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Hoy el pollo se me atragantó en la fraterna mesa conventual, cuando vino Pilar y me dijo que teníamos a la puerta una pareja que llevan una temporada durmiendo en el coche y que hace cuatro días que no comen. Ambos trabajaban, como tantos otros españoles, pero de la noche a la mañana, se quedaron en el paro, y mientras éste se iba agotando, ambos hacían auténticas peregrinaciones diarias echando curriculum y buscando faena.

Pero trabajo no hay. Ayudas de la administración tampoco, y con sus padres ya no pueden volver, porque en la casa de ambos ya fueron acogidos a otros hijos con sus respectivas familias… Y ya no hay sitio, ni la comida llega para tantos.
 
Rabia, impotencia, preguntas incontestadas, silencio y un miedo paralizante ante el monstruo de la crisis que va avanzando a paso de gigante, y a su paso va atrapando con sus tentáculos inmisericordes a los más débiles e indefensos… Llevan varios días desesperados, -¡y aunque no es navidad!- no hay sitio para ellos en ninguna posada. De golpe, de improviso y sin aviso, se han visto abocados a estar en la calle y su letanía constante es: Necesitamos trabajar, ¡en lo que sea!.... Sólo queremos ganarnos la vida.
 
La historia se repite en miles de rincones del País y del planeta, y mientras algunos huyen a paraísos exóticos buscando un alivio al agobio del verano, otros sólo sueñan con la oportunidad de ganarse un espacio en la sociedad y tener el privilegio de ganarse el pan con el sudor de su frente.
 
Y los hombres y mujeres de fe, los que nos decimos orantes y/o lo somos por vocación, nos presentamos cada día, como la viuda inoportuna pidiendo al juez que es Maestro y amigo, ¡que nos haga justicia!
 
Pero, sin duda la justicia divina no quiere que todo esto ocurra, y al Todopoderoso, también se le encogen las entrañas por tanto sufrimiento… ¡y Dios llora con los afligidos! Y el Dios de la vida, el misericordioso, mueve los corazones para acoger, consolar, buscar soluciones, y ¿cómo no?.... para luchar a muerte por la vida y por la justicia, por la causa de los pobres, que es la causa de Dios y de la humanidad. El compromiso personal del orante, su lucha por la justicia, es lo que realmente hace eficaz su misma oración….
 
Agudizando el oído, en medio de tantas preguntas y por qués, es fácil intuir, aunque no siempre queremos escuchar, que Aquel a quien oramos, nos dice des de la Escritura: “Dadles vosotros de comer”. Esta es a gran teología, esta es la verdad definitiva: Dios se hizo hombre para, -junto con los hombres- repartir el Pan que es para todos. Y si el Pan no se parte y se reparte porque “no tenemos tiempo”, “porque no me corresponde” “porque eso le toca a la administración”… porque…. nuestra fe está muerta, nuestra oración es vacía, y nuestra espiritualidad estéril.
 
Dadles vosotros de comer… Y si les damos, y si compartimos, y si todos hacemos lo mismo, ¡habrá pan para todo y habrá para todos un techo dónde cobijarse!, Pero, sobre todo, habrá para alguien un sitio en la posada de algún corazón.