Pasar al contenido principal
Carles-Riba

Todos tenemos un pasado. Cada uno de nosotros carga una mochila que recoge lo que construimos. Esta mochila, sin embargo, no es nuestra. Es un complemento heredado durante generaciones que, sobre los hombros, han sostenido el peso de aquello que nos hace ser quienes somos y cómo somos. La mochila no es una pertenencia individual, porque todos, en cierta medida, y dejando de lado lo que nos separa, cargamos lo mismo.

Si nos adentramos en el contenido de este objeto, haciendo espeleología hacia la base primordial del saco, con mucha probabilidad encontraremos dos libros: La Odisea y la Biblia. Estas dos obras representan las dos grandes fuentes de las cuales hemos bebido: Grecia y Jerusalén, la herencia clásica y la tradición judeocristiana, el hombre que busca su lugar en el mundo y el hombre que pregunta por el sentido último de su existencia. Y quizá no hay nada que encarne esta doble herencia en la cultura catalana como la sublime mano de Carles Riba.

El 23 de septiembre, cuando recordamos cada año su nacimiento, conviene volver a mirarlo no solo como el gran poeta, helenista y traductor, sino como uno de los grandes constructores de nuestra tradición cultural. Riba entendió que una cultura no se construye empezando desde cero, sino cargando una mochila. Y que el trabajo del intelectual consiste, en buena parte, en recibir lo que otros han recibido antes, transformarlo y devolverlo a las generaciones que vienen.

El mismo poeta que da una voz catalana a Ulises da también una voz catalana al cantor bíblico que salmodia al amor y a Dios

Riba tradujo dos veces, en sentido sustancial, la Odisea de Homero, ambas con la destreza de un orfebre: la primera versión apareció en 1919 y la segunda, profundamente refundida, en 1947-1948, con una edición comercial posterior en 1953. La última versión es la que se convertiría en la traducción canónica de la obra homérica en catalán.

Pero antes de convertirse definitivamente en el traductor de Homero, Riba ya había puesto su lengua al servicio de otro de los pilares que sustentan el templo regio de nuestra cultura. En 1918 publicó sus versiones del Cantar de los Cantares y del libro de Rut. Más adelante, estas traducciones fueron incorporadas a la Biblia de la Fundación Bíblica Catalana: Rut en 1930 y el Cantar de los Cantares en 1948.

Es una coincidencia cronológica que dice mucho más de lo que parece. El mismo poeta que da una voz catalana a Ulises da también una voz catalana al cantor que salmodia al amor y a Dios. El mismo escritor que rescata de la antigüedad griega el viaje de retorno a Ítaca entra en contacto con los textos que han configurado durante siglos la concepción religiosa de Occidente.

una de las grandes virtudes de Riba es la capacidad de hacer dialogar Atenas y Jerusalén sin tener que renunciar a ninguna de las dos

No son textos religiosos en el mismo sentido. La Odisea pertenece a un mundo politeísta, mítico y heroico; la Biblia, a una tradición revelada que acabará siendo fundamental para el judaísmo y el cristianismo. Pero ambos libros hablan, cada uno a su manera, del hombre ante aquello que lo trasciende. Ulises navega bajo la mirada de los dioses y busca el retorno a casa. La Biblia pregunta por el origen, el sentido, la fidelidad, el sufrimiento, el amor, la culpa, la esperanza y la relación entre el hombre y Dios. Riba comprendió que esta doble herencia no se debía elegir, como quien decide vestirse de blanco o de negro. Se podía habitar. Tal vez una de las grandes virtudes de Riba es la capacidad de hacer dialogar Atenas y Jerusalén sin tener que renunciar a ninguna de las dos.

El Riba que en las Elegías de Bierville canta a Sunión o a Salamina y rememora su pasado clásico, no es un Riba ajeno al del Boceto de Tres Oratorios, donde el poeta dialoga con el hijo pródigo, Lázaro el resucitado o los tres Reyes de Oriente. La Biblia no es para Riba un repertorio de imágenes que se puedan utilizar poéticamente. Forma parte de su pensamiento y de su experiencia espiritual. Un pensamiento, sin embargo, que no rechaza la belleza de los mármoles del pentélico. Sería absurdo empobrecer nuestra piel renunciando a las capas que forman la dermis.

La Biblia no es para Riba un repertorio de imágenes que se puedan utilizar poéticamente. Forma parte de su pensamiento y de su experiencia espiritual.

Pero, ¿a qué se debe esta defensa de Riba? ¿De dónde surge esta apología hacia su obra? Hay un detalle que nos dará la respuesta a estas cuestiones: Riba lo hacía todo por amor. En sus últimas voluntades dejó escrito que en la tumba que compartiría con Clementina Arderiu quería las palabras de san Pablo que habían sido, para ambos, "divisa, guía y consuelo": "El amor no falla nunca", de la Primera carta a los Corintios. Pidió que figurara en griego. Podríamos pensar que se trata de una última licencia poética, pero, en realidad, este versículo del apóstol de los gentiles es casi un programa vital.

Riba había escrito a Carles Cardó, en 1942, que sin la caridad —el amor— no había “salvación personal ni colectiva”, y confesaba tener clavadas en el corazón las palabras de san Pablo: "El amor no falla nunca". Aquí aparece una palabra fundamental: “colectiva”.

Porque el amor del que habla Riba no es solo una experiencia íntima. Es también una manera de entender la cultura. Escribir, traducir, educar, conservar una lengua, reconstruir una tradición: todo esto puede ser una forma de servicio, de regusto fuertemente cristiano. El poeta no trabaja solo para él. Trabaja para que lo que ha recibido no muera con él. Esta es la gran mochila.

La mochila, sin embargo, pesa. Pesa porque dentro hay siglos, milenios. Hay Homero y están los evangelios. Hay Atenas y Jerusalén. Está el griego y el hebreo. Están san Pablo y san Agustín. Está la tradición literaria catalana y quienes antes que nosotros trabajaron para que esta tradición no desapareciera. Riba cargó con buena parte de este peso durante toda su vida. Y no lo cargó para dejarlo donde lo había encontrado. Lo cargó para hacerlo llegar más lejos.

Esta es, a mi entender, la dimensión más profunda de su aportación. Riba no solo escribió y tradujo al catalán: ayudó a construir las condiciones culturales para que la literatura catalana, a pesar del exilio, pudiera existir como una literatura con memoria, con ambición y con conciencia de formar parte de una tradición universal.

Deberíamos recordar A un hombre que entendió que amar una cultura significa también asumir su peso, estudiarla, traducirla, discutirla y transmitirla

Por eso, el 23 de septiembre deberíamos recordar no solo el nacimiento de un gran poeta. Deberíamos recordar a un maestro. Un hombre que entendió que amar una cultura significa también asumir su peso, estudiarla, traducirla, discutirla y transmitirla. Riba es, en este sentido, uno de los grandes tótems de nuestra cultura. No porque sea intocable, sino porque bajo su obra hay una idea exigente de lo que significa ser cultura: recibir, transformar y dar.

Y quizás hoy, cuando la mochila cultural que hemos recibido parece a menudo demasiado pesada o demasiado antigua, desfasada, nos conviene volver a abrirla. Mirar qué hay dentro. Reconocer los nombres. Volver a leer a Homero. Volver a la Biblia. Volver a preguntarnos qué nos han dejado los que nos precedieron. Y, sobre todo, volver a Carles Riba. Yo como cada año, tal como hago para Sant Jordi y por su natalicio, visitaré su tumba.

Porque quizá recordarlo es también recordar que nosotros no empezamos hoy. Que somos herederos. Que llevamos algo en los hombros. Y que nuestra responsabilidad es que esta herencia no termine con nosotros. Él mismo, muy joven, nos dejó escrito que al leer cada uno de sus versos, él volvería en nosotros, y, con certeza, nos ayudaría a cargar el peso:

“Así transfigurado en mi palabra, yo

reviviré junto a ti, oh desconocido,

como si me hubieras amado en flor”

Us ha agradat poder llegir aquest article? Si voleu que en fem més, podeu fer una petita aportació a través de Bizum al número

Donatiu Bizum

o veure altres maneres d'ajudar Catalunya Religió i poder desgravar el donatiu.