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Un reciente viaje me ha llevado a visitar a profesores de la Universidad de Ginebra. Por suerte podemos volver a viajar, con precauciones pero con bastante normalidad, y es una buena cosa, pues las relaciones internacionales son también un componente esencial de la universidad. Con la Covid ya hacíamos encuentros internacionales online, pero es muy diferente cuando son presenciales porque, por ejemplo lo que ahora voy a explicar, no lo hubiera podido captar en una reunión vía Zoom.

En Ginebra la naturaleza está muy presente. Situada, como se sabe, al oeste del lago Leman y con proximidad a los múltiples picos del macizo del Mont Blanc y de los Alpes. Un entorno privilegiado que invita a apreciar la naturaleza y sus ritmos. También la ciudad tiene un tamaño natural, siendo cosmopolita pero a la vez a una escala humana. Ginebra vive unos días de otoño espléndidos, preludio ya de un invierno más riguroso. En este entorno privilegiado se ha producido a lo largo de los siglos un tejido hecho de varias conversaciones de las que podemos apreciar sus texturas.

En el siglo XVI Ginebra se convirtió en el centro del calvinismo, era entonces una pequeña ciudad, pero algunos ya la denominaron como “la Roma de los protestantes”. En esos mismos convulsos tiempos, ya a principios del siglo XVII, San Francisco de Sales fue el obispo católico de Ginebra, nunca vivió allí por ser una ciudad tan identificada con el calvinismo, sino que vivió en la próxima residencia de Annecy. Con virtud y sencillez, inspirada en san Francisco, renunció a ser obispo de una ciudad más importante como París. Años más tarde su modelo de vida inspiró a Don Bosco. Por eso San Francisco de Sales es patrón de los Salesianos. También es el patrón de los escritores y periodistas.

Hoy los católicos son la confesión más numerosa de Ginebra que, con el transcurrir del tiempo, desarrolló una sociedad multiconfesional, respetuosa con las minorías religiosas. Por ejemplo en tiempos de prohibición de las congregaciones religiosas en la vecina Francia, Ginebra acogió a muchos religiosos católicos.

Hijo ilustre de Ginebra fue, en el siglo XVIII, Jean Jacques Rousseau, uno de los principales filósofos del siglo de las Luces en lengua francesa. Puso el debate sobre la bondad natural humana en el primer plano de la discusión filosófica y de la teoría política. Si bien fue suficientemente controvertida su antropología, su influjo en la Filosofía de la Educación es incuestionable. Las visiones holísticas de la Educación, y los movimientos de reforma social y pedagógica tuvieron como referente a su Émile.

Ya en los siglos XIX y principios del siglo XX Édouard Claparède creó el Instituto Jean Jacques Rousseau junto a figuras de la pedagogía suiza como Pierre Bovet, Adolphe Ferrière o Henriette Ith-Wille. Hoy el legado el Instituto está en la Facultad de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad de Ginebra. El Archivo Jean Jacques Rousseau está dirigido por la Dra. Rita Hofstetter.

El Instituto fue cuna también de la Psicología europea con uno de los psicólogos más importantes de todos los tiempos: Jean Piaget. Entre otras aportaciones, fue uno de los creadores de la Psicología del Desarrollo. Piaget dialogaba con los niños, les escuchaba y discernía sobre sus esquemas de pensamiento. También tuvo una gran confianza en el desarrollo natural humano. Conectado con las vanguardias educativas del siglo XX fue influyente en el pensamiento pedagógico de la escuela nueva, y promotor de la exploración libre y el juego, y del aprendizaje natural. Influyó años más tarde muchas reformas educativas, entre ellas la española con la LOGSE. Las notables contribuciones pedagógicas ginebrinas, como la creación del Bureau International d’Éducation, precursor de la UNESCO, merecerían un capítulo aparte que no podemos desarrollar aquí.

A nivel político, y ya entrado el siglo XX en épocas de desbocado nacionalismo europeo, Ginebra apostó decididamente por el internacionalismo. Acogió la Sociedad de Naciones, precursora de la ONU. Se trataba de superar a los nacionalismos y las guerras con el diálogo y mutuo reconocimiento entre los pueblos. Tristemente no tuvo éxito esta Europa sino que, como bien sabemos, triunfó la de los “ismos”. Pero hoy en Ginebra el Palacio de las Naciones es la sede de Naciones Unidas en Europa. Alberga organismos como el Alto comisionado para los refugiados, el Alto comisionado para los derechos humanos, e instituciones que velan en el mundo por aspectos tan importantes para el bienestar como son la salud, la agricultura, el trabajo, el comercio, el desarrollo, la propiedad intelectual, etc. Es la institucionalización de una trayectoria, de un espíritu, por así decirlo.

Tal vez un hilo invisible una estas diferentes texturas y colores: religiosas, filosóficas, psicológicas, educativas y políticas, en lo que se puede denominar como el espíritu de Ginebra. Una de las mejores herencias de esta Europa diversa y con frecuencia también contradictoria: el diálogo continuado para el desarrollo humano.