Muere el exprovincial de los Escolapios Andreu Trilla a los 86 años tras una vida dedicada a la educación y el compromiso social
Andreu Trilla Lloberta, escolapio y quien fue durante doce años provincial de la Escuela Pía de Cataluña y presidente de la Unión de Religiosos de Cataluña (URC), falleció este miércoles 9 de septiembre a los 86 años, tras sufrir un accidente doméstico. Su trayectoria estuvo marcada por la educación, la espiritualidad, el compromiso social y una decidida apuesta por la colaboración entre las diferentes congregaciones religiosas.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre tranquilo, profundamente espiritual y servicial, pero también como una persona discreta, humilde y con una gran capacidad para escuchar y acompañar. En una entrevista publicada en Catalunya Religió en 2018, él mismo definía su trayectoria desde esta actitud de apertura: “Mi vida no es muy interesante; pero tiene algo en común que cada vez valoro más: acoger las cosas que llegan inesperadamente y que te abren muchas puertas que no te imaginabas”.
De Balaguer a la Escuela Pía
Nacido en Balaguer en 1940, Trilla ingresó a la Escuela Pía de su ciudad cuando tenía cinco años y muy pronto sintió la vocación escolapia. Él mismo explicaba que había sido una vocación “por mimetismo”, después de conocer a un maestro escolapio a quien consideraba una persona extraordinaria: “Quería ser como él; ¡típico!”. A los doce años entró en el calasancio y posteriormente hizo el noviciado en Moyá, donde emitió los primeros votos a los dieciséis años.
Estudió filosofía y teología en Navarra, Logroño y Salamanca, y comenzó su trayectoria educativa en Tárrega. Tras una estancia en París durante mayo de 1968, donde obtuvo el título de profesor de francés, regresó a Irache para ejercer como profesor y, en 1971, se instaló en Barcelona antes de ser destinado al barrio de Can Serra, en Hospitalet.
Una experiencia social que lo marcó
La etapa de Can Serra fue decisiva para su forma de entender la misión cristiana. En pleno final del franquismo, vivió en un barrio obrero donde la comunidad escolapia participaba en una intensa vida vecinal y parroquial, con la Casa de Reconciliación como espacio de encuentro y también de actividad social. Trilla llegó a trabajar durante ocho años en una copistería y participó en una escuela de adultos gratuita, una experiencia que él mismo vinculaba con la necesidad de acercarse a la realidad de las personas. “Eso nos despertó las ganas de ser un poco más como la gente del barrio”, recordaba.
Esa experiencia social también marcó su posterior forma de entender la educación y la Iglesia. Trilla siempre defendió una Escuela Pía abierta a la sociedad, especialmente atenta a las personas más vulnerables y capaz de conjugar la identidad cristiana con una presencia educativa no cerrada sobre sí misma.
Provincial de la Escuela Pía e impulsor del protagonismo de los laicos
En 1988 ingresó en el equipo de gobierno de la Escuela Pía y en 1991 fue elegido provincial, cargo que ocupó durante doce años tras ser reelegido en dos ocasiones. Él mismo explicaba con humor que recibió la elección pensando que “realmente la Ley de Murphy funciona”. Durante esta etapa recorrió escuelas y comunidades y adquirió, según sus propias palabras, “un conocimiento que no tienes si no estás allí, ves los problemas reales”.
Trilla también lideró una etapa importante en la progresiva asunción de responsabilidades de los laicos dentro de la Escuela Pía. Su apuesta no respondía solo a una necesidad organizativa, sino a una determinada concepción eclesial, muy vinculada a la renovación del Concilio Vaticano II: religiosos y laicos debían compartir la misión educativa desde la responsabilidad y la corresponsabilidad.
“La Escuela Pía ha sido pionera, creemos en ello y, si crees en ello, debes demostrarlo”, afirmaba. Durante su etapa, los laicos fueron consolidando su protagonismo en la dirección de los centros y en las responsabilidades de gestión, contribuyendo a mantener la Escuela Pía como una institución educativa de referencia en Cataluña y con una importante dimensión social. Trilla lo sintetizaba así: “Es una aportación para valorar el laicado en la Iglesia”.
Esta evolución conectaba directamente con su propia trayectoria personal. La experiencia en los barrios obreros, el contacto con la escuela pública, el trabajo con personas inmigradas y su preocupación por las realidades sociales configuraron una manera de entender la educación cristiana como un servicio a la sociedad. “Que una escuela sea cristiana no depende de que los clientes sean cristianos: no es una tienda de fieles”, decía, reivindicando una escuela abierta y respetuosa con las conciencias.
Presidente de la URC e impulsor de la colaboración entre congregaciones
La responsabilidad como provincial lo llevó también a la Unión de Religiosos de Cataluña, de la cual posteriormente sería presidente. En este ámbito trabajó especialmente para reforzar la colaboración entre las diferentes congregaciones e institutos religiosos y para profundizar en el papel de la vida religiosa en una Iglesia catalana que estaba viviendo una profunda transformación. La misma URC lo sitúa como presidente en las juntas de varios años de la década de los noventa.
Uno de los momentos más significativos de esta trayectoria fue su participación en el Congreso de Vida Religiosa de Cataluña, desarrollado entre 1993 y 1995. Trilla fue uno de los protagonistas como presidente de la URC una vez iniciado el proceso, que se estructuró en tres etapas —ver, juzgar y actuar— y que puso sobre la mesa cuestiones como la identidad de la vida religiosa, la comunión, la misión, la intercongregacionalidad y el papel de los laicos.
Veinticinco años después, la misma URC recuperó aquel proceso y encargó a Trilla que presentara el itinerario y las conclusiones del Congreso de 1993-1995. En aquella revisión, destacó especialmente la necesidad de entender el papel de los laicos no como una respuesta a la disminución de los religiosos, sino porque “son tan cristianos como nosotros”, una idea que resume buena parte de su forma de entender la renovación de la Iglesia.
Una espiritualidad abierta a la sociedad
Su actividad en la URC también amplió su dedicación al acompañamiento espiritual. Una conferencia sobre “El desierto en las ciudades” lo llevó a profundizar en la figura de Charles de Foucauld e incluso a vivir durante un mes una experiencia de eremita en los Monegros. “Fue una experiencia muy rica, no precisamente placentera, pero sí de autoconocimiento”, explicaba.
Tras esta etapa comenzó a recibir solicitudes para preparar retiros y acompañar grupos. Ya jubilado, continuaba leyendo, escribiendo, haciendo traducciones y acompañando familias, parejas jóvenes y grupos de estudio bíblico, además de participar en la vida de diversas comunidades religiosas. También continuaba formando en escuelas de la Escuela Pía y otras instituciones educativas.
Servicio Solidario y compromiso con los más vulnerables
Su dimensión social tuvo continuidad con la fundación del Servicio Solidario, en un momento marcado por la llegada de numerosas personas inmigradas. Desde la antigua iglesia de los santonianos, impulsó una iniciativa centrada en la educación, con cursos de catalán y castellano y otros proyectos de formación. “Queríamos ofrecer un servicio siempre dentro de lo que sabemos hacer, que es la educación”, explicaba.
Trilla supo también dar un paso al lado cuando consideró que había llegado el momento de pasar el testigo. Esta actitud de disponibilidad y de servicio había marcado toda su vida religiosa y él mismo la expresaba con una frase que se convirtió casi en una divisa: “He tomado como norma que, siempre que puedo, decir que sí; y me ha ido bien”.
“Caminamos hacia el misterio”
Su espiritualidad no se basaba en certezas cerradas, sino en una actitud de apertura y búsqueda. “Ser cristiano no es una afiliación teórica, doctrinal. Caminamos hacia el misterio, hacia lo que no sabemos, y ser cristiano es ser dócil con eso”, afirmaba en aquella entrevista.
En los últimos años, Trilla miraba su trayectoria con gratitud y sin afán de protagonismo. “Tienes la impresión de que tu vida se va construyendo con materiales que te vienen de fuera y es mucho más rica”, decía, antes de resumir su recorrido con una expresión que encaja con toda su trayectoria: “Tengo un cesto lleno, me siento muy privilegiado”.