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Nunca entendí el deporte de los que se dedican a cortar cabezas, o de los que ejercen las veinticuatro horas del día de martillo de herejes. Si tan esencial fuera la tarea inquisitorial que se atribuyen, al menos deberían tener presente aquello de que el trigo y la cizaña crecen juntos, y que ya habrá quien separe lo uno de lo otro a su debido tiempo, porque esa tarea no nos toca a nosotros.

Tanto celo por ir a la caza de heterodoxos, me hace pensar dos cosas: o que quien a ello se dedica es un poco morboso y se deleita amargando la vida a su prójimo, o que tiene intereses creados. A veces estos intereses tienen algo que ver con el hecho de dar titulares radicales, para que aumenten las visitas, y así corra el contador, su sume la publicidad, y al final uno acabe viviendo de eso…. Y si eso ocurre, quién escribe acaba perdiendo la libertad, y puede transformarse, aunque no le guste o reconozca, en mercenario, que no usa la misma vara para medir a todos, que lo hace según sus intereses, y no según la caridad ni la verdad, y acaba siendo injusto y malo, ¡en nombre de la fidelidad a la ortodoxia! Lo triste es que haya quienes tengan oídos para escuchar difamaciones, y que se hagan eco de tales leguleyos.
 
Apelo a la ortopraxis de la caridad y que no sean tan ligeros en denunciar, pedir cabezas y acosar acusando con el dedo a los que “no son de los nuestros”, pero que hablando de ellos “nos dan de comer” y nos mantienen el chiringuito.
 
Una buena pauta puede ser la de Mateo 18, 15-19, cuando Jesús dijo: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano….”
 
El proceso es largo…. Y si no se hace, no se obra ni con espíritu evangélico ni con rectitud de intención.
 
Y hablando de cortar cabezas, justo en estos días la liturgia nos regala el texto en el que la hija de Herodías, pide la cabeza de Juan el Bautista. Timothy Radcliffe, con el gran sentido del humor que le caracteriza, en su libro, “¿Por qué hay que ir a la Iglesia?” comenta el sentido de la danza durante el ofertorio en la eucaristía, y allí, explica una anécdota muy buena:
 
“George Patrick Dwyer, Arzobispo de Birmingham, estaba sentado al lado del párroco mientras una mujer subía al altar danzando con los dones. El Arzobispo se volvió al párroco y le dijo: `Si me pide tu cabeza en una bandeja, se la pienso dar´”.
 
Bien, ha pasado el tiempo y continúa habiendo hombres y mujeres, que como Salomé, hija de Herodías, piden cabezas. El que quiera oír que oiga… el que quiera entenderlo, ¡que lo entienda!, y el que sienta que debe coger vela ¡que la coja y que ésta le ilumine!