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En un ejercicio de un curso que hice nos proponían argumentar sobre si es bueno o no que exista el estado del Vaticano. Fuera de los indiferentes, la mayoría de la gente que conozco opina que es una anacronía, una fuente de escándalos y absolutamente ajeno al evangelio. Si "mi reino no es de este mundo", ¿qué hace un "reino" católico en este mundo? Como me persigue un espíritu contradictorio, y como que la asignatura era de relaciones internacionales y no de nada de la Iglesia, respondí que sí, que es bueno. No recuerdo con todo detalle los argumentos pero sí la sensación extraña de descubrir que pensaba una cosa muy diferente a la de mis amigos.
 
 
Si el ejercicio lo hubiera hecho este diciembre, quizás la cosa habría quedado más clara. La iniciativa decisiva del papa Francisco en el desbloqueo de las relaciones entre EEUU y Cuba, tan elogiada por todos, habría sido imposible sin la existencia de un estado detrás, con una de las diplomacias más finas, abundantes, informadas y antiguas de las que existe. Una diplomacia con tentáculos en cada barrio, sin necesidad de espías, que si juega a favor de la paz mundial, ya les perdono unos cuantos pecados. El presidente Obama decía que contaba con Francisco para otros conflictos actuales. Cuidado. Pocas semanas después de una atrevida oración del Papa con máximos dirigentes israelíes y palestinos se abrió la enésima escalada de violencia a raíz de la muerte de tres estudiantes judíos secuestrados. Es una muy buena diplomacia y, como hemos visto, tenemos un papa decidido y terco ... pero no es infalible (a pesar del dogma).
 
 
Pero .. ¿es bueno que exista el estado del Vaticano? Quizás para los católicos, no mucho. No ayuda al ejemplo de sencillez evangélica, por decirlo suave. Ahora bien, para el mundo, para las relaciones internacionales, los conflictos, para compensar las prioridades de la diplomacia... es absolutamente imprescindible.
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Publicado enla revista Foc Nou (diciembre de 2014).
Foto: Periodista Digital.