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Catalunya Religió Dom, 02/10/2022 - 18:18
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Miquel Codolar –CRLa invitación era de una cena cóctel. La noche del jueves, el tradicional día de la fiesta de los universitarios en Barcelona. En la entrada, Alix invita a escoger entre coca-cola, vino y zumo con vasos de plástico. Desde el patio del edificio, por encima de la Ronda de Dalt, hay una vista privilegiada de Barcelona. Entre los ochenta asistentes, un buen grupo de jóvenes llevan camisetas corporativas con el nombre de la entidad: Lázaro, donde se puede leer que “todo lo que no se da se pierde”. Música de fondo agradable, fresca.

Es un acto benéfico, pero para la mayoría de los asistentes es sobre todo de celebración. Y es que la próxima semana empezarán las obras del edificio que llevará por nombre Casal Bellesguard San Luigi y que durarán dos o tres meses. François explica cómo quedará. Habrá un espacio para nueve chicos jóvenes profesionales con nueve hombres sin hogar o usuarios, como piden que los llame, y lo mismo por nueve chicas y nueve usuarias más. También vivirán una familia con dos hijas. Y habrá varios espacios en común, donde por ejemplo harán una comida semanal todos juntos.

No es un invento de Barcelona. François explica que el cardenal y arzobispo de Barcelona, ​​Juan José Omella, enseguida acogió la iniciativa, y que el papa Francisco ha alabado varias veces estas casas, de las cuales hay una veintena en Francia y en Bruselas o México empieza a haberlo. En Cataluña ésta será la primera. De hecho, hoy muchos de los fiesteros que intentan acercarse a la mesa de los canapés son de Madrid o de Francia, que han vivido ya la experiencia en casas como la que se hará en Barcelona.

EL CASAL BELLESGUARD SERÁ LA PRIMERA CASA DEL PROYECTO LÁZARO DE CATALUÑA DONDE CONVIVIRÁN JÓVENES PROFESIONALES CON PERSONAS SIN HOGAR 

María, de hablar andaluz, no para nunca de reír. Tiene 23 años, es enfermera y lleva cuatro meses en una casa similar de Madrid. El proyecto Lázaro fue el primero que le salió a Instagram después de cinco meses de abandonar esta red social. Dio el paso porque dice que le gusta vivir experiencias y sentía “de corazón” que debía hacerlo. La familia no lo entendía: "Ahora me ven feliz y están más contentos".

“¿Cuál es el papel de la fe? Es lo que da sentido a todo esto, el motor que lo lleva adelante”, explica María. En la casa dice que eran jóvenes entre 20 y 30 años y usuarios de entre 50 y 60 años. Cada día rezaban un padrenuestro, una avemaría y un gloria en la capilla. Ella dice que ha experimentado que "la fe en comunidad es mucho más potente". Dice que viendo la lucha de cada persona que llega a la casa por superarse le ha motivado a seguir hasta ahora. 

María explica el caso de una chica que en un incendio perdió a su pareja y a sus hijos y sufrió un aborto natural. "Todos llevamos una cruz, pero con la lucha diaria toda persona se va superando", asegura. Dice que en la casa todo el mundo debe implicarse y por eso todos tienen algún encargo, de limpieza, de cocina o de ir de compras. 

Pero una enfermera tiene problemas reales, debe tener ganas de descansar, de desconectar un poco y no de llegar a una casa llena de problemas cada día por la noche. “¿Problemas? Yo rezo mucho y ya está, nunca el problema es lo suficientemente fuerte; pero es que también tienes mucho apoyo de todos, todos te ayudan”. María ahora lo dejará porque quiere ir a la India, a hacer voluntariado un mes en una casa de Calcuta.

No se trata de un puñado de iluminados. En el proyecto también hay varios profesionales como psicólogos o médicos, y en Barcelona trabajan con San Juan de Dios, Cáritas y Asís. Un papel clave en el proyecto es el de la familia. En el caso de Barcelona, ​​se tratará de una familia con dos hijas. El padre es Laurent. Tiene claro porque ha aceptado el reto. "¡Porque somos cristianos!". En principio debía haber otra familia, pero tuvo que ir a trabajar a Francia. Su mujer le dijo que debían reemplazarles porque “la gente sin hogar son como nosotros”.

Laurent explica que su trabajo en la casa es "seleccionar perfiles, acompañar, una vez semana acompañarlos en una comida a todos, organizar vacaciones todos juntos y lo más importante es dar alma y ambiente a este sitio". Explica que hay muchas asociaciones que realizan una gran labor, pero que el proyecto Lázaro considera fundamental el contacto diario.

LÁZARO TRABAJA EN BARCELONA CON SAN JUAN DE DIOS, CÁRITAS Y ASÍs

Una de las hijas de Laurent es Alix, de 16 años. Es la chica que daba la bienvenida a los asistentes a la fiesta. “Cuando me lo dijeron, me sorprendió pero la idea me gustó. Es algo bueno, no podía decir que no. Me emociono porque me parece muy bonito ese intercambio de ayudas”. Dice que a sus amigas les parece guay lo que han decidido hacer. “Mi papel? Supongo que es como aportar vida, no sé, ya te contaré”.

¿Y qué dicen los usuarios? Ricard , madrileño de 63 años, explica que estuvo años trabajando recogiendo fruta en Lleida. Pero el trabajo acabó, y al regresar a Madrid, tuvo que vivir años en la calle. Dormía en la Plaza Mayor, y durante la pandemia en IFEMA. "En la calle pierdes a la familia y los amigos y no encuentras trabajo". 

Ricard llegó a Lázaro “con el alma vacía y mucha ilusión” y ahora repite que “Lázaro es la mejor familia que he tenido en mi vida”, asegura. Durante la fiesta esto mismo lo dirá en el micrófono. Además de agradecer mucho lo vivido en la casa de Madrid. La Pepa de Alicante habló bastante en el mismo sentido, reconoció con una mirada cómplice que existían problemas también, y concluyó que para ella Lázaro era una gran familia.

Idral es uno de los jóvenes profesionales que vivirán en la casa de Barcelona, ​​cuando acaben las obras. Nacido en Valencia, trabaja como profesor en un instituto de Barcelona. Estuvo dos años y medio de misionero en Zambia, donde convivió con seminaristas. Ahora llevaba años viviendo en Barcelona en un piso compartido. "La terraza era mi tesoro, llevaba una vida cómoda, tenía de todo, pero en el fondo no tenía nada". 

"El hecho es que aprendes de todo"

Un día Idral acudió a una adoración de Hakuna en la parroquia de Vianney y oyó hablar de Lázaro. “Era la respuesta de Dios al vacío de ese momento”, sintió en ese momento. Lo mismo que le costaba el alquiler en el piso es lo que pagará en la casa de Lázaro por convivir con las personas que acogen. "Ya lo sé, con la visión humana no se entiende", reconoce. "Pero yo no veo que vengo a dar, sino también a recibir", dice. 

Julien tiene 22 años y es un trabajador todoterreno de Lázaro. Ha estudiado ciencias políticas y hace algo de todo. “Voy a ver parroquias para explicar qué hacemos a los jóvenes, comunico, apoyo a los jóvenes y las familias, voy a ver fundaciones, creo relaciones... y lo cierto es que aprendes de todo”. 

Adriana, trabajadora social de 28 años, un día recibió un whatsapp. Buscaban a una trabajadora social que si podía ser fuera católica. No le entusiasmaba, pero fue a la entrevista. En cuatro días se convenció. “Vi que se preocupan de verdad por la persona, pero le dan su tiempo a cada uno, no fuerzan ninguna situación y se abandonan mucho en Dios. Por ejemplo, me sorprendió cuando en momentos delicados decían 'vamos a orar' y ya está”. 

Reconoce que estar en Lázaro no es lo mismo que no estar. "Se necesitan también muchos católicos por el mundo, pero Dios ahora quiere que esté aquí". Mientras hablaba se acercó Pepa y le preguntó si lo había hecho bien en el micrófono. Pepa repite la pregunta. Adriana se olvida de lo que estaba diciendo. Lo abraza.

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