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Llevamos semanas en las que las noticias de muerte y violencia ocupan la primera página de la actualidad, y cuesta encontrar noticias alentadoras, a no ser aquellas en las que, a pesar de la violencia, se van recuperando espacios de libertad y plantando cara a cualquier tipo de totalitarismo alienante.

El caos de Libia donde la muerte y el terror acampan a sus anchas a las órdenes de un descerebrado dictador, hace evidente el fracaso de la violencia y pone sobre la mesa la urgencia de restituir a la humanidad el derecho de vivir en paz y con dignidad.

A la revuelta y al clamor de Egipto le seguirán sin duda el de tantos países que viven en la más absoluta opresión, países que observaron durante años cómo líderes mundiales –que hoy condena a los opresores- les estrechaban la mano para conseguir favores sangrientos de los que deberían avergonzarse. Hoy, éstos líderes, ven que el pueblo es el que debe tener la voz, y aunque tarde, claman por los derechos humanos y por la retirada de los opresores, hasta hace poco amigos o cómplices-.

Hay como un rumor que se extiende entre la gente: No podemos continuar de esta manera, al tiempo que impotentes nos preguntamos: Y nosotros, ¿qué podemos hacer? No podemos desesperar del cambio, y mucho menos del sueño o del legítimo deseo de un mundo en el que se respeten las libertades y todos vivamos como personas: ¡con dignidad!

No podemos creer que el miedo, la violencia y la explotación tengan la última palabra. Si hay una conspiración contra la convivencia humana, liderada por líderes inescrupulosos, los humanos, los hombres y mujeres de buena voluntad, de todo el mundo, podemos hermanarnos en la gran Conspiración por la paz y la justicia.

No podemos permanecer indiferentes ante tanta violencia y violación sistemática de los derechos humanos, ante la opresión de pueblos enteros.

Es necesario y urgente voluntad y decisión; es la hora de la gran conspiración por un mundo mejor comenzando por la voluntad personal de conspirar pasivamente para allanar los caminos de la paz. La violencia engendra violencia y la paz, la ternura, el amor, la amabilidad, engendra sin duda, la esperanza de un mañana mejor.

No dejemos que la crispación salga a la calle cada día, ni que se instale en las carreteras ni en las autopistas; no le dejemos espacio en las oficinas ni en los hogares, y mucho menos le dejemos que machaque al primero que se nos cruce en el camino cómo víctima de nuestro mal humor o de nuestras frustraciones. No dejemos que nuestro entorno se convierta en un campo de concentración.

Conspiremos con buenas formas, pensando antes de hablar, ensayando caminos de entendimiento, poniéndonos en la piel del otro e intentando ver las cosas desde su perspectiva.

Llenemos la actualidad de nuestras vidas de pequeñas buenas noticias hechas de perdón, de tolerancia, de reconciliación, de generosidad y servicio; de solidaridad y de amor.

La paz, sin duda es un don, podemos conquistarla. La justicia es un gran reto: Conspiremos por la dignidad de todos, y será nuestra.