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(Jordi Llisterri-CR) Tres veces ha pedido perdón el abad de Montserrat en nombre de la comunidad. En la misa conventual de este domingo el abad Josep Maria Soler no ha obviado las acusaciones de abusos a menores que se han conocido estos días de un monje de la comunidad que murío hace diez años.

"Mis hermanos de comunidad y yo mismo pedimos humildemente perdón a las víctimas", dijo en una homilía enmarcada en los "defectos, pecados y debilidades" de quienes van a buscar a Jesús y del misma comunidad monástica. Por ello, ha ofrecido el apoyo de la comunidad a las víctimas. Por su labor de acompañamiento personal a cientos de personas ha asegurado que "sabemos qué dolor causa".

El abad Soler también ha pedido "perdón a todas las personas a las que el conocimiento de estos hechos ha podido escandalizar o hacer perder confianza en instituciones de Iglesia". Y finalmente ha pedido "perdón por las cosas que en el pasado, en Montserrat, no se habrían hecho lo bastante bien y hayan podido facilitar comportamientos indignos".

Asimismo, el abad ha asegurado "nos han dolido ciertas expresiones aparecidas en algunos medios que parecía que extendían la sospecha de agresores sexuales al conjunto de los monjes". Agradeció las numerosas muestras de apoyo recibidas estos días que "valoran el trabajo y la aportación de Montserrat y aprecian la fidelidad global de la comunidad a sus compromisos monásticos". También se ha solidarizado con otras entidades eclesiales que tienen que afrontar los mismos problemas. "Reconocer la verdad nos hará libres", concluyó.

El abad ha presidido la celebración acompañado del arzobispo Joan-Enric Vives, secretario de la conferencia Episcopal Tarraconense que ha apoyado de manera signficativa a la comunidad. La celebración coincide con un día solemne en el calendario anual de la Abadía de Montserrat, que celebra los 427 años de la dedicación de la basílica.

En la homilía ha reafirmado "la voluntad de transparencia total" en espera de que finalicen los trabajos de comisión que debe investigar los hechos ahora denunciados: "Tenemos las herramientas necesarias para aclarar los hechos y atender a las víctimas de una manera justa y evangélica".

Esta es la homilía integra:

 

Homilía del Padre Abad Josep M. Soler

3 de febrero de 2019. Solemnidad de la Dedicación de la Basílica

Is 56, 1.6-7 / He 12, 18-19.22-24 / Lc 19 1-10

Estimado Sr. arzobispo; queridos hermanos y hermanas:

Jesús entra en casa de Zaqueo. Jesús, ya lo sabemos, es el Hijo de Dios, todo santidad, todo amor generoso, que ha venido a traer el perdón, la paz, la luz, la vida. Ha venido a "buscar y a salvar lo que estaba perdido".

Zaqueo es un cobrador de impuestos (un "publicano" como dicen otras traducciones). Se ha hecho rico a base de explotar a los otros cobrándoles más de lo necesario. En la consideración social de la época, era visto como un pecador público y como un colaboracionista del poder romano ocupante.

Sin embargo, Jesús quiere entrar en su casa. Quiere tener una conversación compartiendo la comida. Y, esto, evidentemente, era mal visto. Una maestro espiritual no podía tener estos contactos. Por eso lo acusarán de ser "amigo de publicanos y prostitutas, amigo de pecadores. Se ha alojado en la casa de un pecador", dicen. Y eso es lo que contamina, piensan.

Pero, Jesús no tiene prejuicios y entra en casa de Zaqueo, el pecador, y come con sus amigos, que serían más o menos como él. De este modo, Jesús trae la salvación a aquella casa. Y Zaqueo se convierte.

Poco antes de este episodio, había dicho: "¡qué difícil, que un rico entre en el Reino de Dios. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios". La gente se había extrañado y decía: "entonces, ¿quién puede salvarse?" Y Jesús les había respondido: "lo que es imposible para los hombres es posible para Dios" (Lc 18, 24-30). En casa de Zaqueo se ve como Dios hace posible la salvación también para un rico que ha ganado el dinero extorsionando a los demás, si éste se convierte y reparte su riqueza en favor de los demás.

Zaqueo, pues, acogiendo gozosamente la palabra de Jesús se convierte, recibe el perdón de su mal comportamiento y se encamina hacia la salvación en el Reino de Dios. Por ello restituye lo que había tomado injustamente y ayuda a los necesitados con una gran generosidad.

Jesús entra en casa de Zaqueo. El santo, el Hijo de Dios, en la casa de personas débiles y pecadoras para llevar la salvación. También el día de la dedicación de esta basílica, hoy hace 427 años, entró en esta casa para llevar la salvación con su Palabra y sus sacramentos. Entraba en una casa en la que ora una comunidad de monjes débiles y pecadores. El mismo San Benito recuerda que la comunidad está formada por "almas enfermizas" que necesitan enmendarse y progresar (RB 2, 39-40; 27, 6;). Con la dedicación, Jesús entraba, también, en una casa donde miles y miles de peregrinos acuden con sus fragilidades, sus oscuridades y su pecado y esto unido con su deseo de mejorar y de encontrar la curación, la salvación.

En la visión idealizada de muchos, el monasterio es un lugar de hombres y mujeres santos. En cambio, en la realidad, ya en tiempos de san Benito, un monasterio es una comunidad de hombres o mujeres que quieren trabajar espiritualmente para ir superando sus defectos, sus malos comportamientos y sus pecados (cf. RB 7, 70). Y, además, quieren acudir a la apertura sincera del corazón a un padre espiritual (RB 7, 44-48; 45, 5-6). A pesar de todas las debilidades y pecados, Jesús no abandona. Sigue presente en medio de los monjes y del peregrinos con su llamada constante a la conversión, con su perdón, con su gracia a favor de monjes, alumnos y peregrinos.

Pedimos perdón

Estos últimos días, los medios de comunicación han hablado de algunos hechos pasados ​​de abusos a menores por parte de hombres de la Iglesia, que son totalmente contrarios a la vocación recibida. Entre ellos, han hablado de un monje de Montserrat, fallecido hace diez años. Estos hechos denunciados nos han impresionado todos, también y de una manera muy intensa, a nuestra comunidad.

Ante estos hechos, mis hermanos de comunidad y yo mismo pedimos humildemente perdón a las víctimas; nos solidarizamos con su dolor y les ofrecemos el apoyo de la comunidad. Los abusos sexuales a menores por parte de personas consagradas a Dios nos duelen profundamente porque hieren la parte más vulnerable de las víctimas y traicionan la confianza que habían puesto en ellos. En la acogida pastoral a tanta gente que hacemos a Montserrat sabemos qué dolor se causa y como cuesta de cicatrizar las heridas.

Pedimos perdón, también, a todas las personas a las que el conocimiento de estos hechos ha podido escandalizar o hacer perder confianza en instituciones de Iglesia. Pedimos perdón, aún, por las cosas que en el pasado, en Montserrat, no se habrían hecho lo bastante bien y hayan podido facilitar comportamientos indignos.

Reiteramos, una vez más, nuestra condena rotunda a cualquier tipo de abuso realizado en menores. Y expresamos también nuestra voluntad de transparencia total. Por ello, hemos creado una comisión externa que analice los casos que se puedan denunciar. Y luego actuaremos en consecuencia, daremos los resultados de la investigación de la comisión siguiendo el protocolo establecido por el papa Francisco y por nuestras Iglesias particulares. Tenemos, pues, las herramientas necesarias para aclarar los hechos y atender a las víctimas de una manera justa y evangélica.

Queremos agradecer, además, las muchísimas muestras de apoyo y de amistad que, más allá de unos hechos concretos negativos que pueda haber habido, valoran el trabajo y la aportación de Montserrat y aprecian la fidelidad global de la comunidad a sus compromisos monásticos. En este sentido, puedo decir que nos han dolido ciertas expresiones aparecidas en algunos medios que parecía que extendían la sospecha de agresores sexuales al conjunto de los monjes. Lo hemos vivido con humildad y sintiéndonos solidarios con otras entidades eclesiales que estas semanas se encuentran o se han encontrado con situaciones similares.

Los abusos son un problema que se ha dado también en la Iglesia y que hay que afrontar con decisión según las directrices dadas por la Santa Sede, a pesar de las dificultades, con espíritu de confianza y de una manera esperanzada. Porque reconocer la verdad nos hará libres (cf. Jn 8, 32). En esta tarea tan importante Montserrat siempre estará presente.

Os pido, finalmente, que continueis orando por nosotros para que seamos humildes y buenos monjes, y porque Montserrat pueda continuar siendo un lugar de veneración y alabanza de la Virgen y de anuncio creíble del Evangelio de la misericordia tal como lo comenzó a ser el día que, mediante la dedicación, Jesús entró en esta casa. Y tal como lo renueva la celebración de la eucaristía.