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vlaferrara Dom, 03/04/2022 - 20:22

(Jordi Callejón –CR) El obispo Francesc nunca fue un hombre que le gustara estar encerrado en su despacho o encerrado dentro de un aula. No era ni un estratega ni un profesor, era un auténtico pastor, un cura de pueblo, un hombre con muchas ganas de conocer la realidad de las parroquias y de aportar su granito de arena.

Lo conocí hace trece años en la parroquia de Granollers porque por aquel entonces presentaba el programa diocesano de televisión y le hacíamos una entrevista. Era el día de la fiesta mayor de la ciudad y la parroquia hervía por todos lados. Él, atento y simpático, me enseñó las dependencias y me concedió la entrevista. Cuando terminó me dijo si me hacía gracia acompañarle el día de su ordenación. Quedé helado y le dije que estaría muy contento. Fue el día que entre él y yo empezó una bonita amistad.

He sido su secretario con veintinueve años recién cumplidos, un cura joven compartiendo vida con un gato viejo de la Iglesia, que se las sabía todas y que me enseñó a saber discernir lo bonito, y lo que no lo es tanto, de nuestra comunidad.

Durante la semana íbamos al obispado y allí hacía de obispo, pero era durante los fines de semana cuando aparcaba el obispo y le salía el párroco de pueblo que tanto le gustaba ser. Subía al coche con energía, preguntaba si lo llevábamos todo, y venga a hacer kilómetros arriba y abajo de la geografía de nuestro obispado.

Hablaba con todo el mundo y no hacía aspavientos a nadie, desde el alcalde del pueblo hasta las personas que cuidan de la pequeña iglesia, todo el mundo era importante. Le he visto emocionarse con testigos duros de personas sencillas, indignarse con injusticias, contestar a preguntas incómodas como si nada y llorar amargamente ante la muerte de un amigo suyo.

Lo he visto feliz rodeado de niños y jóvenes en multitud de encuentros, sobre todo, cuando venía a Taizé a acompañarnos, a la JMJ cuando acogimos a 6500 jóvenes, cuando organizamos l'Aplec de l'Esperit en Banyoles o cuando sencillamente vino a el esparcimiento de la parroquia de Santiago y nos enseñó la canción que él hizo musicar, "haz a Jesús que yo te conozca".

Recuerdo que a los niños siempre les explicaba que cuando uno va al extraescolar de fútbol o baloncesto o voley, las piernas se le hacen mayores o cuando uno va a clases particulares o a una academia, a uno se le hace la cabeza mayor... Cuando acababa de explicar esto siempre explicaba a los más pequeños que de nada servía tener una cabeza muy grande y unas piernas muy grandes si uno tiene un corazón muy pequeño y que en la parroquia se va a hacer crecer el corazón. Tenía clarísimo que nuestra misión evangelizadora no pasa por la cabeza, sino que va directa al corazón y que la Iglesia en el tema del corazón no la gana nadie.

Podría contar encuentros y anécdotas y llenar páginas y páginas, el obispo Francesc ha sido más que mi obispo. Ha sido realmente como un padre que escucha, calma y hace compañía, sobre todo, he oído esta compañía en aquellos momentos de la vida que uno está en plena tormenta.

También ha sido un amigo con el que he podido compartir vida, viajes, anécdotas, ataques de risa, confidencias... Yo siempre le decía que era el único normal del obispado y reía moviendo la cabeza como diciendo "¿qué dices, hombre?".

Ha sido un hermano, un hermano mayor en la fe. Un hombre de corazón grande que lo entrenaba con su relación diaria con Jesús en la pequeña habitación de su casa improvisada como capilla, donde pasaba las horas de la mañana y celebraba, cuando no podía ir a las parroquias, la eucaristía de todos los días. Me ha enseñado a amar más a Jesús y a las personas, sobre todo, a las sencillas y a ser un trabajador incansable.

Conocer y compartir la vida con el obispo Francesc ha sido para mí un regalo de Dios y poder tener una relación de amistad, un privilegio.

Estos días vivo con mucha tristeza su muerte porque sé que ya no me podré presentar en su casa sin avisar y poder contarle lo que llevo en el corazón o llamarle para contarle un chisme o alguna historia de las mías. Todo esto ya no podré hacerlo de esta manera, pero seguro que me contagiaré porque el obispo del corazón grande que ha pasado amando a todos ahora está con el Dios de Jesús que es fuente de Amor.

Gracias por todo lo que hemos vivido y me has enseñado Francesc, amigo, hermano y obispo del corazón grande.

 

Jordi Callejón,
delegado de jóvenes del obispado de Girona y párroco de la parroquia de Sant Jaume de Salt

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