Pasar al contenido principal

La era Trump 2.0 está superando cualquier expectativa que había en noviembre de 2024, antes de que el mandatario fuera reelegido. El asalto al Capitolio ya dejó claro que las líneas rojas, en un país como Estados Unidos, se estaban difuminando a marchas forzadas, y que lo que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt advertían en Cómo mueren las democracias (las democracias no suelen morir con un golpe seco, sino con una degradación progresiva de las prácticas que las sostienen), con el caso estadounidense en el centro, no era un relato distópico improbable, sino una realidad cada vez más tangible y aterradora.

Antes de la reelección, algunos analistas ya avisaban que Trump 2.0 no iba de farol; que los contrapesos domésticos, tanto dentro del Partido Republicano como dentro de su propia Administración, eran cada vez más débiles; y que esto hacía prever a un Trump más desbocado que nunca. Y, sin embargo, ni esta advertencia permitía imaginar que en 2025 presenciaríamos no solo una serie de decisiones domésticas e internacionales impactantes (Venezuela ha sido la última y, por las implicaciones internacionales, la más salvaje), sino sobre todo la consolidación de un estilo de sheriff tosco: alguien que concibe su país y el mundo entero como un far west particular, donde se puede hacer y deshacer sin pagar el precio (de un presidente democráticamente elegido como es Gustavo Petro en Colombia ha llegado a decir recientemente en tono amenazante “he does have to watch his ass”).

Pero lo más inquietante no es solo el catálogo de decisiones: es el estilo.

Venezuela destaca que Trump y su entorno, ahora mismo, no parecen obedecer ninguna ley, ni interna ni internacional. En pocos meses, Trump ha acelerado el desgaste de las instituciones democráticas de su país y ha debilitado hasta el ridículo el multilateralismo y la aspiración a una mínima cooperación internacional, justo en un momento en que esta cooperación es más necesaria que nunca. Pero lo más inquietante no es solo el catálogo de decisiones: es el estilo. Un estilo que no apela a ninguna moral ni a ninguna norma, y que inaugura una nueva era caracterizada por una política abiertamente desacomplejada. El desacomplejamiento es, en sí mismo, una novedad de este desorden internacional.

Hasta ahora, aún se preservaba una retórica basada en normas: incluso en momentos de doble rasero, las grandes potencias y las instituciones evocaban un
lenguaje normativo para delimitar qué era, al menos, aspirable y posible. Instituciones como la Unión Europea (UE) han hecho un uso constante de este marco. De hecho, la pérdida de credibilidad y legitimidad de la UE en regiones como África no se explica por la invocación de este lenguaje; al contrario, a menudo se explica por la contradicción entre lo que se decía y lo que verdaderamente se hacía. Muchas veces, pues, no era el marco lo que fallaba: era la coherencia.

El desacomplejamiento se ha convertido en una retórica que vende y que convence a aquellos que creen que la coyuntura exige liquidar cualquier idea buenista o ingenua.

Pero el momento de transición geopolítica que atravesamos —con actores que buscan reposicionarse en el caos global (unos por miedo a perder la hegemonía, como Estados Unidos; otros para consolidarse, como China; y otros para reclamar el papel que les gustaría tener, como Rusia)— ha propulsado como nunca una praxis desacomplejada. En primer lugar, porque muchos de estos actores ya no creen en marcos basados en valores, como los derechos humanos o la democracia. En segundo lugar, porque emplear un lenguaje directo —que pone la fuerza, el interés o el beneficio explícitamente en el centro— parece que no tiene ningún coste político; al contrario, a menudo da rédito. En tercer lugar, porque el desacomplejamiento se ha convertido en una retórica que vende y que convence a aquellos que creen que la coyuntura exige liquidar cualquier idea buenista o ingenua que, supuestamente, ha guiado una manera de hacer política ya amortizada.

La cuestión es si claudicaremos ante este desacomplejamiento global o si seremos capaces de construir narrativas y marcos basados en valores y normas que tengan la capacidad de seducir a una ciudadanía que navega la era Trump 2.0 entre la inquietud y la perplejidad. Y, sobre todo, si lo haremos antes de que el desacomplejamiento deje de ser un estilo y se convierta en la nueva norma.

Persones
Temàtica
Tags

Us ha agradat poder llegir aquest article? Si voleu que en fem més, podeu fer una petita aportació a través de Bizum al número

Donatiu Bizum

o veure altres maneres d'ajudar Catalunya Religió i poder desgravar el donatiu.