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En estos días hemos asistido a una reedición de actitudes excluyentes sin citar el magisterio pontificio más alto como es una Encíclica. En este sentido uno puede decir que “los hay más papistas que le Papa”.
 
No voy a entrar en descalificaciones ni en consideraciones que no convencerían a los que están sordos y no quieren oír, y que aburrirían a los que están en cosas importantes y no están dispuestos a perder el tiempo en “batallitas” que parece mentira, nos inventamos, mientras la crisis está ahogando a tanta gente que se lo pasa muy mal.
 
Simplemente quiero decir que el tema de la ley del aborto es lo suficientemente serio, como para que se simplifique, señale y condene –ni Jesús quiso condenar- sin tener en cuenta a la persona, y lo que es peor, sin querer escuchar sin satanizar, a los que piensan diferente.
 
Yo estoy a favor de la vida siempre, y eso es irrenunciable. Estoy a favor de la vida digna y del respeto a la persona, y estos también es irrenunciable.
 
Cuando se presentó en el Congreso esta reforma, en conciencia y por fidelidad a ella, algunos disputados cristianos convencidos, vieron que la ley vigente era abusiva, y que era “mejorable” en el sentido de que era posible limitar sus daños y legislar de forma, lo menos dañina posible.
 
Así se manifestaron algunos políticos como José Bono, presidente del Congreso que decía en una carta publicada la semana pasada: “El aborto no es un bien ni un derecho. En el núcleo de mis convicciones éticas y religiosas está la defensa de la vida y el amparo al más débil, valores que son patrimonio de la tradición humanista y progresista española....
 
El debate que hoy se plantea en España no es si se despenaliza o no el aborto. Ese debate tuvo lugar en 1985. La cuestión es que aquella despenalización de 1985 ha dado cobertura, por su ambigüedad, a un excesivo número de abortos: 115.812, sólo en 2008. Más aún, la falta de limitación temporal del tercer supuesto, el de la salud psíquica, bajo el cual se ha producido el 97% de los abortos, ha provocado abusos escandalosos. El Consejo de Estado dice en su dictamen que la actual legislación: “ha llevado a España a una indeseable situación de aborto libre cuando no arbitrario… ha hecho de España un paraíso del turismo abortista” (Pág. 17). ¿Es esta normativa la que hay que preservar? Evidentemente, no.”
 
Y más adelante cita un fragmento de la Evangelium Vitae, Nº 73, que me parece oportuno citar en su totalidad, eso nos ayudará, al menos a ponernos en el lugar de quienes dicen obrar en conciencia –y no lo dudo- y queriendo hacerlo en fidelidad a su fe y compromiso con el Evangelio.
 
El texto entero dice de la Encíclica dice:
 
 
“Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (cf. Rm 13, 1-7, 1 P 2, 13-14), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que « hay que obedecer a Dios antes que a los hombres » (Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas « no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños » (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: « Las parteras temían a Dios » (ivi). Es precisamente de la obediencia a Dios —a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberanía— de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que « aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos » (Ap 13, 10).
 
En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, « ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto ».
 
Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones —particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas— van apareciendo señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.”
 
Ni quito ni pongo. Me ahorro subrayar o remarcar nada, para que los que quieran ver, vean y lean el texto y el contexto. Y a partir de aquí pido que seamos capaces de dialogar, sin descalificar ni condenar gratuitamente a nadie, y en todo caso, que seamos capaces de tender puentes de diálogo y comunión, porque nadie que se diga cristiano tiene derecho de señalar a un hermano y “echarlo” del Banquete al que el mismo Jesús vino a invitarlo.