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Artículo, un poco largo, publicado en el núm. 232 de la revista Quaderns de Pastoral (Centre d'Estudis Pastorals, Barcelona, ​​I-2014) en el monográfico "La hora de Cataluña, Aportaciones eclesiales al debate".


 
 
  
Para mí, la principal ventaja que tiene el proceso independentista es también su principal peligro. Hoy, en Cataluña, el relato de la independencia es el único que genera esperanza e ilusión, el único con atractivo suficiente para enfrentarse a los problemas que vivimos y el más fresco para superar un statu quo que tiene síntomas evidentes de degaste. No somos pocos, asimismo, los que lo encontramos simple, y a menudo tramposo, pero tengo que decir que nos queda la cara de pobre desgraciado que no se apunta a la fiesta. Nos gustaría compartir con nuestros conciudadanos esta alegría y por nada del mundo quisiéramos ser el típico aguafiestas y, aún menos, el ejército de resistencia del statu quo. Hay, en este país, muchas cosas a cambiar, aún, muchas cosas que no nos gustan nada, incluida nuestra relación con el resto de España, pero (y aquí está buena parte del problema) las alternativas que proponemos parecen quemadas, propias del pasado, no creíbles, inútiles. Y nada animadas.
 
Así que no sé si habrá que hacer como proponía Séneca, aquel inventor de la autoayuda. "Prefiero moderar mis alegrías que reprimir mis dolores" (De vida beata , 25), decía, receloso de los excesos de entusiasmo. En realidad, a mí me gustaría pactar con la alegría, porque en muchas cosas coincidimos. Pero mucho me temo que hablamos de dos planos diferentes y que uno de ellos, el de las técnicas de la política, es puesto en el saco de las cosas que hoy hay que desechar. Me explico. Para mí la pregunta no es si nos merecemos o no ser independientes, o si tenemos derecho a ello, sinó otra más banal: si nos conviene. Se trata, pues, de una pregunta política para quienes pensamos que la política consiste en gobernar la contingencia y no en planificar los ideales, partir de lo que tenemos y no lo que queremos, aunque me temo que cada vez somos menos. Ah, y la contingencia se gobierna con ideales, no nos engañemos, pero el punto dee partida es ella y no estos últimos.
 
Aquí no he llegado solo. Nací en el siglo XX, en el tercio que vio fracasar los grandes relatos, como dicen los que entienden. La democracia, de hecho, es la constatación de lo inevitable fracaso de un relato que pretenda explicar todo y que prevalezca sobre los demás. De manera que, de una manera u otra, conviven, se enfrentan, pasan por el tamiz de gobernar... y su prevalencia (que no dominio absoluto, en principio) se dirime a través de un sistema que tiene poco que ver con la razón: la mayoría. O los votos. Ahora bien, prefiero esta imperfección que la mejor de las perfecciones que me vendan.
 
Pues me temo que el resultado de años de democracia haya provocado también algunas decepciones. Una de ellas, para no extenderme, corresponde a la debilidad de los relatos pasados ​​por su tamiz. De ahí, decía, que las alternativas al entusiasmo independentista, que pretende inaugurar una 'nueva era', sean tan débiles. Ahora bien, si algo nos debería enseñar la historia es que todo relato tiene pies de barro, toda propuesta de 'nueva era' deberá pasar por la contingencia presente, y que es mentira que la realidad se pueda explicar de forma tan simple. Un pacto, pues, entre el entusiasmo independentista y los que piensan como yo podría ser: "dame un poco de alegría, hagamos más creíbles y estimulantes los proyectos 'posibilistas', ayúdame a sacarles el polvo (o el miedo), enséñame los caminos que has encontrado en la que seguro que podemos coincidir ... y, a cambio, haz política. Aprende que tarde o temprano deberás pactar, 'rebajar' planteamientos, atender ámbitos en los que no tienes ninguna respuesta". Además, me temo que la solución al callejón sin salida actual pasa por la política, para la que los políticos catalanes y españoles tendrán que arremangarse y enfrentarse a las opiniones públicas "calentadas", y no por la épica.
 
Tampoco lo digo solo, eso. El Consejo Asesor para la Transición Nacional, el órgano del Gobierno Mas que estudia cómo deberemos ser independientes, y nada sospechoso de quintacolumnista, admitió (Europa Press, 12/20/2013) que una Cataluña independiente no es viable si no establece al día siguiente de serlo relaciones profundas de cooperación con el resto de España (incluso propone incorporar Portugal y Andorra), compartiendo gasto en la prestación de determinados servicios públicos. Los think-thank europeos (por ejemplo, Gold Mercury , febrero 2014) advierten de los riesgos de aislamiento político y económico y de conflicto interno si nos independizamos. Un señor que encontré en mi barbería, que es el único que tiene colgada la bandera independentista en su bloque, me reconocía que "ahora se trata de pedir diez para que te den cinco". Así que este paso es inevitable. Y no sé si coincide exactamente con las expectativas de los cientos de miles de catalanes que llenaban la Vía Catalana el pasado once de septiembre, sí, en cambio, en las del cliente de mi barbería.
 
Para preservar el diálogo y el entendimiento en nuestro país, mi propuesta pasa por el retorno a la política, los que están demasiado lejos de ella, y para sacudir los que no participamos de este entusiasmo para que nos despierte, para que se nos pegue. Entusiasmo para nuestro país, sí, claro, pero también para el tipo de país que queremos, independiente o no.
 
 
 
¿Y qué puede hacer la Iglesia?
 
 
Ignoro, sinceramente, como podemos contribuir, desde la Iglesia, a la mejora de este clima. Un amigo mío, católico, dice que rezando ya haría bastante. Lo dice un poco preocupado por los resultados de la vocación post-conciliar en preocuparse por "las cosas del mundo", que ha llevado a muchos cristianos a abandonar la Iglesia, la que habla de un Reino "que no es de este mundo". Lo ejemplifica muy bien el ex consejero Quim Nadal en uno de sus últimos libros: "toda la lógica de la importancia del hombre, y de la vida, todos los intentos de encarnar la religión en la vida de los hombres y en sus problemas y contradicciones, nos llevaba a una realidad diferente, un enfoque más racional de las cosas y menos ligado a la fe "(Fent tentines per la vida, 2013, pp. 145-146). Así que algunas bienintencionadas iniciativas de hacer incrementar la conciencia nacional, o de contribuir "a la libertad" de Cataluña desde la Iglesia acaben olvidando el lugar de la fe.
 
 
Otro gerundense, el periodista Antoni Puigverd, en una magnífica conferencia a los sacerdotes de su diócesis en 2008 (Revista VIA , 2009, pp. 197 y ss.) lo explicaba más pausadamente. Y añadía el ejemplo que leyó en la revista Chiesa, que se preguntaba sobre la crisis de creyentes en el obispado de Bolonia. En realidad, siempre que se hablaba de la Iglesia se hacía positivamente, y siempre ligado a sus valores y acciones sociales. Vieron que, por tanto, sólo se hablaba de la Iglesia, y bien, cuando coincidía con los valores dominantes de la izquierda gobernante. "Se habla de la iglesia sólo en el caso de que concuerde con los valores políticos e ideológicos de la cultura dominante en esa zona. Nunca se habla de la Iglesia; sea por ella misma. Por valores propios, religiosos, espirituales", dice Puigverd, que reflexiona sobre si esto no es lo que ocurrió con la militancia de tantos cristianos, como tales, en el antifranquismo político y cultural. "Naturalmente, en un momento dado del proceso, muchos abandonaban la Iglesia y directamente apuntaban a las causas políticas, sociales yculturales ". En algún artículo, el mismo escritor alertaba que la inclinación de la Iglesia española al activismo de derechas podía llevar a una situación similar, pero de este otro signo.
 
 
Pues bien, no sólo por supervivencia, sino porque no le toca, pienso que la Iglesia debería abstenerse a entrar por ahí. Su papel no es, ni mucho menos, este. Y cuando digo Iglesia no quiero decir sólo los obispos. Opino que no procede crear grupos de "cristianos por la independencia" (¿cuál es el objeto de esta frase, Cristo o la independencia?), ni prestar los locales para realizar actividades independentistas (por suerte, no es necesario que nadie se esconda, a la hora de hacer actividad política), ni hacer sonar las campanas cuando montan cadenas humanas. Por más que se apele a la Doctrina Social de la Iglesia (ya que en el Evangelio, curiosamente, no se habla, de Cataluña), doctrina que incluye el derecho de los pueblos y las naciones como uno de los derechos humanos (Compendi de la Docrtina Social de l'Església, 2005, p. 86), también es cierto que en ninguna parte dice que ejercer ese derecho sea el mismo que proclamar la independencia. O sea superior al que se cierne por el conjunto del texto, la opción preferencial por los pobres- no sólo los pobres catalanes, por cierto- para la cual no he visto ninguna Asamblea Nacional que convoque cadenas humanas ni pida tocar campanas. El lugar de decir qué nos conviene y qué no, como decía, es el de la política. Para la política no digo que deba excluirse la voz de la Iglesia, sino que los que somos cristianos debemos tener muy claro dónde termina esta voz y comienza la de nuestra opción parcial, partidista, es decir, política. Al César, lo que es del César. 
 
¿Cuál és su lugar, pues? Sí que creo que tiene un papel, en primer lugar, en la capacidad de creación de vínculos comunes que puede crear la misma Iglesia, aunque también los tenga en crisis. Las parroquias, o Caritas, son un buen sensor de las preocupaciones de la gente; las escuelas cristianas una buena oportunidad para hacer sentir a todo el mundo "ni judío, ni griego, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro ni escita, ni esclavo ni amo" (Col 3, 11 ; supongo que es la mejor definición de "laico" que se ha hecho nunca), por si acaso idolatramos nuestra patria; muchos religiosos (y religiosas) son, curiosamente, líderes del pensamiento crítico... Esta capacidad de crear vínculos, y de hacerlo más allá de las fronteras "naturales", es una de las cosas que puede hacer la Iglesia, donde acudimos, en principio, colectivamente.
 
Permitidme que haga una breve referencia personal, aquí. Yo soy un poco "raro" porque, a diferencia de la mayoría de mis contemporáneos, he participado activamente en la Iglesia y en la política, en un partido. En el primer caso, ya "estaba", como si dijéramos, aunque considero que he hecho un proceso personal de redescubrimiento que, entre otros, ha pasado por los movimientos. En el segundo caso, me apunté, sobre todo porque no soportaba la hipocresía de pensar una cosa y no intentar llevarla a cabo. En ambos casos ya me imaginaba, y de hecho lo buscaba, que encontraría a gente muy diferente a mí o a mi entorno. Y que algunos me gustarían y otros no me gustarían nada. Bueno, pues quizás lo mejor que he encontrado en ambos lugares son, precisamente, estas personas, sus vidas, sus historias, su compañía, su maestría. Los vínculos que he establecido.
 
Pues bien, la crisis de las "estructuras de acogida", que son las que "administran los procesos de transmisión y de comunicación que permiten el paso de la vida a la vida humana "(véase Lluís Duch, Religión y comunicación , 2012, pp. 117 y ss.) llevan asociada una desvinculación brutal de los individuos (que el sociólogo Zygmunt Bauman ha estudiado tan bien en sus libros) y, por tanto, su resituación como "lugares de vínculo" en la sociedad contemporánea puede ser, al mismo tiempo, tanto refugio contra la intemperie como escuela de relaciones humanas. Duch sólo ve posible esta resituación a través del testimonio, dicho sea de paso. Cataluña no está exenta de estos procesos, y el auge independentista no es ajeno a ellos. La Iglesia, digo, puede ofrecer vínculos ciudadanos y buenos testimonios. Es decir, redescubrir las personas y lo que nos vincula, que no termina con la nación que compartimos.
 
Sí, todo ello y, como decía mi amigo, rezar. O sea, encontrar de vez en cuando la intimidad con Jesucristo, que nos vacía de lo más banal y nos señala el camino del corazón, el del otro (aunque el otro sea samaritano, quiero decir, español), que siempre va bien. Esta es la otra gran aportación que podemos hacer como cristianos, pues, la de vivir en intimidad con Jesús.
 
Ya sé que esto es muy poco concreto y que parece que me vaya por las ramas, pero no me pareca tan claro. En definitiva, creo que se trata de intentar poner el énfasis en la profundidad de la experiencia humana, que los creyentes atribuimos a Dios. En ver más allá, o a veces más acá, de las cosas que se nos presentan, nos pasan o hacemos. En engrosar la calidad de las relaciones humanas, también. Al prestar atención, la principal atención,en los que menos pintan. También en el momento convulso que vive Cataluña, claro. Que también está lleno de banalidades y olvidos, lleno de corderos de oro y superficialidades, sin ningún protagonismo de los más excluidos. Lleno de ruido, también, y sin traza en experiencias interiores que no sea pagando y pasando por el médico. Jesús y su experiencia son una apertura hacia aquí. Hacia el sentido.
 
Hace poco asistí a un funeral donde la cruz había sido sustituida por la estelada, el cielo por la Cataluña independiente y la vida por la causa. Y el dolor en disimulo de dolor, en su extirpación. No exagero. Hay, pues, el riesgo que acabemos creyendo en "cualquier cosa", como decía Chesterton, si los creyentes no nos tomamos creer demasiado en serio, me temo.
 
Y, finalmente, la experiencia de Jesús, que es el principal motivo de existencia de la Iglesia, nos debe ayudar a estimar el fracaso, la fragilidad de los apóstoles, el templo que cae. Siento siempre con el alma compungida en las proclamas de triunfo. El triunfo no existe. Como saben bien los futbolistas, es pura vanidad. El domingo, o en la próxima Liga, comenzarán de nuevo de cero y las copas servirán sólo para la nostalgia, o de espolón. Veo con recelo cuando los independentistas llaman que "ganar" porque exactamente no sé qué quieren decir. Y, sobre todo, qué camino lleva hacia allí, y si tengo ganas de recorrerlo. Yo no soy teólogo ni nada parecido y ahora diré una burrada, pero perdonadme: La historia de Jesús es la historia de un fracaso, el fracaso de la realización total del Reino en los parámetros humanos, del fracaso de encorsetar la amplitud de Dios en los márgenes de nuestra contingencia. Y del fracaso, de la cruz, de esta amarga experiencia de la 'cata' de Dios, sale la Pasoqua, el deseo de toda la experiencia de Dios.
 
Las expectativas puestas en la independencia de Cataluña me hacen pensar en el exceso de expectativa que ponemos en muchas otras cosas, ignorando su intrínseca limitación, y en divinizar el objetivo, por más bueno que parezca. Me vale la tanto independencia de Cataluña como la revolución bolivariana. Dejamos, como decía, las cosas del César para el César, en la limitada, pobre, interesada pero necesaria política. En ella, que se note que somos cristianos por la profundidad y calidad del trozo de vida que invertimos, no por nada más, que ya es mucho. Y alimentémonos del vasto espacio de Dios gracias a la oportunidad de Jesús, que vive y reina por los siglos de los siglos, ymás que Cataluña en el espacio, según el ministro Margallo, amén.