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Las falsas apariencias no solamente son engañosas sino que una vez has caído en la trampa no puedes corregir las consecuencias de tus decisiones.

Las falsas apariencias suelen tener inicialmente tan buena acogida porque hay gente que encuentra en ellas respuestas a los deseos más íntimos de su corazón.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la mayoría de los grandes desastres que la humanidad se ha infringido a si misma se han sustentado en falsas apariencias.

Una de las víctimas de estas falsas apariencias fue el pastor luterano Martín Niemöller.

Niemöller fue uno de los muchos pastores que, de buena fe, creyó que la victoria política del nazismo produciría un avivamiento espiritual en Alemania por el que había estado orando durante tantos años.

No pasó mucho tiempo en pasar del entusiasmo a sentirse engañado. Ese desengaño lo volvió contra Hitler.

Cuando todavía no se había desengañado del todo Niemöller fue uno de los pastores que impulsó “La Liga de emergencia” (recordemos que esta liga se fundó en 1933 como una declaración contra los “Cristianos alemanes”, partidarios del régimen nazi, a la que se adhirieron más de 6.000 pastores).

Los alemanes se sentían heridos por el trato humillante de que habían sido objeto tras su derrota en la Primera Guerra Mundial. La mayoría de alemanes no solamente veía a las naciones vencedoras como países extractivos sino que para ellos la “Liga de las Naciones” (la antecesora de la actual Naciones Unidas) era un fiel vasallo de los vencedores.

Esa fue la razón por la que junto a miles de alemanes Niemöller se sintió reconfortado cuando Hitler anunció que Alemania se retiraría de la “Liga de las Naciones”.

Tal fue su entusiasmo que en nombre de “La Liga de emergencia” envió un telegrama a Hitler felicitándole por su decisión. No se limitó a felicitarle sino que además le juró lealtad tanto personal como en nombre de todos los pastores que representaba: finalmente Alemania estaba poniendo las cosas en su sitio a nivel mundial y los alemanes se sentían orgullosos de sus dirigentes políticos.

Así opinaba Niemöller cuya voz representaba a miles de alemanes.

No todo el mundo veía las cosas de la misma manera dentro de la cristiandad. Bonhoeffer, junto con otros muchos pastores, se sintieron descorazonados por la posición que Niemöller estaba tomando frente al régimen nazi. No se daba cuenta de lo que había destrás.

Niemöller todavía diferenciaba su empeño de desbancar de su puesto al Obispo Müller, representante de “Los Cristianos Alemanes”, de la necesidad de oponerse abiertamente al régimen fascista.

Bonhoeffer lo veía de otra manera. Se refirió a Niemöller en términos muy duros. Llegó a decir: “los ingenuos y soñadores idealistas como Niemöller siguen pensando que son los verdaderos nacionalsocialistas, y quizás, sea la benevolente providencia la que los mantiene bajo el hechizo de esta falsa ilusión”.

Las falsas apariencias habían engañado e hechizado a muchos.

A pesar de estas contradicciones internas la oposición de la Iglesia Confesante al régimen nazi continuó.  

A fin de lograr su propósito un grupo de destacados pastores logró entrevistarse con Hitler el 25 de enero de 1934. Todos esperaban que, como consecuencia de su encuentro, Hitler desautorizaría al Obispo Müller. Sin embargo, el resultado fue exactamente contrario a lo que habían pretendido y todavía mucho peor. El pastor Martín Niemöller fue quien se llevó la peor parte.

Niemöller era, en ese momento, el pastor más pronazi de la Iglesia Confesante pero eso no le impedía tomar distancias del régimen e incluso bromear sobre los acontecimientos del momento. Lo que no sabía Niemöller era que su teléfono estaba intervenido y que sus comentarios sarcásticos llegaban hasta los oídos del mismísimo Hitler.

El Führer tuvo muy presentes los sarcasmos de Niemöller a lo largo de toda la entrevista manifestando abiertamente su enfado y su animadversión.

Tratando de calmar la dureza de las palabras que Hitler les estaba dirigiendo Niemöller le abrió su corazón y le dijo: “Pero si todos estamos entusiasmados con el Tercer Reich”. A lo que el Führer le replicó, entre otras cosas: “Ustedes limítense a ocuparse de sus sermones”.

En ese momento algo se rompió en el interior de Niemöller.

Lo más importante de la entrevista, y el resultado de la misma, no fue que el Obispo Müller había salido indemne de la ofensiva que la Iglesia Confesante había lanzado contra él sino que el pastor Martín Niemöller se dio cuenta que había estado creyendo en una falsa apariencia.

Ese desengaño le llevó a ser uno de los impulsores de la Iglesia Confesante. Su compromiso le llevó a encargar al mismísimo Bonhoeffer la puesta en marcha y la dirección de un Seminario Pastoral del Sínodo de la Iglesia Confesante. Cuando en la primavera del año 1936 la Iglesia Confesante preparó un documento dirigido a Hitler, en el que se criticaba deliberadamente la política del régimen nazi contra los judíos, a Niemöller no le faltó valor para ser uno de los firmantes de la protesta.

Tanta oposición fue contrarrestada por el régimen.

En el año 1937 los nazis pasaron a la acción contra la Iglesia Confesante. Entre pastores y laicos destacados de dicha Iglesia ese año fueron arrestadas más de 800 personas.

El domingo 27 de junio de 1937 el pastor Martín Niemöller predicó públicamente por última vez. El jueves de esa misma semana fue arrestado. De su último sermón cabe destacar las siguientes palabras “No estamos dispuestos a guardar silencio a instancias del hombre cuando Dios nos ordena hablar”.

Tuvo que pagar un precio muy alto por sus palabras y por su compromiso cristiano.

El pastor Martín Niemöller estuvo ocho años en campos de concentración bajo el honor de ser “prisionero personal de Adolfo Hitler”.

Niemöller escribió los siguientes versos- que otros muchos atribuyen, sin razón, a otros autores:

Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada,

porque no era socialista.

Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada,

porque no era sindicalista.

Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada,

porque no era judío.

Luego vinieron a por mí

y, en ese momento, no quedaba nadie que dijera nada.