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Sin comprender el sentido profundo de la vida, resulta casi imposible vivirla a fondo. Desde una óptica consumista, la vida se reduce a unos recursos que puedo utilizar a mi antojo para mi propio placer y conveniencia. Una conducta similar impide descubrir su esencia. La vida es un don, es decir, algo que he recibido sin mérito alguno por mi parte. Basta echar una ojeada al carnet de identidad para darme cuenta de que contiene una serie de informaciones que no dependen de mi voluntad. Mi fecha de nacimiento, el lugar, los padres, la lengua materna, las huellas digitales… son dones. Un bagaje que he recibido sin que nadie me pidiera permiso ni me consultara para ver si era de mi agrado. Solo a partir de una realidad no elegida puedo ejercer mi libertad. 
 
El hecho de que la vida sea un don implica que su sentido más profundo se puede obtener cuando, desde mi libertad y responsabilidad, convierto mi vida en un don para los demás. Existo porque soy un don. Mi realización no consiste en mirarme al ombligo sino en transformarme en un don para los demás. El mayor obstáculo para comprender esta verdad existencial es el ego, que siempre es autorreferencial. Explicar el pecado original no resulta nada fácil, pero experimentarlo en las propias entrañas resulta evidente. En nuestro campo de trigo hay también cizaña. El proyecto inicial es el don. El ego, la cizaña, sobreviene y crea una lucha interna de gigantescas proporciones, porque pretende encauzar el don hacia los intereses egoístas. A menudo sucumbo sin darme cuenta de mi derrota.
 
El 2 de febrero se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En Cataluña, existen 119 institutos religiosos femeninos y 46 masculinos, cerca de 800 comunidades y unos 6.000 religiosos y religiosas, incluyendo los monasterios de vida contemplativa. La Unión de Religiosos de Cataluña es el marco de comunión entre estas instituciones y personas para trabajar al servicio del Reino de Dios. La vocación a la vida consagrada se enraíza a la vocacional universal a la vida como don. Los talentos de cada persona se ponen al servicio del Señor presente en los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No es el número ni la calidad de talentos recibidos la causa de ser llamados a una vocación religiosa, sino la voluntad libre y misteriosa de Dios. En otras épocas, se definía a la vida religiosa como vida de perfección. Hoy se rehúye esta expresión o, mejor aún, se la explica de otro modo. Existe un perfeccionismo enfermizo y autorreferencial que se muestra superior a los demás y que aleja de entender la vida como don. Los religiosos son conscientes de que el ego y la cizaña pueden dificultar el seguimiento de Jesús a la luz de evangelio. Por este motivo, se abren con alegría y humildad ante la misericordia del Señor y buscan entregarse de corazón al servicio de los demás.