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Avance editorial del libro La Sagrada Familia según Gaudí, de Armand Puig

El jueves 21 llega a las librerías uno de los libros más completos para comprender el Templo de la Sagrada Familia con toda su dimensión artística y religiosa. Se trata de  "La Sagrada Familia según Gaudí. Comprender un símbolo". Editorial Pòrtic de Armand Puig, decano de la Facultad de Teología de Cataluña y autor del best-seller "Jesús. Un perfil biográfico".

El nuevo libro describe la personalidad de Antoni Gaudí, y como se concibe el templo a través de la naturaleza y de la Biblia. La descripción de la Sagrada Familia como la Nueva Jerusalén repasa el sentido de los símbolos de todos los elementos del templo, con esquemas explicativos de las fachadas y del interior. El último capítulo presenta la Sagrada Familia como la síntesis arquitectónica del misterio cristiano.

Ofrecemos como adelanto editorial un extracto de la introducción del texto de Armand Puig: un libro que puede servird de guía para una visita, pero que, sobre todo permite comprender el universo simbólico plasmado en la" catedral de Europa ".

Introducción: «Familia de los pueblos, familia de Dios»

Este libro pretende trazar la cartografía de un edificio que muchos consideran como "la catedral de Europa » y a la vez,  hacer emerger el tejido conceptual que Gaudí fue construyendo a medida que la Sagrada Familia crecía. A diferencia de tantos otros edificios, aquí el arquitecto nunca puso freno a su creatividad, nunca hizo planos exhaustivos de su obra. Más aún, manifestó que quienes vendrían después de él deberían tomar sus propias decisiones. Sin embargo, Gaudí pudo ver construidos algunos elementos de su proyecto (una torre, un lienzo de ábside, un pedazo pequeño del claustro, la cripta). Y, además, dejó muchas indicaciones a sus discípulos y sucesores, en forma oral y en forma de maqueta y de esbozos. Por eso es posible escribir un libro como éste, donde se pretenden explicar las razones de una arquitectura impregnada de símbolos cristianos, la Sagrada Familia, que Gaudí concibió.

La Sagrada Familia comenzó a construirse en la Europa de la Restauración y de la revolución, en la que la burguesía y el obrerismo se enfrentaban, y Barcelona llegó a ser llamada «la ciudad de las bombas». Gaudí no vivía fuera del mundo y sentía que la injusticia y la violencia ya iban juntas en aquella sociedad atormentada que pronto quedaría deslumbrada por los totalitarismos  -por las soluciones "totales" de derecha y de izquierda- que justificarían la negación de la persona humana en nombre de una ideología. Gaudí vivía en las puertas de un drama de dimensiones poco imaginables antes de que ocurriera. Se fraguaba un siglo terrible con millones de personas asesinadas por razones raciales, religiosas y políticas: los gulags estalinistas, la Shoá sufrida por el pueblo judío en los campos de concentración nazis, las masacres en Armenia, en Camboya, los Balcanes y los Grandes Lagos, los millones de muertos (militares y civiles) en las dos guerras mundiales y la Guerra Civil española ... Todo estaba en las puertas mientras Gaudí trabajaba intensamente en el obrador de la Sagrada Familia, con un solo objetivo: construir una basílica que fuera la nueva Jerusalén. Afuera, el mundo se resquebrajaba y se desangraba. Pero Gaudí mantenía su sueño de un mundo universal y unido.

La Sagrada Familia ha ido creciendo con dificultades de diversa índole mientras veía pasar por delante un siglo convulso. (...) Mientras tanto, la Sagrada Familia ha seguido subiendo y tomando forma. Ahora bien, ¿se puede continuar la construcción de una gran basílica, iniciada hace cerca de ciento veinte años, como si nada hubiera pasado, como si la historia no hubiera cambiado profundamente? ¿No habrá envejecido la estética gaudiniana, que quería ser un mejoramiento del neogótico, cuando el neogótico es sólo una corriente arquitectónica periclitada, que forma parte de un tiempo lejano? Una primera respuesta es la de la larga cola de visitantes que se forma cada día a las entradas de la basílica. Es una multitud heterogénea, de lenguas y etnias diversas, muchos de ellos con la típica vestimenta de turista y con las máquinas de fotografiar y de filmar. ¿Por qué se sienten atraídos por la Sagrada Familia? ¿Qué les empuja a conocer la obra de un místico cristiano, cuando muchas de estas personas parecen religiosamente indiferentes y muchas otras ni siquiera son cristianas? Este interés por la Sagrada Familia, ¿no será signo de una demanda de espiritualidad y de cosas auténticas?

En la Sagrada Familia, las piedras tienen fuerza y, como sucede en Montserrat, nadie sería capaz de decir dónde termina el turista y dónde empieza el peregrino. Gaudí anunció que vendría gente de todo tipo a ver la basílica que él construía, y tuvo razón. Sabía que levantaba algo singular, no por su rareza o por su «originalidad», sino por su profundidad, por su capacidad de emocionar y de hablar con unos registros plásticos arquitectónicamente innovadores y espiritualmente densos. Era la innovación al servicio de la idea, la recreación en función del símbolo. Se puede no comprender nada de la cultura europea y cristiana que hay detrás de la Sagrada Familia, y en cambio experimentar la fuerza y ​​el sentido de que la basílica transmite al espíritu de quien la visita. Esto, sólo lo consiguen los lenguajes universales, como el de algunas formas de arte que llegan a todos sin excepciones, lenguajes que, en último término, son supracultural. La Sagrada Familia es una edificación arraigada en la cultura catalana de la Renaixença y que, hoy, sorprendentemente, habla con voz clara y cada vez más escuchada, con una voz universal. El paradigma de la vieja Babilonia, que es el de la confusión y del enfrentamiento, es sustituido por el paradigma de la nueva Jerusalén, el de la concordia y la paz.

Gaudí quiso superar el neogótico, porque, decía, el espíritu del tiempo es otro. Y acertó en el siempre difícil equilibrio entre tradición y modernidad. Pero la Sagrada Familia atrae porque la síntesis arquitectónica, la "nueva arquiectura "que Gaudí quiere levantar, reposa sobre lo que el espíritu humano busca con impaciencia: la proporción, la armonía, en definitiva, la belleza. La basílica vive del estupor y de la admiración que despierta. No hay límites para las cosas elevadas y sublimes. Cuanto más se ve, más se quiere. Gaudí se siente deudor del Mediterráneo, de Grecia y de Italia, de la luz entre aterciopelada y brillante de su Campo de Tarragona, del contraste sin estridencias, del color que da vida y del movimiento natural de cuerpos y figuras. Busca la perfección y, en la medida en que la fragilidad humana puede encontrarla, la encuentra y se alegra. Gaudí ama la belleza porque ve un reflejo esplendente de la verdad, del hombre y de Dios.

La Sagrada Familia no es fundamentalmente un repertorio de soluciones técnicas exitosas, que los arquitectos actuales estudian y aplican diligentemente para acabar la obra, ahora que la gran nave ya ha sido cubierta y el sueño de Gaudí empieza a realizarse. La basílica del Eixample barcelonés está llamada a convertirse en la catedral de Europa, lugar donde las familias de los pueblos se encuentren en nombre de Dios, porque el sueño del arquitecto pasa por la paz que brota del Evangelio de Jesús, el Cristo, y se extiende y fecunda la tierra allí donde este Evangelio es comunicado. El gran poeta Joan Maragall, amigo de Gaudí, lo supo interpretar y escribió un artículo dedicado a la basílica que apenas empezaba a despuntar entre los campos de la llanura de Barcelona, ​​convertidos en solares del nuevo Eixample. Maragall decía: «Allí, en la Sagrada Familia, pasan cosas admirables. Al abrigo de aquellas piedras ya milagrosas, se fragua un mundo nuevo: el mundo de la paz ».

Ciertamente, Gaudí no edifica sólo una gran iglesia sino que anuncia un mundo nuevo, el mundo de la nueva Jerusalén, palabra que significa «visión de paz». La basílica es una especie de ciudad terrena levantada a imitación de la ciudad celestial, habitada por el Dios de la paz, un lugar donde la tierra y el cielo se abrazan. Lo dice el Salmo: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, / la justicia y la paz se besan. / La fidelidad brota de la tierra / y la justicia mira desde el cielo »(85,11-12). Así como la paz es el sello de la nueva Jerusalén, igualmente Gaudí sella su basílica con el don más grande que puede acoger la humanidad. En medio de la fachada del Nacimiento, junto al grupo formado por María, José y el Niño, aparece, bien cincelado, el término pax ('paz'). El que quiere entrar en el misterio de la encarnación de Jesús, el Hijo de Dios, encuentra en la paz la explicación de la venida del Mesías esperado. En medio de la fachada de la Gloria, bajo el Amén final del Credo, otra vez la palabra pax saluda el que entra en el gran pórtico de la basílica. Gaudí, como él mismo dice, pone el arte al servicio de la religión y, por tanto, proclama su «no a la guerra». Dice: «La guerra, que lo resuelve todo con la violencia, lleva inevitablemente a la desmoralización », es decir, a la pérdida de toda moral, la corrupción de la dignidad de la persona. Sólo una fuerza débil como la del Evangelio de Jesús, que con su palabra desarma a los violentos, puede hacer que la paz triunfe. La Sagrada Familia es un espacio de paz para que el nombre de Dios sea «paz», para que sus portales y sus dinteles sean las de Jerusalén, la ciudad de la paz.

(...)

La basílica de la Sagrada Familia es una cartografía de lo sagrado, un gran mapa abierto donde el mundo entero puede leer las grandes preguntas de la vida, del origen y del fin, del cielo y de la tierra, golpeado por la grandiosidad y la ternura de una construcción que tiene los brazos abiertos a naciones, culturas y tradiciones religiosas. La basílica tiene, pues, una vocación innata a la paz y a la acogida, y tiene una misión: hacer de los pueblos que acudan una familia de pueblo que, reunida en nombre de Aquel que la reúne, sea una familia de Dios. En Jerusalén, la ciudad de la paz, en 1964, Pablo VI y el patriarca Atenágoras se fundieron en un abrazo fraternal, de hermanos, miembros de una misma familia. Y Atenágoras, posteriormente, acuñó esta expresión: «Iglesias hermanas, pueblos hermanos". La Iglesia es catalizadora de la unión y del reencuentro de toda la saga humana. Por ello, la Sagrada Familia es llamada a ser un lugar que «abra los brazos con un amor sin fin».

El futuro de la Sagrada Familia como catedral de Europa viene determinado por el hecho de que, en ella, todo es un canto a la fe, la esperanza y al amor: los nombres que singularizan los portales de cada una de las tres fachadas. La nueva evangelización del viejo continente, promovida por el Papa Benedicto XVI, se inscribe en esta línea. La cohesión, la unión entre los diversos elementos que la forman, el hecho de que todos ellos sean al mismo tiempo sustentadores y sustentados, señala su vocación de convertirse en una familia a imitación de la santa familia de Nazaret (Jesús, María y José), en la que cada miembro está «inclinado» hacia el otro. De hecho, la humanidad entera camina hacia formas de vida interconectadas en el marco de una globalización inevitable. Pues bien, la globalización sólo triunfará si la humanidad que la vive -y a menudo la padece- llega a ser una «familia de los pueblos», una familia de familias. Una globalización auténtica sería aquella que hiciera de la humanidad una familia. Y, en este sentido, la basílica de la Sagrada Familia debe ser un lugar y un espacio, unos brazos y un corazón para «todas las familias de la tierra», que se valgan de su nombre para bendecir (Génesis 12,3). ¿Entrar en la Sagrada Familia debe ser una bendición!

En 1909, Barcelona quedó sacudida por unos acontecimientos dramáticos que provocaron el conocido artículo de Joan Maragall "La iglesia en llamas ». Cien años después, la ciudad vive la consagración de la basílica de la Sagrada Familia, un evento de signo muy diverso, que podríamos titular "La iglesia edificada». Aquel artículo era un examen de conciencia de la sociedad barcelonesa. Ahora hay una reflexión, hecha con esa pasión que empujó Gaudí a hacerse «mendigo, como Francisco": él también quería construir la casa de Dios. O bien a convertirse en un «iluminado», como Ramon Llull: Gaudí también puso su extraordinario saber de arquitecto al servicio de aquella sabiduría que siempre merece ese nombre. Pues bien, hay una reflexión que articula un proyecto eclesial y ciudadano, religioso y cultural, que concreta lo que la Oración por la Paz del año 2010 ha legado a Barcelona y que puede ser recibida como una contribución excepcional a la orientación futura de la Sagrada Familia: ser un espacio de construcción de la «familia de los pueblos, familia de Dios».

Nuestra generación tiene, pues, dos responsabilidades: concluir felizmente la basílica de la Sagrada Familia, la catedral de Europa, y articular, para ella, un proyecto evangélico innovador y cordial. Este proyecto debe tener en cuenta lo que la Sagrada Familia ya ha empezado a ser (un lugar de peregrinación, que atrae multitudes) y lo que pronto puede empezar a ser (un lugar de alabanza al Dios de la paz, revelado en Jesucristo y dador del Espíritu). Quisiera terminar con dos citas del Nuevo Testamento que glosan el tema "familia de los pueblos, familia de Dios». Ambas son tomadas de la Carta a los Efesios. Leemos: «Él (Jesucristo) es nuestra paz ... Así ha puesto paz entre ambos pueblos y, en él, ha creado uno solo, la nueva humanidad »(2,14-15). Y también: «Ahora, pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino ciudadanos del pueblo santo y miembros de la familia de Dios »(2,19).

 

 

Armand Puig. La Sagrada Familia según Gaudí. Comprender un símbolo. Pórtico, 2010