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(Laura Mor –CR) Marcial Gamboa trabaja por el diálogo y la reconciliación, y apoya a los familiares de desaparecidos por el conflicto armado que ha vivido durante más de cincuenta años su país. Tiene 45 años y es misionero claretiano en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen Tumaco-Nariño, en la provincia de Colombia-Ecuador y de Colombia-Venezuela.

Gamboa ha visitado estos días Barcelona invitado por la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo. Su estancia en Cataluña ha servido para hacer intercambio en temas de memoria histórica. Y también reconoce una esperanza: "que alguien nos escuche más allá". Explica que tienen seis millones de hectáreas entregadas por el gobierno a la explotación minera de las multinacionales. Mientras unos alimentan un modelo de destrucción, con fecha de caducidad, los claretianos promueven la vida y la economía solidaria, desde la proximidad y el respeto a la naturaleza y en defensa de los derechos humanos.

Colombia firma un acuerdo de paz hace dos años y medio, pero se hace un referéndum y la población civil no aprueba el acuerdo. ¿Dónde están ahora?

Los colombianos no refrendamos el acuerdo de paz. No fuimos capaces de pasar este umbral en la elección popular. Eran más los que querían la guerra que los que apoyamos el no a la guerra. Seguimos luchando para que sea el senado quien apruebe todo lo que se firmó y que se cumplan los acuerdos. En el marco del acuerdo, Colombia también está diciendo al mundo: "No queremos la explotación".

¿De qué vive la población en la región?

Del plátano, de la yuca, de sembrar el arroz y el trigo, de la pesca como opción artesanal. De eso vive el campesino en la región del Choco del Pacífico y del Atlántico. Y en algunas zonas vivimos de la minería artesanal. Durante más de cuatrocientos años hemos trabajado la tierra y no hemos afectado el medio ambiente, la hemos conservado.

En este sentido, ¿consideran la encíclica Laudato si' del papa Francisco una voz que ayuda a denunciar la situación?

Como iglesia el desafío es difundir la encíclica del papa Francisco. ¿Cómo aprender a vivir en medio del conflicto y en medio de una pobreza material? Porque... ¡somos ricos espiritualmente! Somos hombres y mujeres que llevamos la biblia a los cantos, los ritmos, a la danza, la poesía. De eso vivimos alegres, construimos nuestra propia dinámica que nos convierte en vida. Pero ¿cuántas veces nuestros senadores y presidentes han legislado a favor de otros que no tienen que ver con el territorio...? Aquí el riesgo.

De lo que firmó el gobierno colombiano, por ejemplo, no se ha cumplido el acuerdo en cuanto a la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas.

No se ha cumplido en la unidad de investigación ni en los acuerdos de producción. No hubo una propuesta clara para los guerrilleros, más que cumplir los seiscientos mil pesos en una tarjeta bancaria, el espacio o la alimentación. Hubo pocas propuestas sociales o educativas. Esto genera una puerta cerrada para la guerrilla. Y para el gobierno, mucho más cerrada: si quiere acabar con todo, dice "yo no lo firmé, fue el anterior gobierno". Pero es un acuerdo de país, no de un político particular. De ocho mil guerrilleros, tienen la condición un centenar. Son los que pasaron al senado como partidos políticos o que han aspirado a algún espacio territorial. Es muy grave que a muchos de ellos ya empezaron a asesinarlos. El mismo ejército asesina guerrilleros. Y, no se sabe cómo, aparece muerto un comandante en una base militar.

La violencia en Colombia está aún hoy a la orden del día.

Es altísima. La violencia en Colombia seguirá siendo altísima. Ayer me notificaron del asesinato de un municipal de Nariño en Sandoná, de dos compañeros más en la zona regional del Pacífico... Hace diez o doce días dispararon otro guerrillero cuando salía de su finca a comprar una torta al pueblo. Estas cosas siguen siendo muy graves.

¿Cuál es el papel de la iglesia en este conflicto?

Como iglesia central, la Conferencia Episcopal de Colombia ha asumido el desafío de visibilizar la realidad. Han sido cercanos especialmente en la Comisión de conciliación. En el proceso de paz, la Iglesia católica ha estado un pelín callada como conferencia episcopal. Pero varias diócesis, como las del Pacífico, hemos sido muy activas. A favor de acoger, visibilizar, ofrecer espacios, acoger personas, promover campos de reuniones, ser asequibles a que los guerrilleros no sintieran solos, bautizar niños de la guerrilla, hacer primeras comuniones... Juntamos la población con la guerrilla para que no sientan que ellos son unos y nosotros somos otros. En alguna zona hubo un trabajo muy bonito. Y algunos obispos fueron muy cercanos como Iglesia.

¿Y en el caso de los claretianos?

Des de hace setenta años la congregación tiene presencia en Río Sucio, un municipio de unos 28.000 habitantes en el noreste de Colombia. Como Iglesia seguimos caminando con el pueblo, trabajando con este pueblo, durmiendo con este pueblo, despertando con este pueblo.

Cuando uno se implica a favor de este encuentro y diálogo, corre un riesgo.

En este contexto, todos estamos en riesgo de muerte. Por traición o por acción. Puede que los mismos a quien acompañas te traiciones, una mala frase te puede afectar, puede que estés en una reunión equivocada, que seas el informante aunque no hayas informado, o que en aquella reunión estén buscando alguien y seas tú quien caiga. Participar en una reunión en estos espacios implica arriesgar la vida.

¿Cómo lo vive internamente?

¡Doy gracias a Dios! Hemos estado como Iglesia, como misioneros claretianos. Pienso que la fuerza del padre Claret nos sigue apoyando. No sé hasta cuándo. He visto caer mucha gente a mi alrededor. Salí de Tumaco hacia una parroquia donde paramilitares y guerrilla son otra cosa. Y lo que me encuentro es mucho más fuerte. Ahora estoy con los paramilitares y no sé qué estarán pensando de mi trabajo, de mi capacidad de informar o desinformar. Cualquier cosa es susceptible de convertirse en información o en deformación. Pueden tomar cosas que yo he dicho y que ellos no quieren que se sepan. Y cuando lo digo, puede ser muy creíble. Cuando estaba en Tumaco y tenía allí mismo a la guerrilla, los grupos armados, no sentí esa gravedad; pero sí he tenido miedo porque he visto caer personas que colaboraban con nosotros, jóvenes, adultos... He visto muertos por participar en una reunión o como el ejército retuvo a la junta de acción comunal... No sabes hasta dónde llegarás.

En paralelo al trabajo a favor del diálogo y la paz, los claretianos también os habéis implicado en la búsqueda de desaparecidos. ¿Cuál es el vínculo con las asociaciones de búsqueda de desaparecidos?

La comisión de Justicia y Paz de nuestra parroquia ha sido de las primeras en promoverlo. Desde los misioneros claretianos hemos iniciado una asociación de desaparecidos, la hemos ido vinculando a los procesos institucionales. Ahora en Río Sucio trabajamos para vincularla a la institucionalidad. Por ejemplo, con la Cruz Roja CICR o con la defensoría del pueblo, para que conozca bien el proceso y se articule. Los claretianos ayudamos a visibilizar los desaparecidos en el departamento del Choco.

¿Los familiares tienen miedo a la hora de denunciar desapariciones?

Sí, pero ahora lo estamos promoviendo a todo riesgo y a todo gas. Sabemos que quienes los hicieron desaparecer son los paramilitares del territorio. Nos toca asumir hasta donde nos dejen. Si los paramilitares dicen que no toquemos este tema, es imposible que se solucione. Si nos dicen que continuemos nuestro trabajo como organización, continuaremos. Y el timón para que no tengan tanto miedo es el trabajo que hacemos los claretianos desde la parroquia. Hacemos que nuestras casas sean un espacio de reactivación del proceso de paz.

¿Qué encontramos alrededor de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen del Río Sucio?

En la parroquia promovemos la catequesis, los derechos humanos, la pastoral juvenil, la pastoral vocacional, tenemos una comisión étnica a favor de los pueblos indígenas, el pueblo negro, el trabajo con los chilano-mestizos, acompañamos las organizaciones sociales del territorio, promovemos la economía solidaria y alternativa, que mujeres y hombres generen una economía que les permita tener recursos en una región débil ... hay muchas actividades entorno a la vida. Una actividad que compartimos con las hermanas de la Presentación.

¿Dónde pone la esperanza?

Siempre tengo la esperanza en Dios, él dirá hasta dónde llegamos. Más que en mi trabajo, es confiar en que Dios nos acompaña. En medio del conflicto uno no tiene armas para defenderse, más que la discusión. Como misionero, se trata de seguir confiando en la protección y el espíritu del padre Claret, que nos ilumine, ¡que no caigamos en el error! He crecido alrededor de la Iglesia católica. Padres, abuelos, tíos, todos estaban ahí, fue punto de unión y me transmitieron esta identidad. Me he formado profesionalmente en procesos organizativos. El evangelio también se transmite desde esta experiencia viva, del pueblo. Cuando caminas con el pueblo, esto puede ayudar a que tenga más vida, a no dejarlo solo y ser parte de lo que necesita la gente.