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"Dame la fe de mis padres" dice la conocida canción que me ha venido en estos tiempos de duelo por la muerte de mi padre. Mi padre nos dio muchas cosas, pero sobre todo su ejemplo de fe y también de vida, pues era un hombre de fe coherente en el obrar. Su traspaso me ha llevado a un tiempo de silencio y de reflexión. Un aspecto de esta reflexión ha sido sobre la fe y las obras, una cuestión que ha sido teológicamente bastante controvertida en el transcurrir de la historia, y que quisiera compartir para poner en valor la sencillez del ejemplo de vida que nos dio mi padre.

Quizás son cosas que ya se saben y que ya se han tratado (por ejemplo Josep Lligadas en Catalunya Religió), pero no está de más recordarlas, aunque sea haciendo una reflexión, quizás intelectualizada, que es lo que puedo hacer aquí en pequeña memoria. Hablemos pues de la fe y las obras.

Una de las frases del evangelio seguramente más interpretadas en el transcurso de la historia ha sido la siguiente de San Pablo: "Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley" (Ro 3,28).

San Pablo quería exponer la novedad del cristianismo a los judíos convertidos y a los nuevos cristianos provenientes de religiones paganas, buscando el punto de encuentro en la fe en Jesucristo. Había conocido muy bien las "obras" tal y como las entendían los judíos fariseos de su tiempo, las mitzvot de la Ley rabínica que eran preceptos más amplios y detallados que los Mandamientos de la Ley dados por Dios a Moisés en el Sinaí. También la manera de entender el cumplimiento de la Ley de los saduceos. En los debates que se produjeron insistió a todos, judíos y no judíos, en dar centralidad a la fe.

Se sabe que Martín Lutero añadió la palabra "sólo" al "gracias a la fe" de esta frase, cuando tradujo la Biblia al alemán, aduciendo que este es el significado que San Pablo quería dar a sus palabras, inaugurando la traducción moderna, para unos, pero para otros infringiendo la tradición de no alterar los textos sagrados. Sabemos que esta máxima de la "sola fe" y no las obras iba dirigida a rechazar las indulgencias concedidas por la Iglesia, abundantes en su tiempo. La Reforma protestante hizo de este principio una fundamentación que, junto también con motivaciones políticas, dividió la cristiandad, como explica muy bien Antoni Gelonch en su libro sobre Lutero. ¿Dónde queda pues el obrar?

Un coetáneo humanista de Lutero, Erasmo, partidario de una reforma en el interior de la Iglesia, defendía el libre albedrío que Lutero negaba. Erasmo decía -simplificando- que somos libres para decidir amar. Aunque por la neuropsicología sabemos hoy que el libre albedrío es pequeño, pero deviene significativo cuando el hombre tiene la posibilidad de decidir salir de las inercias, en lenguaje religioso diríamos del pecado, arrepentirse, decidir poner amor, cambiar la propia naturaleza reactiva. A pesar de la razón afinada de Erasmo, los humanistas en general creyeron que se salvaban por sí mismos. De ahí la separación del humanismo y la religión, sobre todo en el ámbito protestante, pero tampoco la Contrarreforma siguió el camino humanista.

También los moralistas creen que la salvación viene por el hecho de "ser buenos", por seguir las normas de lo que es el formalmente correcto. Son, por poner un símil evangélico, como el hermano mayor del hijo pródigo, hacen “lo correcto” en lugar del arrepentimiento y la transformación personal del hijo pequeño. La parábola nos enseña que la salvación está no tanto en el obrar bien sin más, sino en Dios y su gracia que se manifiesta cuando hay arrepentimiento y retorno.

La fe, fides en latín, se puede traducir como creencia, pero también significa fidelidad. En griego hay la palabra pistis (también fidelidad), y en hebreo emunah, que también significa fidelidad y firmeza. La fe desde esta acepción es pues algo observable en comportamientos y acciones. Es decir que la fe es fidelidad a la Ley. "No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir" dice Jesús (Mt 5,17). La Ley o los Mandamientos, o si se quiere su resumen de amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12,30-31). Así la fe se manifiesta en el amor, en la caridad, es fides caritate formata. Lleva implícitos los actos de amor genuino, "la fe sin obras está muerta", dice la carta de Santiago (Sant 2,26).

El obrar en el amor genuino puede ser un punto de encuentro entre confesiones religiosas diferentes e incluso con posturas alejadas agnósticas o ateas. El cristiano, sin embargo, sabe que por la fe y el arrepentimiento se acerca a la salvación. Esta conciencia es fundamental cuando los tiempos o las circunstancias son difíciles, cuando la vida no es fácil.

Este es el ejemplo de vida de mi padre y de cómo vivieron la fe muchos de su generación. Podemos aprender que, desde el amor genuino, tal vez el mundo de hoy pueda entender mejor la lógica de la fe, como lo hicieron los primeros cristianos con San Pablo. El ejemplo de esta generación puede ayudarnos pues a explicar al mundo de hoy en qué creemos los cristianos. Por eso debía recordar en estos tiempos de duelo la canción que con sencillez dice: "dame la fe de mis padres".