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En casa no se creen que vengo de una misa que duró más o menos, tres horas. Un cura de mi edad -jovencísimo- deja la parroquia donde había pasado sus primeros ocho años de párroco. Todavía recuerdo cuando le conocí, el día que tomaba posesión. Desde entonces, no ha parado, se ha volcado a la comunidad y, tranquilamente, resulta que la despedida tiene que durar tres horas porque todo el mundo quiere dar su opinión. Él mismo recordándonos, con una homilía nada sermoneadora, que un sacerdote es sobre todo un servidor. Los niños y adolescentes. Las parejas jóvenes. Las personas mayores que atienden el templo. Cáritas, un grupo de teatro, la catequesis, las cofradías. Los dos alcaldes que ha habido durante este tiempo. Y la parroquia llena a rebosar como hacía tiempo que no veía. Le quieren y se nota que él les ama.

Yo he llegado justo, un minuto antes de empezar, como siempre, de manera que encuentro todavía un lugar en el último banco, junto a un amigo. Nos rodean unas chicas, y algún chico, con facciones indígenas peruanas, ecuatorianas o bolivianas. No son las procedencias migratorias que más abundan en el barrio, que creció en los años sesenta y setenta con andaluces y murcianos, sobre todo, y que vive muy mal, pero de forma ejemplar, la actual preponderancia magrebí. En la parroquia, sin embargo, la principal savia renovadora proviene América Latina, ya muy activa, que se mezcla, parece que sin demasiados problemas, con feligreses mayores autóctonos, con décadas de dificultades para encontrar relevo. Un paisaje que se ha intensificado estos ocho años, combinado con los embates de la crisis, y que concentra sus efectos en los barrios de las ciudades catalanas. Es el paisaje complejo de la Iglesia que se acerca, que, en realidad, ya está aquí, en nuestros barrios. Suerte que hay servidores a la altura, como el que nos ha dado la lección estos ocho años. Los hay, creedme. Y hablemos de ello. Vivimos una gran oportunidad.

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columna para la revista Foc Nou (noviembre 2014)