El filósofo y teólogo Francesc Torralba acaba de publicar La Paraula que em sosté, un libro que continúa el camino iniciado con No hi ha paraules, escrito a raíz de la muerte de su hijo. Si aquel primer texto estaba impregnado de silencio y conmoción, este nuevo volumen es fruto de una reflexión más reposada, que quiere acompañar en el duelo y a la vez interpelar a cualquier persona que busque esperanza en medio del sufrimiento.
Una de las ideas centrales de la publicación es la tensión entre memoria y esperanza. Para Torralba, el proceso de duelo se juega entre estos dos polos: el recuerdo de quien ya no está y el anhelo de reencontrarlo, y, en este sentido, la Palabra -escrita con la primera letra en mayúscula-. “La Palabra contiene una promesa: seremos redimidos del reino de las sombras. Esta promesa también puede aplicarse a las personas que amamos y que nos han dejado. Serán salvadas por Dios.”
“Durante este tiempo de duelo, he leído atentamente la Palabra de Dios, me he abandonado buscando consuelo y lo he encontrado”
Esta promesa abre la puerta a una lectura espiritual del sufrimiento. “La Palabra promete una vida eterna, pero no en abstracto, sino para cada uno de nosotros. Esto solo es posible si se conserva la identidad y se manifiesta a través de un cuerpo espiritual. Esta es la esencia de la filosofía pascual: habrá un reencuentro final en una esfera intangible. Podremos reconocernos con los sentidos espirituales. Hasta que este encuentro final tenga lugar, sin embargo, hay que esperar, con constancia y sin desesperarse. Durante este tiempo de espera, el afligido queda escindido entre dos experiencias: el recuerdo del ausente, por un lado, y, por otro, la esperanza de reencontrarlo”.
El recorrido vital y teológico que ofrece el libro está sostenido por una experiencia concreta: la inmersión en la Palabra de Dios. El autor explica que, en el tiempo de duelo, se ha dedicado a leer y releer pasajes bíblicos con insistencia, casi con obstinación. “Durante este tiempo de duelo, he leído atentamente la Palabra de Dios, me he detenido en algunos pasajes una y otra vez, casi obsesivamente. Los he meditado atentamente, me he abandonado buscando consuelo y lo he encontrado. Doy fe de que lo he encontrado. Me siento agradecido a la Palabra y esta gratitud me mueve a revelar este don a otros que experimenten un proceso similar.”
El libro muestra también la fragilidad y la lucha interior de la fe. Torralba admite que la Palabra no es un remedio inmediato ni un bálsamo que resuelva el dolor, sino una compañía en medio de la oscuridad: “He encontrado en la Palabra de Dios el sostenimiento y el amparo en los episodios de más profunda tristeza. Parece paradójico que lo que es intangible, la Palabra, pueda sostener el alma de la caída libre hacia el vacío, pero así es como lo he vivido. Me he aferrado a la Palabra como un náufrago a un trozo de madera en medio de una tormenta. Solo si la Palabra es verdaderamente creída y asumida con plena confianza genera esta resonancia interior. No siempre, sin embargo, es así: a menudo la recepción de la Palabra activa la duda, la vacilación, la sospecha y no conseguimos transformarla en certeza interior”, confiesa el autor.
“La Palabra cuando es creída y meditada abre maravillas en el interior de la persona. El silencio es clave”
En esta relación, el silencio ocupa un lugar fundamental porque solo en el silencio, según Torralba, la Palabra puede desplegar su potencial transformador. “La Palabra cuando es creída y meditada abre maravillas en el interior de la persona. El silencio es clave. Creerla es concederle la verdad. Esta concesión es un acto de fe. Nadie puede demostrar matemáticamente la certeza de su contenido. No es evidente en sí mismo. No es clara ni distinta la idea que transmite. Todo lo contrario, a menudo es oscuro y trasciende las fronteras de la racionalidad. Creer es apostar, adherirse al mensaje que esta Palabra contiene. Es abrazarla aún sin comprender. Es asumir que no es una palabra más, que no pertenece al terreno de la doxa, a la mixtura de las opiniones humanas, sino que es la Palabra definitiva sobre nuestro destino en el mundo”.
Con este nuevo volumen, Francesc Torralba continúa un itinerario teológico y vital que no solo habla de su propia historia, sino que ofrece un acompañamiento a todos aquellos que atraviesan la pérdida. Es, en definitiva, una invitación a dejarse sostener por lo que parece intangible, pero que, según el autor, puede dar más solidez que cualquier certeza racional.