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No es sencillo, estando en contacto con estudiantes universitarios en estos tiempos duros y difíciles para muchos, abstraerse de las reflexiones que nos hacemos en el día a día en torno a la formación universitaria: ¿Estamos desde la universidad respondiendo a la situación que vivimos? ¿Estamos preservando lo esencial de la universidad? ¿Estamos haciendo efectiva la misión como universidad de inspiración cristiana? No podemos reproducir aquí las situaciones complejas y vivencias que nos llegan y que vamos conociendo cuando escuchamos y tratamos de acoger lo que nos cuentan los estudiantes en estos días de confinamiento. Nos hacen dar cuenta, más que nunca, de la relevancia de la formación. Un tema que también ha ganado reciente centralidad en las reflexiones que se hacen en todo el mundo sobre la educación superior.

La crisis actual está teniendo también un impacto, por supuesto, en la institución universitaria. Me dicen por ejemplo los colegas de universidades estadounidenses que sus instituciones están considerando cerrar los campus hasta el semestre de primavera de 2021. Es comprensible en su caso, dado que los estudiantes viven en los campus y se les hace pues difícil garantizar la normalidad hasta que no pueda haber un control seguro de la posibilidad de más contagios.

En los USA precisamente siempre ha habido interés social y debate sobre cómo debe ser educación superior, al menos desde la publicación del libro The Education of Henry Adams (1918), donde explicaba su experiencia en Harvard a mediados del siglo XIX. Este interés ha continuado también en Harvard, 100 años más tarde, por parte del profesor Howard Gardner, el autor de la teoría de las inteligencias múltiples. Gardner nos explicó hace poco como está desarrollando un estudio con veinte universidades para averiguar su componente formativo desde la perspectiva del fomento de múltiples capacidades. Es cierto que todas las universidades de su investigación son estadounidenses y sólo hay una de católica, la DePaul University de Chicago, la universidad católica más grande de Estados Unidos, reconocida por su excelencia educativa y fundada los misioneros de S. Vicente de Paul en el siglo XIX. A Gardner le interesa estudiar cómo las universidades compaginan la exigencia académica con la formación más generalista y humanista y como se promueven las diversas capacidades y talentos de los estudiantes. También las dificultades y limitaciones para conseguirlo. Incluye en su estudio la perspectiva de estudiantes, profesores y administradores.

El componente formativo de los estudiantes gana centralidad junto a los tradicionales estándares académicos. Nos cuentan nuestros colegas de Boston que, recientemente, representantes del Boston College, la universidad de la Compañía de Jesús en Boston, participaron en un encuentro con las universidades de la Ivy League, asociación que agrupa a las universidades más prestigiosas. El tema a tratar era precisamente el de la formación de los estudiantes. Cuando los vieron llegar les dijeron: "¿Qué hacéis vosotros aquí si este tema vosotros precisamente ya lo tiene resuelto?" Se referían a que desde hace más de 20 años las universidades de la Compañía de Jesús de los USA iniciaron un proceso de repensarse a partir de la misión como universidades católicas, dando centralidad a la formación, aplicando la pedagogía y espiritualidad ignacianas. Desde entonces el Boston College, por ejemplo, hay un vicerrector dedicado a la misión de la universidad y se invierten muchos recursos en diferentes unidades que incluyen la organización de las más variadas actividades de pastoral universitaria, junto con actividades culturales, cursos, encuentros informales, ayudas, retiros, viajes, etc. Un amplio abanico de servicios y posibilidades. Al igual que el caso del Boston College conocemos los casos de Georgetown University, de la Loyola University de Chicago o de la Fairfield University. Con diferentes acentos han desarrollado este mismo modelo.

En el Boston College precisamente, hace unos años, propusieron un concepto para explicarlo: el de Student formation. No es una construcción lingüística muy inglesa, pero se ha consolidado para explicar la propuesta de integración de la formación intelectual, social y espiritual a partir de la experiencia rica y variada en el campus. El reto que se propusieron fue como podían ofrecer una formación de calidad para todos pero también cristiana para todos los que lo deseen (también profesorado) de manera abierta y propositiva. Y con veinte años comienzan a tener resultados y experiencias exitosas. No fue un reto fácil, se propusieron un trabajo a medio-largo plazo realizando acciones con el profesorado, directivos y estudiantes, de manera realista pero continuada. Dicen que aún no es el aspecto que tienen más en cuenta a los estudiantes a la hora de escoger la universidad, sino que lo hacen aún por el prestigio académico, pero empiezan a valorar como un aspecto distintivo y positivo el rasgo diferencial de la formación cristiana. Tuvieron que tenerlo claro, apostar por la misión, destinar recursos y formar personas. Y empiezan a tener resultados tangibles.

La formación integral de los estudiantes es pues un tema central en las preocupaciones de las universidades más avanzadas pedagógicamente, también en unos tiempos de crisis sanitaria como la que vivimos. También lo es entre nosotros, tanto ahora, como también será un reto cuando salgamos. Muy difícilmente se puede reducir la universidad a la docencia de contenidos, que hacemos ahora bastante exitosamente también on-line. Las dimensión académica e intelectual debe complementarse con hacer efectiva la misión de la universidad, especialmente si la universidad tiene una inspiración cristiana: La formación integral de los estudiantes, que requiere también de las dimensiones social y espiritual, facilitando el desarrollo personal y la creatividad.