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(David Jou) El astrofísico británico Stephen Hawking ha fallecido esta madrugada a los 76 años. Hawking ha dedicado gran parte de su vida a la investigación sobre agujeros negros y al inicio del universo. Su aportación en estos dos campos fue hacer confluir la relatividad general de Einstein (teoría de la gravitación que generaliza la teoría Newtoniana) con la física cuántica. La primera es la teoría del mayor, en concreto, la que describe el universo en expansión; la segunda, es la del más pequeño, en concreto, de los átomos, moléculas y núcleos atómicos.

Cuando el universo tenía muy poca edad (menos de billonésimas de segundo) su tamaño era inferior a la de un núcleo atómico; por lo tanto, es lógico que se tenga que aplicar la física cuántica. Esto lleva a consecuencias relevantes: el valor infinito que debería tener la densidad según la teoría de la relatividad general pasa a ser un valor finito pero muy elevado. Esto significa que, en principio, el estado inicial del universo podría ser descrito por la física (no necesariamente, sin embargo, por la física que conocemos hoy).

La cosmología lleva siempre a preguntarse por temas metafísicos, como sería Dios, o sobre la existencia del universo. Resulta natural, pues, que un cosmólogo sea interrogado por el tema de Dios. En esta vertiente, hay una evolución del pensamiento de Hawking. En su primer libro Breve historia del tiempo, de 1988, acababa diciendo que cuando conozcamos la ecuación fundamental del universo será como conocer "la mente de Dios". Esto se corresponde con el deísmo habitual de Einstein, de Newton, de muchos otros físicos.

En cambio, en el libro El gran diseño, de 2010, se distancia de esta visión y dice que Dios no hace falta para la existencia del universo. Este cambio de visión se debe, en buena parte, al fracaso de las teorías actuales de unificación –como la teoría de supercuerdas– para predecir los valores de las constantes físicas universales, que tienen una gran influencia en la duración, la estructura y el contenido del universo. Entonces, al imaginar que quizás haya billones de billones de billones de universos, la gran mayoría de ellos sin posibilidad de tener vida, aquella racionalidad que llevaba a un solo universo apto para la vida queda muy mermada, en el sentido de que esta supuesta racionalidad va produciendo universos aparentemente al azar y sin propósito.

Naturalmente, la cuestión de si hay un solo universo misteriosamente apto para la vida y la inteligencia, o si hay muchos universos, estériles la gran mayoría de ellos, está muy lejos de ser resuelta, pero supone un cuestionamiento muy interesante para la teología natural.

Stephen Hawking representa, de cara al público, un ejemplo de persona que supera unas limitaciones físicas estremecedoras potenciando todas las posibilidades de su mente, que la abren (y nos abren a todos) en el espacio inmenso del cosmos. Este aspecto de su figura no le hace olvidar problemas más cercanos de la realidad, especialmente los peligros que vienen de un uso desconsiderado de la creciente potencia tecnológica, que podría llevar a la desaparición de la humanidad en un par de siglos, si continuamos por este camino.

David Jou es doctor en Ciencias Físicas por la Universidad Autónoma de Barcelona, donde actualmente es catedrático de Física de la Materia Condensada. Jou es también poeta y ensayista con más de una quincena de títulos publicados. Es patrono de la Fundació Joan Maragall.