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Los legionarios tenían una especie de cuarto, un voto de secreto que todos los seminaristas eran obligados a hacer antes de ser ordenados sacerdotes y que los obligaba –dicen que bajo la pena de excomunión si lo quebrantaban- a no poder criticar ni denunciar a los superiores, con lo cual el secretismo y la impunidad quedaban garantizadas. Así amordazando a los jóvenes seminaristas y sacerdotes garantizaban la fidelidad a “la Institución” -y el secreto ante sus fraudes- o la paz del cementerio.
 
Roma, de la mano de Benedicto XVI, los liberó de este yugo, y lo hizo, entre otras cosas para que se sientan libres y hablen, una vez que el escándalo ha estallado y que los visitadores han emprendido su cometido de recabar información. Para que hablen y expliquen lo que ya todos sabemos, y que el Papa ha querido aclarar, seguramente, para reparar y para salvar a los mismos Legionarios de los lastres de su historia, de su origen y de la sombra de su fundador y de sus cómplices –que seguro que los tuvo-.
 
Si hay alguien que está bajo la lupa, es sin duda el superior de los Legionarios: Álvaro Corcuera. Seguro que se lo está pasando muy mal, y probablemente ve que sea cual sea la decisión de Roma, él, se queda fuera, al menos de los ámbitos de poder. ¿Es posible pensar que no sabía nada de lo que ocurría con su ínclito Fundador? ¿No fue él también una víctima de semejante fiera indómita? No nos toca juzgar y menos condenar a nadie, suficiente cruz tienen ya los Legionarios, la mayoría de los cuáles, sin duda serán inocentes y víctimas de la vida negra de su fundador. Ellos, como el mismo Juan Pablo II, con buena fe, se tragaron el sapo que ése individuo nefasto les vendió, y la verdad tardó en salir: pero salió: “Nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará”. Lc 8,18
 
Esta semana leí las declaraciones de Corcuera, o mejor la Carta que envía a los Legionarios en la que impone, pide o sugiere una “¿censura?” electrónica, en nombre de la caridad. La cosa se le escapa de las manos, y aquello “Papá no peca”, no se lo cree ni él ni los legionarios, ¡ni nadie!, y cuando ya es imposible ocultar más la realidad e impedir que la gente piense, y hable, y se comunique, manda esa carta y esa consigna –tal vez en la línea del cuarto voto abolido-. ¡Pobre, se lo estará pasando mal! De hecho, él no sabe cómo acabará, ni mucho menos como controlar lo que ya es incontrolable.
 
Dice: "Creo que el intercambio de opiniones por medio de mensajes electrónicos entre grupos numerosos de sacerdotes, como se ha dado recientemente, es una muestra de confianza y de que nos queremos todos. Pero pienso que por esta vía quizás no terminaríamos nunca e incluso se podrían generar malentendidos y contraposiciones"…
 
Inmediatamente, después de leerlo, viene a mi mente una frase de Juvenal, aquel poeta romano de finales del siglo I que reza así: “La censura perdona a los cuervos y se ensaña con las palomas”. Las reflexiones que suscitan en mí en este contexto estas palabras, son seguramente la que suscitan en los lectores. Leedla con calma y sacad vuestras conclusiones:
 
“La censura perdona a los cuervos y se ensaña con las palomas”.
 
Pero lo que realmente me preocupa de la Legión, no es que se sepa lo que se supo, sino que todavía haya quiénes defiendan “al Padre” y le justifiquen; que vean como bueno, lo que era patológico, y esto a raíz de las lecciones que les impartieron sus superiores-¿también Corcuera?- Si es así, su camino está claro, y si no fue él, los que lo fueron y son, también, su futuro debería estarlo.
 
Me explico. Unos amigos tienen un hijo hace siete u ocho años en la legión. Para este joven, futuro sacerdote, “el Padre” era el Gran Santo, y todo lo que se decía de él eran calumnias y persecución a los justos, y así presentaba a ala Legión cómo víctima de la persecución de la que hablaba Jesús, cómo víctima de las envidias, etc.
 
Cuando estalló la cuestión y los “pecados del Padre” fueron públicos, y porque, entre otras cosas, Roma habló, y al padre Corcuera no le quedó más remedio que escribir una carta reconociendo los hechos –sin entrar en detalles- este seminarista explicaba a sus preocupados padres: “El Padre era un santo. Lo que ocurre, es que estaba enfermo, y necesitaba tener relaciones, y drogarse…..” ¿Con menores?, ¿existe esa enfermedad?
Esto si me parece gravísimo. Llamar a lo malo e inmoral, a lo patológico, bueno, y loable porque “el pobre padre” estaba enfermo, y además justificar el hecho, y encima decir que Roma era condescendiente con su debilidad y lo aprobaba.
 
Me parece una aberración, como se lo parece a los padres de tal Legionarios, que ven que su hijo ha sufrido un lavado de cerebro y no ve el mal donde lo hay, y que además lo justifica según en quien, y cómo: ¿Es posible que un joven futuro sacerdote vea como permitida la doble vida, el abuso de menores y el consumo de drogas, de su fundador?
 
Y ante esto, y para terminar, quisiera confiar en que el Papa sabrá reconducir las cosas. Estoy segura que hay en la Legión, mucha gente que nada tiene que ver con lo ocurrido, y que sólo buscan la verdad y el bien. A éstos hay que apoyarles, y no temer a que dialoguen, compartan y se ayuden mutuamente: de forma electrónica, virtual o directa. Que el Padre Corcuera, no tenga miedo y confíe en la Verdad, más de lo que confiaba cuando su fundador estaba llevando una doble vida y engañando a hombres y mujeres que buscaban de verdad servir al Evangelio de Jesús, cuando enredaron para lavar su imagen, al mismo Juan Pablo II que le bendecía y acogía, -me atrevo a decir con mucho respeto- de forma hasta exagerada.
 
Es muy sano que los Legionarios se comuniquen entre ellos: La censura perdona a los cuervos y se ensaña con las palomas.
 
Otro pensador decía que “Es gran virtud del hombre sereno oír todo lo que censuran contra él, para corregir lo que sea verdad y no alterarse por lo que sea mentira”.
 
Unidos en la oración y en el amor a la Iglesia.
 
Nota:
Por cierto, ¿dónde están los frecuentes acusadores, aquellos que se dedican a pedir excomuniones a los que faltan un ápice a la doctrina que ellos consideran ortodoxa; a los que son un poco más abiertos, a los que se comprometen con el Evangelio y con los pobres?; ¿dónde están los que condenan de forma inmisericorde y se niegan a aceptar el tiempo que vivimos, asumiendo también la pérdida de espacios de poder? ¿Qué pasa que los que se manifiestan por la vida en las calles y llenan autocares para condenar determinadas leyes, no hacen lo mismo para pedir “tolerancia cero” a la pederastia, a la mentira y a la corrupción de los de dentro?
 
Es extraño, pero en este caso, casi no aparecen, ¿será por qué los Legionarios llevan el alzacuellos, viven la piedad con formas antiguas –y respetables- y mantienen los ritos que tantos les seducen?