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Josep-Manuel-Vallejo
Fotografia: Catalunya Religió.

El fraile capuchino repasa la figura del fundador del franciscanismo con motivo de los 800 años de su muerte y reivindica su radicalidad evangélica, la fraternidad, la pobreza y la capacidad de diálogo

La familia capuchina celebrará el próximo 3 de octubre unas vísperas solemnes con motivo del 800º aniversario de la muerte de san Francisco de Asís. La celebración tendrá lugar a las 19.30 h en la basílica de la Sagrada Familia y será presidida por el cardenal Juan José Omella y Omella, arzobispo de Barcelona. Ocho siglos después de la muerte de Francisco, el aniversario ofrece una ocasión para volver a mirar su figura y preguntarse qué continúa diciendo hoy su manera de vivir el Evangelio.

Desde el convento de la Madre de Dios de Pompeya, el fraile capuchino José Manuel Vallejo repasa con Catalunya Religió los principales rasgos de la figura de san Francisco y del movimiento que nació a su alrededor. Habla del Francisco que quiso vivir el Evangelio con radicalidad, de su relación con la Iglesia, de la pobreza y la fraternidad, de la misericordia hacia los excluidos, de la paz y de su relación con la creación. Para Vallejo, los 800 años no deberían ser solo una conmemoración, sino una oportunidad para volver a lo esencial de la intuición franciscana.

¿Qué significa llegar a los 800 años de la muerte de san Francisco?

Es algo muy sorprendente. Han pasado ochocientos años desde su muerte y seguimos hablando de un hombre que murió en 1226. Pero una conmemoración puede quedar fácilmente en una etiqueta, en una serie de actos que hacemos durante un año y que luego pasan. Por eso creo que estos 800 años deben servir sobre todo para volver a Francisco y preguntarnos qué hay de vivo en él, qué descubrió y qué nos puede decir aún hoy.

 “estos 800 años deben servir sobre todo para volver a Francisco”

¿Qué es lo que hace que Francisco continúe siendo una figura tan viva?

Francisco tomó el Evangelio en serio. Descubrió a Jesucristo y quiso vivir lo que leía, sin quedarse en una interpretación teórica. Esta es su gran originalidad: leer el Evangelio y preguntarse qué significa llevarlo a la vida. Sus escritos, especialmente el Testamento, la Regla y las Admoniciones, continúan siendo importantes porque explican esta voluntad de seguir a Cristo de una manera radical.

Cuando hablamos de radicalidad franciscana, ¿de qué estamos hablando?

De poner el Evangelio en el centro. No se trata de repetir literalmente formas de vida del siglo XIII, porque el mundo ha cambiado y nosotros no podemos vivir exactamente como vivía Francisco. Pero sí podemos recuperar su radicalidad: qué significa hoy vivir como Jesús, qué significa ser pobre, desapropiarse, servir a los demás y confiar realmente en Dios. En este sentido, creo que nos falta un poco de locura, de tomar en serio que el Evangelio puede transformar una vida entera.

Francisco hizo esta opción en un momento de grandes transformaciones.

Sí. Él vive el paso del mundo feudal a una sociedad urbana y comercial, con muchos cambios sociales. También había diversos movimientos que reclamaban una Iglesia más pobre y más cercana al Evangelio. Algunos de estos movimientos acabaron entrando en conflicto con la Iglesia, mientras que Francisco y también Domingo encontraron otra manera de responder. Querían vivir la pobreza y el Evangelio, pero sin atacar a la Iglesia ni separarse de ella.

¿Esta es una de las grandes originalidades de Francisco?

Creo que sí. Francisco no quiere reformar la Iglesia desde la confrontación. En sus escritos, incluso cuando habla de los sacerdotes que pueden ser pecadores, lo hace con un gran respeto porque reconoce en ellos a los ministros de la Eucaristía. Su manera de renovar la Iglesia es sobre todo vivir de una manera diferente. No comienza diciendo a los demás qué deben hacer, sino intentando vivir él mismo lo que ha descubierto en el Evangelio.

“Su manera de renovar la Iglesia es sobre todo vivir de una manera diferente”

¿Por qué qué descubre Francisco cuando decide abandonar su vida anterior?

Descubre la pobreza y, sobre todo, la fraternidad. Francisco no quiere simplemente ser un hombre pobre, sino vivir como un hermano entre hermanos. Por eso es tan significativa la expresión "fratres minores", los hermanos menores. No se trata solo de tener menos cosas, sino de situarse al mismo nivel que los demás, de no querer estar por encima de nadie.

¿Esta fraternidad es también una forma de entender la autoridad?

Sí. Francisco no elimina la autoridad, pero la convierte en servicio. El ministro general existe, pero debe ser el primer servidor de los hermanos. La fraternidad franciscana nace de una igualdad fundamental: todos tienen la misma dignidad y todos son responsables de la vida de la comunidad. Por eso las primeras comunidades franciscanas tenían los capítulos como espacios de reunión y discernimiento.

¿Es una idea que hoy puede tener actualidad dentro de la Iglesia?

Sin duda. La sinodalidad no es algo inventado ahora. Las primeras comunidades cristianas ya se reunían para tomar decisiones y la vida religiosa ha funcionado tradicionalmente a través de los capítulos. Lo que puede aportar Francisco hoy es recordarnos que la Iglesia es una comunidad de hermanos y que la autoridad cristiana no puede entenderse como una forma de poder, sino como un servicio.

 “Francisco hoy nos recuerda que la Iglesia es una comunidad de hermanos”

La pobreza es probablemente uno de los elementos más conocidos del franciscanismo. ¿Qué significa realmente para Francisco ser pobre?

Es mucho más que no tener dinero. Es una actitud de desapropiación. Francisco quiere vivir como Cristo, que no se aferra a sus privilegios, y eso implica renunciar a la voluntad de poseer y controlar. También significa no apropiarse de los cargos, del poder o de las personas. La pobreza es una manera de situarse ante Dios y ante los demás.

Y esta opción por los pobres está muy ligada a la misericordia.

Sí. Francisco descubre a Jesús en las personas que la sociedad rechaza. Por eso su encuentro con los leprosos es tan importante. El leproso representa a aquel que nadie quiere tocar, aquel de quien todos se alejan. Hoy podríamos hablar de personas sin hogar, migrantes, personas con adicciones, enfermos o personas que viven situaciones personales y familiares muy difíciles.

Por tanto, los leprosos continúan existiendo.

Y tanto. Hay muchas personas que nosotros no queremos como sociedad ver porque nos incomodan o porque nos recuerdan una parte de la realidad que preferimos mantener lejos. Francisco nos obliga a salir de nuestra burbuja. La Iglesia debería llegar precisamente allí donde no llega nadie, y por eso es tan importante toda la labor que hacen Cáritas y muchas otras instituciones y personas vinculadas a la Iglesia.

“La Iglesia debería llegar precisamente allí donde no llega nadie”

Francisco habla también de una misericordia muy exigente.

Porque la fraternidad no consiste solo en amar cuando todo va bien. Francisco insiste mucho en la necesidad de acoger al hermano cuando falla, cuando peca o cuando nos cuesta amarlo. Es una actitud muy evangélica: no abandonar al otro cuando es más difícil, sino intentar acompañarlo para que pueda volver a Dios.

¿Qué esperaría de este aniversario de los 800 años?

Que no nos quedemos solo con la conmemoración. Es muy fácil hacer actos, exposiciones, celebraciones y fotografías, pero lo más importante es preguntarnos qué significa Francisco para nosotros. Si después de los 800 años continuamos viviendo igual, sin dejarnos interpelar por su pobreza, su fraternidad, su misericordia y su radicalidad evangélica, nos habremos quedado solo con el aniversario.

¿Y qué debería significar, en este sentido, la celebración de la Sagrada Familia del 3 de octubre?

Puede ser una ocasión muy bonita para dar a conocer a Francisco y el franciscanismo, pero es necesario que el contenido vaya más allá del acto. Una celebración multitudinaria tiene sentido si ayuda a entender qué estamos celebrando. Francisco, precisamente, nos recuerda que no siempre es la multitud lo que hace crecer una realidad: él habla de la semilla, de algo pequeño que se planta, se cuida y va creciendo.

¿Qué es lo que deberíamos recuperar hoy de Francisco?

Sobre todo, la confianza en el Evangelio. Francisco creyó que una vida vivida con radicalidad podía transformar a una persona y, a través de esta persona, transformar también a una comunidad y al mundo. Su fuerza no venía de tener poder, sino de su coherencia. Y quizás eso es lo que más nos sigue interpelando 800 años después.

Si tuviera que resumir en una palabra la gran aportación de Francisco, ¿cuál sería?

La alegría. Pero una alegría que no tiene nada de superficial. Es la alegría de la pobreza, de la humildad, de la mansedumbre y de la fraternidad; una alegría que pasa por la cruz y por la resurrección. Francisco nos recuerda que el Evangelio se puede vivir y que, cuando realmente lo vives, puede convertirse en una fuente de paz y de alegría.

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