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(Laura Mor –CR) Este mes de octubre la teóloga Lucía Ramón ha presentado en Barcelona las líneas maestras de su estudio dedicado al diálogo entre feministas agnósticas y feministas cristianas. Un trabajo que nace por encargo de la Fundació Joan Maragall, y que tomará forma de libro, en la colección ‘Cristianisme i cultura’ que edita Viena Edicions

Filósofa y teóloga laica, Lucía Ramón Carbonell (Valencia, 1970) es profesora de ecumenismo en la Facultad de Teología de Valencia. En su visita a Barcelona nos ha contado qué hay en la base de la teología feminista, que persigue un horizonte de justicia social y propone una relectura crítica de la teología que incorpore la perspectiva de las mujeres.

Recomienda andar con cuidado porqué la teología engancha. ¿Lo mismo sucede con la teología feminista?

¡La teología en general, engancha! En todo ser humano hay un gran interés en responder a las grandes preguntas: quiénes somos, porqué estamos aquí, el problema del mal, la injusticia… Cuando uno empieza a indagar sobre estas cuestiones profundas, en el ámbito de la teología, esto engancha. Produce mayor necesidad de saber, mayor curiosidad, mayores ganas de leer. San Agustín, Justino, Irineo, Santo Tomás, Catarina de Siena y otros muchos pensadores cristianos a lo largo de la historia se han hecho estas preguntas y han intentado dar una respuesta, no solo teórica sino también existencial. Y eso es fascinante.

¿Y en el caso de la teología feminista?

Es parecido. Cuando una mujer estudia teología, difícilmente encuentra referentes, porque la mayoría de teólogos que conoce, que cita, que estudia, son hombres. En siete años de estudio de Teología hasta la licenciatura, jamás me mencionaron una teóloga. Es posible que las cosas hayan cambiado un poquito. Aun así, la presencia de voces teológicas femeninas en las facultades de Teología todavía está muy ausente. Es una sorpresa descubrir las diferentes teologías feministas, en toda su riqueza y diversidad, en todos los continentes, mujeres de diferentes culturas y razas. Y encuentras historias en las que te puedes reconocer. Tanto en las propias historias vitales de estas mujeres como en las preguntas que estas mujeres se plantean.

¿Una historia que le haya impresionado de forma especial?

Recuerdo cuando descubrí a Dorothee Soelle. Alemana, madre de la teología política, que se marchó a vivir a Estados Unidos. Era una mujer profundamente comprometida en el movimiento pacifista alemán, en el movimiento antinuclear, ecologista, sensible a la pobreza, y des de la perspectiva feminista, tenía una inquietud enorme por conectar la reflexión social con la reflexión política. Además era una mujer laica, estuvo casada varias veces, tuvo 4 hijos. Encontré muchos puntos de conexión con ella. Me impactó. Era una mujer que tenía una trayectoria distinta a lo que yo estaba acostumbrada a pensar lo que era un teólogo. Normalmente, un varón, un clérigo…

Y como ella, hay muchos otros nombres…

María Pilar Aquino, Ivone Gebara, Dolores Aleixandre… ¡Muchas otras! La teóloga española Dolores Aleixandre es una de las primeras que empezó a escribir sobre Dios des de una perspectiva feminista en España y tiene muchísima calidad literaria. Diría que es una mistagoga, capaz de acostarte al misterio. Habla de Dios en términos inteligibles y fascinantes, invita a pensar, a sentir. Para mi ha sido vital. Otras pioneras en España han sido María José Arana, Mercedes Navarro, Carmen Bernabé, Trinidad León, Isabel Gómez Acebo, Esperanza Bautista, Elisa Estévez... Y ahora tenemos una nueva generación pensando y produciendo. Para iniciarse en estos temas hay  otra teóloga, benedictina, Joan Chittister; también Elisabeth Schüssler-Fiorenza, una de las grandes teólogas, de origen germano-rumano, profesora en Harvard muchos años. O Elizabeth A. Johnson, que ha reflexionado mucho sobre el misterio de Dios, Sallie MacFague, Rosemary Radford Ruether... Otras que me han resultado fascinantes son las teológas afroamericanas, womanistas. Hay algunas de ellas que son escritoras. La propia novela de El color púrpura, de Alice Walter, es teológica. Habla de una mujer oprimida y maltratada, abusada, que tiene una visión de la religión muy castradora, que escribe cartas a Dios. Es sumamente interesante. El color púrpura es lo que sentimos cuando vemos la belleza de los campos, llenos de amapolas, es lo que siente Dios cuando nos ve gozar. Hay teólogas que tienen mucho que aportar. No solo en su teología sino en su propia historia, como las teólogas afroamericanas y africanas o de Asia.

Aunque ya son 200 años de pensamiento feminista, la teología feminista es un discurso ausente en el debate público.

Es la gran desconocida. En las facultades, la teología más académica o escolar no se ha abierto a la aportación de todas estas teologías. Parece que por el hecho de ser una teología feminista es una teología de genitivo. Como si hiciéramos teología de la alimentación, o de la tercera edad. Como las revistas femeninas, dedicada a un público específico. Muchos todavía piensan que la teología feminista es solo para mujeres que tienen inquietudes teológicas.

¿Qué propone en realidad?

La teología feminista nos propone ampliar la mirada. No puede a ver una verdadera teología cristiana que no incorpore la perspectiva femenina y la perspectiva masculina. Y además una perspectiva femenina plural, de la diversidad de mujeres, no solo de un solo tipo de mujeres, sino de la enorme diversidad de mujeres que piensan sobre Dios y nos dicen algo sobre Dios.

¿No se las toma en serio…?

Este reto no se ha asumido. Autoras que han hecho aportaciones interesantes, como la valenciana Isabel de Villena, en la Edad Media, o las beguinas y otras escritoras cristianas siempre se han considerado autoras de espiritualidad. Nunca se las ha tomado suficientemente en serio en cuanto a su aportación teológica. Se puede entender la teología como algo completamente separado de la espiritualidad, un tratado académico; pero esas fronteras hoy por hoy ya las estamos rompiendo. Y desde esa mirada podemos recuperar las aportaciones de muchas mujeres cristianas que a lo largo de la historia han pensado sobre su fe, la han formulado y expresado con un lenguaje propio, creando categorías que nos pueden ayudar a todos a explorar el misterio de Dios.

Las teólogas feministas son vistas como una rareza en la academia, pero tampoco se las entiende desde el movimiento feminista secular.

Hay mucha incomprensión en ambos sectores. En los ámbitos de la Iglesia o cristianos, mucha gente percibe el feminismo como algo amenazante. Como si el feminismo solamente fueran las cuestiones más controvertidas o polémicas: el aborto, la prostitución… En el propio movimiento feminista hay un enorme debate sobre estos temas, y el que una persona se declare feminista no significa que tenga que suscribir todas las opiniones del movimiento feminista.

¿Qué tienen en común?

Lo que nos hace feministas es la preocupación por la justicia, para hombres y para mujeres, el reconocimiento y la afirmación de la dignidad de las mujeres. La Iglesia y los cristianos tienen que abrirse a esta cuestión porqué forma parte del anuncio del evangelio. En Gálatas, uno de los credos más antiguos que tenemos del cristianismo primitivo, Pablo dice esto de que en Cristo no hay esclavo ni libre, judío ni griego, hombre ni mujer, que en Cristo se rompen todas las barreras. Las dos primeras pensamos que teóricamente las hemos roto: hoy pensamos que es incompatible segregar o discriminar por ser judío o griego, o nos parece absolutamente demencial la esclavitud; sin embargo, seguimos aceptando y normalizando discriminaciones hacia las mujeres que son barreras y muros que hemos construido, que están en flagrante contradicción con ese credo cristiano y con el anuncio de Jesús. Esto cuesta. Está la convicción teórica, pero luego el cristianismo se ha desarrollado en un contexto patriarcal, como el grecolatino, y tiene que hacer también su proceso de relectura crítica para buscar una mayor coherencia con la práctica del propio Jesús.

¿Qué posibilidades reales hay de que se produzca esta relectura crítica a corto plazo? ¿En manos de quién está?

Cuando hablamos de cambios estructurales en la Iglesia, estamos muy lejos. Hablamos de redistribución de oportunidades y de cargas, de reconocimiento, participación en los cargos de gobierno, en los lugares donde se toman las decisiones o donde se elabora el pensamiento y el discurso en la Iglesia. Y los pasos se tienen que dar des de las personas que tienen el poder de hacerlo. Ahora mismo, está en manos de los clérigos, de los obispos, del Papa. Hay que tomar decisiones valientes en este terreno. En todos los lugares del mundo, incluso en España, las mujeres ejercen tareas de diaconado: predican, reparten la comunión, atienden a comunidades, acompañan en la fe. Lo que falta es un reconocimiento oficial de este tipo de tareas. Muchas mujeres desarrollan ministerios en la Iglesia. O en la sociedad civil: en sus tareas al servicio de las necesidades del mundo, la política o en la universidad, sienten que están haciendo esto des de una vocación cristiana, pero no tienen un envío explícito. Entiendo que en la Iglesia católica los ministerios están muy clericalizados, todos están orientados hacia el sacerdocio ministerial, al que las mujeres no podemos acceder. Y eso dificulta enormemente una participación plena en todos esos ámbitos.

¿Qué pasa sin una verdadera redistribución de oportunidades y de cargas?

Es una enorme pérdida para la Iglesia. Se está desperdiciando el enorme potencial que tenemos las mujeres. Hay mucha capacidad, mucho deseo de hacer cosas; y muchas veces se proyectan en otros ámbitos porqué en la Iglesia es imposible de hacerlo. Des de mi punto de vista es trágico.

El argumento de fondo acostumbra a ser histórico…

Sí, los ministerios se han configurado históricamente. Cuando se dice que Jesús no eligió ninguna mujer para el apostolado, por ejemplo, tenemos mucho debate: María Magdalena fue apóstol, fue enviada por Jesús como apóstol de los apóstoles para anunciar la resurrección. Podemos decir que los apóstoles eran judíos, y que ninguno de ellos era pagano, y sin embargo no hemos limitado la ordenación sacerdotal solo a los judíos, o solo a las personas blancas. El tema es: ¿qué hay en las mujeres que nos hace tan diferentes como para no poder representar a Cristo en la Iglesia? ¿Es la masculinidad tan determinante?

Hay quien defiende que sí que lo es.

Entiendo que los que defienden que sí, de buena fe, sostienen que efectivamente hay una esencia masculina, un modo de ser masculino ontológicamente diferente del ser femenino. Y que eso hace incompatible los ministerios de las mujeres. Pero es un tema de debate antropológico que tiene que ser reflexionado y pensado. No lo veo tan claro. También discutíamos si los indios tenían alma, o si los negros la tenían y la propia Iglesia ha hecho su proceso de discernimiento, de reflexión, a la luz de los descubrimientos científicos que también hemos ido haciendo. De los nuevos conocimientos antropológicos, de los nuevos marcos filosóficos, la tradición cristiana es una tradición dinámica, que evoluciona, que va teniendo sus adaptaciones… Es un tema que debemos tomárnoslo en serio, para reflexionarlo y debatirlo.

En este ámbito de reconocimiento y participación de la mujer en la Iglesia, ¿qué más convendría replantearse?

No creo que la única manera de promover la participación de las mujeres sea a través del sacerdocio. Yo por ejemplo no tengo vocación de sacerdote, pero me gustaría participar mucho más en la vida de la Iglesia como teóloga. Pero soy consciente que el hecho de ser una mujer, de ser laica, de no ser un sacerdote, limita enormemente las posibilidades de participación. Es una experiencia compartida por muchas mujeres. Y luego hay muchos cargos y muchas responsabilidades que tienen que ver con habilidades técnicas, con capacidades de gerencia, de gestión, de educación… de la propia teología, que no tienen por qué estar vinculados a un ministerio sacerdotal. Me gustaría que la Iglesia católica, des de las instituciones, des de las diócesis, hicieran una apuesta por incorporar a las mujeres. No puede ser que tengamos una Facultad de Teología que no tenga un porcentaje mínimo de profesoras de teología. Busquemos entre las personas que tengan una vocación, una capacidad, que se formen, que estudien, como cualquier programa de becas de cualquier institución.

¿Es lo mismo estudiar Teología para un seminarista que para una mujer laica? Aunque se pueda matricular, la proyección posterior no tiene nada que ver.

¡Evidentemente! Esto yo misma lo he experimentado. Aun así no me parece un argumento para mantener las cosas como están. Cuando acabé la Teología en Valencia, uno de mis mejores amigos, estudió conmigo hebreo. Yo quería estudiar Biblia y no había becas. Y a él lo enviaron a estudiar a Roma y me dijo: “Ai Lucía, alguna ventaja tiene que tener el celibato”. A mi esto me parece terrible. Hemos de pensar cómo gestionar las instituciones cristianas para que pueda haber mujeres participando en ellas. Porqué si se espera que las facultades de teología dependan exclusivamente de que los seminarios produzcan teólogos, con el déficit de vocaciones que tenemos en los seminarios, en unos años vamos a cerrar muchas facultades.

¿Cuál es el tema de fondo?

El tema es: ¿Queremos que haya teología? ¿Necesitamos que haya una teología? ¿Necesitamos un pensamiento cristiano en diálogo con la sociedad? ¡Claro que sí, necesitamos la teología! Tenemos que encontrar recursos básicos para que pueda haber personas, también mujeres, que se puedan dedicar a ello. Yo misma soy profesora en un colegio donde enseño filosofía y religión, en los escolapios de Valencia. ¿Es tan complicado un salario equivalente a lo que pueda tener un profesor en un colegio concertado, para poder ser profesor o profesora en una facultad de teología? Hay que hacer una apuesta por la presencia de los laicos, y también de las laicas, en los espacios de pensamiento cristiano. Nos jugamos nuestra presencia en la sociedad.

Este mes, el Papa ha dedicado su intención de oración a que haya más mujeres en cargos de responsabilidad dentro de la Iglesia.

Cada vez hay menos mujeres jóvenes que se reconocen en una Iglesia donde su rostro visible es profundamente masculino, es clerical. Esto es un reto importante. Hay que hacer apuestas para que en la Iglesia se incorpore realmente a todos los niveles esta perspectiva femenina. Es una decisión que alguien tiene que tomar y que en la medida en que se haga va a ser una riqueza inmensa para todos.

Hay quien asimila las propuestas feministas a la llamada ideología de género. ¿Cómo se debe interpretar este término?

Es un término poco claro, cuando se habla de ideología de género es ambiguo, se mezclan muchas cosas. El riesgo es que el término se convierta en una manera de desacreditar cualquier pensamiento crítico que tenga que ver con el género. Como en otros tiempos, todo lo que tenía que ver con la Teología de la Liberación era comunismo: Hélder Câmara era comunista, todos los teólogos de la liberación lo eran. Son generalizaciones que no nos ayudan en absoluto.

El género es una categoría de las ciencias sociales que plantea que, en parte, nuestra identidad como hombres y mujeres, está mediada socialmente, por el contexto histórico, cultural, por lo que la historia, la cultura o la religión entiende qué es ser hombre o ser mujer. Eso no significa que hombres y mujeres seamos idénticos, tenemos componentes biológicos, hormonales, psicológicos, distintos… Pero además, hay elementos como la masculinidad y feminidad que están construidos histórica y culturalmente. En el Concilio Vaticano II había obispos que querían prohibir incluso que las mujeres pudieran vestir pantalones. En ese momento, igual para ellos tenía mucho sentido; para nosotras hoy no tiene ningún sentido. La identidad masculina o femenina no depende de que llevemos una falda o unos pantalones.

La perspectiva de género, des de las ciencias sociales, sirve como herramienta para pensar: por ejemplo, cómo afecta la pobreza en segmentos por sexos. Cuando hablamos de ideología entendemos que ahí hay una agenda oculta, un interés de percibir unos fines perniciosos o negativos; habría que clarificar de qué estamos hablando.

En la teología feminista encontramos experiencias vitales de mujeres que se han sostenido en el evangelio, en el mensaje de Jesús que proclama la liberación y la justicia, para caminar hacia la emancipación.

Y des de la llamada al discipulado. Si nos acercamos a Jesús vemos que claramente llama a hombres y mujeres al discipulado. No establece unas diferencias sustanciales. El símbolo de entrada a la comunidad es el bautismo, el mismo para todos. No hay unas bienaventuranzas masculinas y unas bienaventuranzas femeninas. La vocación es la misma: a entrar en el reino. Luego, podemos ver en las cartas de Pablo –pero ya hablamos de Pablo y ya hablamos de cartas, que tienen que ver con conflictos en las primeras comunidades cristianas– que recomienda a los cristianos llevarse por los códigos éticos de la época, morales, históricos, donde se decía que la mujer debe ser buena con el marido.

¿Cómo se deben interpretar esas cartas?

Tiene más que ver con admoniciones que hace Pablo para que los cristianos sean bien acogidos en la sociedad grecolatina y no se conviertan en una secta dentro del imperio, que con el propio mensaje de Jesús. Jesús no hace una distinción, no pide cosas diferentes a hombres y mujeres. Habla para todos igual y utiliza metáforas masculinas y metáforas femeninas: habla del buen pastor, pero también habla del ama de casa, que barre la casa, que se encuentra una moneda, el dracma perdido, o habla de la mujer que amasa pan, como metáfora del reino de Dios. Tenemos en Jesús una inclusividad radical, está hablando todo el tiempo para hombres y para mujeres, utilizando un lenguaje para anunciar el evangelio que conecta con la experiencia cotidiana de los hombres y las mujeres, sin exclusión.

Pero permanecen con más facilidad las metáforas masculinas…

Hemos construido Iglesias dedicadas al Buen pastor, pero no hemos hecho ninguna dedicada al ama de casa que encuentra el dracma perdido. Porqué nuestra cultura, que es una cultura patriarcal, ha elegido aquellas metáforas que encajaban más con lo que considerábamos que era superior y por lo tanto más propio de Dios, que eran las metáforas masculinas. Ahora estamos en un contexto distinto. De la misma manera que ahora no pintaríamos un retablo de Santiago Matamoros ni lo colgaríamos en ninguna catedral española, hay otras cosas que también podríamos cambiar.

¿Conviene cambiar las lecturas de la misa que han quedado obsoletas? O ¿es mejor dar el contexto y formar a las comunidades?

Hay textos mejores y peores, se puede cuidar lo que seleccionamos, pero yo no soy partidaria de quitar textos, porque nos quedaríamos casi sin la Biblia. Para algo tenemos la homilía, que interpreta el texto, para algo está la catequesis, la formación, y para eso también hacen falta los teólogos y las teólogas. Hemos de poner en contexto esos textos y explicar por qué Pablo recomienda eso a sus comunidades. Miremos el famoso texto de Corintios que pide que las mujeres callen en la asamblea. Se suele ver como un escándalo.

Hoy no se entiende...

Pero ese texto nos dice que las mujeres hablaban en las asambleas. En Corintio había muchos problemas, y hablaban tanto, que Pablo les pide que se callen. ¡Pero porqué hablaban! En la época de Pablo, las mujeres predicaban, profetizaban, dirigían comunidades. Y esto escandalizaba a los paganos. El pedía que las mujeres se pusieran el velo, porqué en el imperio romano, que una mujer hablara en público, sin velo, era un acto de pudor, que avergonzaba al marido… Estamos hablando de un contexto enormemente patriarcal. Hay que entender los textos de Pablo en ese contexto y como escritos de circunstancia. Pablo no escribe un tratado teológico; escribe una carta a una comunidad donde hay una serie de problemas. Intenta poner paz. Tenemos una carta en qué Pablo recomienda al esclavo que vuelva con su amo y se someta a la esclavitud. Y por eso no decimos que Pablo era esclavista: interpretamos que en ese momento le dice al amo que trate al esclavo como a un igual, porqué es un igual en Cristo. Lo mismo con los textos sobre las mujeres. Y en el Antiguo Testamento tenemos textos todavía más complicados. Pero los textos son una invitación a pensar.

Es trabajo del creyente razonar su fe, ponerla en diálogo con el mundo…

Y de ser conscientes de lo que somos los seres humanos: históricos, vulnerables, contradictorios. Tenemos que estar abiertos al espíritu. Hay cosas que damos por supuestas y definitivas: y el propio espíritu santo des de la perspectiva cristiana nos hace ir más allá. El texto es abierto y tiene que leerse en cada época, des de las preguntas de cada época. Y las preguntas de cada época, y las personas que se acerquen al texto desde diferentes circunstancias, abren nuevos significados que están en el texto. Por eso es tan importante que las mujeres leamos e interpretemos los textos.