca que sea cual sea la articulación política de Cataluña, su futuro depende de "las cualidades humanas de sus ciudadanos".

Firman el texto el exdirector general de Afers Religiosos Jordi López Camps, el presidente de la Fundació Joan Maragall Josep Maria Carbonell, el político i abogado Josep Maria Cullell, el presidente de E-Cristians Josep Miró i Ardèvol, y el filósofo y teólogo Francesc Torralba Roselló.

 

Calidad humana y plenitud como pueblo

(Jordi López Camps, Josep Maria Carbonell, Josep Maria Cullell, Josep Miró i Ardèvol, Francesc Torralba) Nuestro futuro como país no está escrito. Está abierto y depende, en gran parte, de la fuerza colectiva de su gente. Buscamos todos juntos la forma política más adecuada para garantizar un futuro próspero para nuestros hijos y nietos, y en este camino no podemos dejar de dialogar y de escucharnos mutuamente, porque la democracia es debate y deliberación en el ágora pública.

Como cristianos, no podemos ser indiferentes a los debates del presente. Estamos llamados a participar en la búsqueda del bien común respetando las legítimas y varias opciones políticas. No podemos ser indiferentes a la herencia que dejamos a las generaciones futuras. Esta es nuestra responsabilidad. Ahora estamos construyendo las condiciones de posibilidad de ese futuro.

El debate sobre la estructura política que requiere una comunidad con identidad propia como Catalunya, tanto en España como en Europa y el mundo, es abierto y, lejos de la confrontación y el choque emocional y populista, nos conviene escucharnos, analizar argumentos y posibles consecuencias en la construcción del futuro. Independientemente de la forma política, del marco final del que nos dotemos, es bueno recordar que el futuro del país y su plenitud depende de una retahíla de cualidades humanas de sus ciudadanos, de virtudes en las que son educados.

Los firmantes participamos de visiones diferentes de la forma política que tiene que adoptar Catalunya, tenemos trayectorias de compromiso político, social y eclesial diferentes, legítimas diferencias de criterio; pero, más allá de este hecho, queremos hacernos eco de aquellos principios prepolíticos que consideramos que son el motor de progreso social y garantía de futuro colectivo, de prosperidad, más allá del marco político que tengamos.

Incluso si llegamos a disponer de un Estado propio y llegamos a disfrutar de una independencia análoga a otros países europeos, consideramos que, si no hay un cambio radical en el sistema de valores y virtudes de los ciudadanos, una apuesta decisiva por la calidad humana, por nuestra riqueza intangible, el capital moral, no alcanzaremos el sueño que queremos para nuestros hijos y nietos. Esa misma consideración es aplicable en el caso de que los ciudadanos de Catalunya optaran por una fórmula de vinculación política con España.

Obviamente, la forma política no es irrelevante, pero no todo depende del marco jurídico y político. No es la solución milagrosa a los múltiples daños que sufrimos como sociedad: paro, pobreza, falta de competitividad, fracaso escolar, crisis de natalidad, y en último término, crisis moral.

Hay que superar la fragmentación y potenciar la cohesión social, la vinculación afectiva y fraterna entre personas y grupos, los vínculos de solidaridad para forjar una comunidad sólida, capaz de crear, innovar y afrontar desafíos. Defendemos unos valores sólidos y unas virtudes cívicas con fuerza para promover la humanización de la sociedad.

Debemos hacer más efectiva la virtud de la justicia distributiva y superar formas de discriminación latente, que generan malestar y rencor social. La atención en los grupos más vulnerables es una exigencia que emana directamente del Evangelio y que nos llama a ofrecer una real igualdad de oportunidades para todo el mundo, lo cual significa hacer sostenible el Estado de bienestar.

Entendemos que hay que potenciar la participación política y social frente a la indiferencia y la pasividad, el esfuerzo por estar informado, y la elaboración del criterio propio. La democracia sólo es efectiva y real cuando los ciudadanos toman parte en la vida pública. Para alcanzar este horizonte, hace falta innovar y mejorar muchos aspectos de la democracia representativa actual.

Consideramos que el futuro sólo se abrirá camino si desarrollamos una cultura de constancia y compromiso. Son elementos de nuestro pasado histórico; un capital moral que hemos recibido de las generaciones pasadas y que tenemos que saber transmitir a las futuras. Frente a la cultura del ego y del beneficio propio, tenemos que potenciar el sentido de comunidad y la capacidad de darnos generosamente por causas colectivas. Al tomar decisiones sobre lo que queremos ser, no puede fallar la virtud de la prudencia, en su verdadero sentido: la capacidad para elegir el mejor camino. Necesitamos una virtud como la fortaleza, porque hay que superar barreras, obstáculos y dificultades de todo orden. Sólo si disponemos de esta virtud podremos hacer frente al peor de los daños sociales: la fatiga, que lleva a la desidia y a la indiferencia.

Necesitamos audacia para proponer nuevos horizontes, para emprender nuevos proyectos, para no repetir esquemas viejos que han generado grandes frustraciones o quedarnos pasivos pensando que no puede cambiar nada. Queremos estar esperanzados, pues quedan muchas cosas por hacer y muchas son posibles. Y tenemos que potenciar la fraternidad, el gran valor olvidado de la Modernidad, de inequívocas raíces cristianas. Sólo si la fraternidad está presente en la vida pública, habrá espíritu de cooperación y ayuda mutua y se podrá restaurar la idea de bien común.

Para acabar, entendemos que los cristianos no podemos ser ajenos a la realidad social y política de nuestra nación. En tanto que religión encarnada, nos llama al compromiso. No nos está permitida la fuga del mundo en una especie de espiritualismo desencarnado; pero tampoco debemos tener la pretensión de convertir el Evangelio en un programa de partido. Nuestra fe es fuente de inspiración, pero trasciende cualquier partidismo.

En un momento convulso como este, no podemos olvidar aquellas virtudes que nos han hecho ser como somos hasta el presente y que son nuestro activo intangible más poderoso. El capital moral es el alma de los pueblos, su fuerza motriz. Gracias a él, estamos de pie para afirmar lo que somos y lo que queremos ser, convencidos de que si sumamos todas los voluntades habremos hecho lo que teníamos que hacer y se esperaba que hiciéramos. Esta es nuestra alegría y nuestra firmeza como cristianos comprometidos con un tiempo y un país.

Publicado en La Vanguardia , 6 de enero de 2012