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Me parece que la mejor aportación de la filósofa Jeanne Hersch (1910-2000) a la humanidad ha sido la bella manera de escribir, es decir, de captar la música de fondo del pensamiento y la historia y hacer de ello una canción nueva, para nosotros. Acantilado publicó, con El nacimiento de Eva (2008, prefacio de Jean Starobinski, trad. Rosa Rius), una compliaciónde escritos diversos, algunos de ellos centrados en mitos religiosos o culturales (si es que hay diferencia) que huyen del hartazgo intelectual y lo acercan más bien a la creación literaria.
 
 
El primero de los ensayos, por ejemplo, "Dios contra Dios", explica como a nadie nunca le he leído, el origen del hombre como el "vacío"de Dios (eh, no al revés). Del sufrimiento poscreador a la carencia. "La carencia, la fisura, la ausencia. La carencia permitio que Dios creara fuera de Sí "(p. 12), una creación que lleva al hombre y, a la vez, al amor. Qué lección, pienso, ante lo que hacemos cada día, quejándonos de lo que no tenemos por doquier. Lo que no tenemos nos hace humanos y amorosos, dice Hersch contemplando a Dios. El segundo reflexiona sobre el origen del tiempo contemplando una escultura medieval, en el tercero sobre el dragón (dedicado a Carl Scmitt). Después, otra reflexión sobre el tiempo a propósito de fin de año, reivindicando el presente (cada hora es la hora cero, dice, p. 44); etcétera.
 
Destaco el capítulo dedicado a la fiesta ya reivindicar su carácter simbólico, más que lúdico (pp. 49 y ss.), absolutamente necesaria para el sentido ante un mundo amorfo. Y también el dedicado a la muerte (pp. 63 y ss.), una invitación radical a vivir, a amar la materialidad de las relaciones, lo que es mortal y puede perderse, porque justamente eso es lo que merece ser amado. Y, así, el amor transforma lo que es mortal. "Para nosotros que sabemos que vamos a morir, vivir ahora adquiere un valor absoluto y, a la vez, no definitivo" (p. 74).
 
 
A vivir, pues, ahora que el verano nos lo reclama de manera tan evidente.