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Se hizo célebre la farse de Antonio Gala en la que él afirmaba: No soy pesimista. Soy un optimista bien informado.

Un juego de palabras que acaba por justificar el pesimismo cuando el entorno, aarentemente no és el mejor para progresar o para generar espectativas.
 
Con una visión mucho más profunda y esperanzadora Winston Churchill, se atrevió a decir que “un optimista ve una oportunidad en toda calamidad; un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”.
 
Estamos rodeados de profetas de calamidades que lloran y se lamentan por lo mal que estamos y por lo peor que vamos a estar, profetizando de forma sistemática el callejón sin salida de la sociedad.
 
El pesimismo es paralizante y nace de un corazón endurecido y desencantado: ¡todo está mal y no podemos hacer nada! La verdad es que la vida pierde el sentido, la pasión, y todo atractivo, cuando se ve bajo el prisma opaco de la desesperanza y la amargura.
 
Yo creo, estoy convencida, que los tiempos difíciles son una oportunidad para crecer, para ser creativos y para ensayar nuevos estilos, nuevas formas; para despertar nuevas ilusiones, para sembrar esperanza y alegría.
 
En el fondo creo que se trata más que de una óptica para mirar al mundo, de un corazón que se ha atrofiado y prefiere vivir replegado en sí mismo sin atreverse a apostar y a adentrarse en la apasionante aventura de Vivir.
 
Yo, por encima de todo, prefiero ser optimista. Quiero creer contra toda desesperanza; quiero sembrar semillas de ilusión y cultivar cada día, cuando sale el sol, la confianza, y la fe: Sé que no quedaré defraudada. Eso, cada día me da un motivo para madrugar y para ir a ver si aquello que se sembró, ¡ya comienza a echar brotes!
 
Que este año de crisis, sea un año de oportunidad; que cada uno seamos capaces de jugarnos todas las cartas a la certeza de un mañana mejor, en el que la justícia despunte en cada corazón y los hombres, al mirarnos a los ojos, nos reconozcamos como hermanos.